Lucas 24,13-35 – insensatos y tardos de corazón

Abril 10, 2016

Texto del evangelio Lc 24,13-35 – insensatos y tardos de corazón

13. Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén,
14. y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.
15. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;
16. pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
17. El les dijo: «¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando?» Ellos se pararon con aire entristecido.
18. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?»
19. El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo;
20. cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.
21. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó.
22. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro,
23. y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía.
24. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
25. El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
26. ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»
27. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
28. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
29. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos.
30. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
31. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.
32. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
33. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos,
34. que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!»
35. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Reflexión: Lc 24,13-35

Esta es una buena oportunidad para reflexionar en nuestra fe. ¿Qué clase de sentimientos albergamos en nuestros corazones para Jesucristo? ¿Quién es Él en realidad para nosotros? ¿Es lo que corresponde, lo que se ha esforzado en dar a conocer o será más bien lo que hemos podido construir en nuestras mentes y corazones, tomando un poco de aquí y de allá? Jesús quiere ser gravitante y determinante en nuestras vidas. ¿Lo es? ¿Por qué no? ¿Por qué si? ¿Será que guardamos en nuestros corazones la añoranza de un ser extraordinario que finalmente murió hace 2mil años? ¿Es el recuerdo de un Jesucristo muerto el que nos acompaña a donde vamos y el que proyectamos en nuestras vidas? ¿Será esto lo que quiso dejar Jesús en nosotros? ¿Será que vamos por la vida como acompañando a estos discípulos, tristes y cabizbajos por todo aquello que ocurrió y que finalmente acabó con la vida de Jesucristo? ¿Será que siendo buenos, hemos perdido toda esperanza y tratamos de alejarnos y marcar distancia de todas estas cosas tan terribles que han sucedido? ¿Es la imagen que guardamos en nuestros corazones la imagen que Jesús ha querido dejar o será más bien que estamos equivocados? «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

Vivimos en una sociedad en la que desgraciadamente impera el relativismo, que es una forma de expresión del individualismo al que nos conduce el sistema consumista en el que estamos inmersos. Este nos lleva a creer que la Verdad es también relativa, es decir que lo que está bien para uno, puede no estar bien para otro, porque el Bien y la Verdad son relativos, lo que es totalmente incorrecto y equivocado. Sin embargo, partiendo de esa premisa y extendida a Jesucristo, estos hermanos nuestros creen en la imagen de Jesucristo que forjan en su interior y así terminan definiendo a Dios y al Señor de conformidad con sus limitados criterios y aceptando que es lícito y correcto que los demás también tengan su propia imagen, lo que nos lleva una idea subjetiva de Dios, que depende de cada quien. Extremando, diríamos que por esta vía, finalmente cada uno de nosotros creamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Es decir, una blasfemia total y el mejor argumento para rebatir la existencia de Dios. ¿Pero es esto correcto? ¿Es Dios la idea que cada uno de nosotros puede forjar de Él? ¿No tiene Dios una existencia independiente de nosotros y nuestros limitados conceptos? Reflexionemos hoy en torno a cuan cercano es el Dios en quien creemos a la imagen que hemos forjado. ¿Quién es Dios para nosotros? Si tenemos dificultades para definirlo, si tenemos que acudir al argumento subjetivo de lo que es para mí, debemos ponernos en guardia respecto al conocimiento que tenemos de Jesucristo. Seamos sinceros. No nos engañemos. Tal vez la imagen que albergamos en nuestros corazones es muy frágil e infantil, porque no le hemos dado el tiempo suficiente de reflexión y lectura de Su Palabra, como para que madure, como hemos madurado en el conocimiento de otras cosas en nuestras vidas. Sí, es verdad que a Dios siempre lo llevamos dentro, porque Él siempre quiere estar con nosotros, ¿pero qué hemos hecho nosotros por conocerlo en su debida dimensión? ¿Creemos realmente que hay Un Solo Dios Verdadero o solo repetimos eso en el Credo, pero en la práctica aceptamos que todos tenemos un Dios distinto, incluso en nuestra familia? ¿Es esto correcto? ¿Hacemos lo suficiente por aclararlo? ¿Nos interesa? ¿Nos parece importante? Se dice, no sin razón, que nadie ama a quien no conoce y el Señor nos manda amarle. ¿Le amamos? «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

Creemos que es un buen momento para reflexionar en estas cosas al ver a estos discípulos que fueron tan cercanos a Jesucristo, caminar tristes y desconcertados por la muerte de Jesús. Ellos están desconsolados…y parece comprensible. Pero, preguntémonos: ¿Es eso lo que quería Jesús? ¿Quería movernos a la tristeza y a la pena por Su muerte? ¿No era que vino a Salvarnos? ¿Si quería Salvarnos y muriendo y resucitando alcanzó para nosotros la Salvación, cómo habríamos de estar tristes? Nosotros debíamos estar alegres y llenos de esperanza porque Jesucristo ha Resucitado. ¡Esto es lo más importante! Si no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. Por lo tanto, no es lo que me parece sino lo que Es. Nuestra fe se basa en hechos objetivos, en los que creemos porque Jesucristo se nos ha manifestado, dándonos a conocer que Él es el Hijo de Dios. Eso es en lo que todos tenemos que creer; no unos más que otros o con diferentes matices o énfasis, no. Jesucristo es el Hijo de Dios enviado por Dios Padre para Salvarnos, que se hizo hombre, fue crucificado, muerto y sepultado y al tercer día Resucitó de entre los muertos. Jesucristo ha vencido a la muerte, por Voluntad de Dios y de este modo nos ha alcanzado la Salvación. Por lo tanto, no podemos estar tristes, sino más bien muy alegres, porque nuestras vidas han adquirido sentido. Todo lo que tenemos que hacer es oír a Jesucristo, creer en Él y hacer lo que nos manda. ¿Y qué nos manda? A todos nos manda por igual: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. No hay matices, ni grados, ni distinciones según el tiempo, lugar, parecer o carácter. Hemos de estar alegres, porque no importa lo que tengamos que padecer, finalmente saldremos victoriosos con Cristo, con lo que todo adquiere sentido. Si no llegamos a sentir esta convicción, será porque no nos hemos esforzado en alcanzar y conocer a nuestro Señor que sale a nuestro encuentro en cada uno de nuestros hermanos, en la Eucaristía, en la oración y en los Evangelios. ¡Prestemos mayor atención! «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros ojos, oídos, corazón y mente, para que podamos llegar a conocer a nuestro Señor Jesucristo a través del prójimo, de los signos de los tiempos y de la Escrituras…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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