Lucas 24,13-35 insensatos y tardos de corazón

abril 19, 2017

Insensatos y tardos de corazón

Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

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Lucas 24,13-35 insensatos y tardos de corazón

Lucas – Capítulo 24

Reflexión: Lucas 24,13-35

Hoy queremos unirnos al reclamo que a través de los discípulos de Emaús el Señor nos hace a todos sus testigos y seguidores. ¿Cómo es posible que no le reconozcamos? ¿Cómo es posible que después de todo lo que hemos vivido juntos, después de la forma tan especial en que se nos ha revelado y dado a conocer a cada uno de nosotros, hasta ahora sigamos incrédulos, incapaces de atar cabos? ¿Qué es lo que necesitamos para ponernos en marcha?

Este reproche lo siento todos los días, cada vez que constato que pierdo mi tiempo en tonterías, en cosas sin trascendencia o que solo denotan desorden y poca conciencia del tiempo tan especial en el que estamos viviendo. Jesús ya ha venido. Ya ha vivido, muerto y resucitado por nosotros. Por cada uno de nosotros: por ti, por mí, por nuestra familia, por nuestros amigos y enemigos, por el mundo entero. ¿Cómo es posible que sigamos viviendo y deambulando por este mundo como ovejas sin pastor?

¿Dónde está nuestra alegría? ¿Dónde nuestro entusiasmo por este nuevo día, por el sol que vuelve a brillar sobre todos? ¿Cómo podemos seguir huyendo, escapando, escondiéndonos, refugiándonos en tonterías, en juegos, en recuerdos, en escritos cándidos, en los variados y engañosos recursos de la “Nueva Era”, cuando hemos sido testigos presenciales de la Resurrección de Cristo? ¡Él ha vencido al mundo! ¡Jesús ha vencido a la muerte, a la oscuridad, a la mentira, al mal, a la enfermedad, al demonio, al tormento de un final trágico y a la vida sin sentido!

Nosotros somos cristianos, somos creyentes, no podemos seguir haciéndole el juego a la necedad, a la estupidez. ¡No se enciende una luz para meterla bajo la cama! ¡Somos luz del mundo! ¡Tenemos que dar testimonio alegre y entusiasta de esta Noticia, la mejor que podrá recibir nadie en la historia! ¡Ese debe ser nuestro afán! ¡Tenemos que salir al encuentro de este mundo, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de la humanidad entera, con la cara de aquél que sabe que HOY se ha enterado que ha ganado el Premio Mayor! ¡Tenemos el número premiado en nuestras manos! ¡Nos lo ha traído Cristo! ¡No tenemos que seguir buscando, i probando suerte en ningún otro lado! ¡Ya lo tenemos!

Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

Saludar a todo el mundo, bendecir a todo el mundo, agradecer, apreciar cada detalle y confiar en el amor y la bondad que el Señor ha puesto en cada corazón para que dé frutos. Disponernos a tocar con cariño, respeto, paciencia y esperanza a cada uno de nuestros hermanos, que constituyen los más refinados instrumentos de Dios, que hoy Él pone en nuestras manos, para obtener las mejores notas, la mejor melodía, no la que nos gustaría, sino la que ellos son capaces de dar por el amor que Dios ha puesto en sus corazones, porque Él está en cada uno de ellos –como en nosotros-, trabajando día y noche.

No se trata solo de ser buenos, de esforzarnos en ser generosos y atentos, sino en creer también en nuestro prójimo, en que el Espíritu Santo también habita sus corazones, como lo hace en nosotros. Él está en todo aquel que encontramos en nuestro Camino, exactamente como lo estaba para los discípulos de Emaus, aun cuando tardaran tanto en comprenderlo. ¡Tenemos que dejar de rumiar nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestras inquietudes. Dejar de vernos el ombligo para darle más espacio a Jesucristo que se manifiesta a través de cada uno de nuestros hermanos!

Tenemos que sacudirnos de este velo, de esta venda que nos impide ver, oír y asistir al llamado que a cada paso nos hace Jesucristo a través del prójimo. Sentir que tras cada encuentro está Él. No solo en quienes conocemos, no solo en quienes esperamos, no solo en aquellos con los que hemos pactado una reunión, sino en cada ser humano, incluso en cada manifestación de un hermano con la que tropezamos a cada instante, sea mediante una llamada, un mensaje, un pensamiento o un objeto abandonado. Ahí donde está nuestros hermano, está Él.

Oigamos y veamos al Señor que se nos manifiesta siempre, en nuestra vida cotidiana y no solo cuando oramos o vamos el templo, sino siempre, a cada paso. Pidámosle a Dios Padre que nos de la Gracia de sacar las mejores notas de nuestros hermanos. Que no despreciemos ninguno de estos encuentros y que por el contrario nos esforcemos en interpretar la melodía que espera ansiosa prodigar su corazón, en el que habita Él, como habita en el nuestro. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

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