Lucas 2,41-52 – En la casa de mi Padre

junio 9, 2018

En la casa de mi Padre

“Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» El les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»”

Sábado de la 9na Semana del T. Ordinario | 09 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

En la casa de mi Padre

Jesucristo tiene muy clara su Misión y es consiente todo el tiempo de quién es. Podemos ver como con tan solo doce años, podía sostener diálogos y discusiones con los maestros de la ley y la gente lo escuchaba admirada por tanta sabiduría.

Es ciertamente un misterio lo que el Señor debía sentir todo el tiempo entre nosotros. Siendo Dios, ¿tendría obstáculos y dificultades? Lo más probable es que no. Pero tenía que sujetarse al papel que le correspondía hasta cumplir su Misión.

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Sabiendo María que se trataba todo el tiempo del Hijo de Dios, no debió dar en su comportamiento demasiadas evidencias de su procedencia, pues de otro modo, tal como se lo hace notar el mismo Jesús, no le llamaría la atención que se ocupe de las cosas de Su Padre.

Debemos concluir en que nunca lo hizo notar, de otro modo José y María hubieran tomado de otro modo su desaparición en aquella ocasión y efectivamente lo hubieran ido a buscar directamente al Templo, la Casa de Su Padre.

María guardaba todo el tiempo en su corazón el origen Divino de su hijo; lo tenía muy presente, seguramente, pero ello no le podía anticipar lo que podía pasar. Por eso observaba todo el tiempo en busca de evidencias, procurando no sobresaltarse.

¿Cómo y por donde empezaría su Misión? María era una mujer de fe extraordinaria, no de otro modo se hizo esclava de Dios nuestro Señor. Nada malo ocurriría, lo sabía. Pero no podía saber cuan extraordinario sería lo que haría su hijo o más bien, cómo lo haría.

Debió esperar en su corazón lo que cualquiera de nosotros esperaría sabiéndose madre del Salvador. Conociendo de sobra a los enemigos, en algún momento tendría que enfrentarlos. Más, ¿de qué modo concreto?

¿Formaría un ejército? ¿Aplicaría alguno de aquellos poderes extraordinarios de Dios? ¿Conquistaría pueblos? Reduciría a polvo y cenizas a todos aquellos enemigos del Pueblo escogido? Pero ¿Cómo y cuándo haría todo esto?

Tal vez estaría empezando en aquella ocasión. ¿Por qué allí? ¿Por qué entonces? Solo Dios lo podía saber. Los maestros, siendo testigos de su extraordinaria sabiduría, podían dar testimonio que se habían encontrado con alguien que evidenciaba una capacidad sobrenatural.

María y José eran creyentes. Conocían bastante bien las Escrituras, como para esperar prodigios. Cualquier cosa extraña que hubieran notado, la tendrían presente, como evidencia de Su Divinidad. Pero se puede interpretar que hasta entonces poco habían notado.

¿Sería a partir de estos sucesos en el Templo que Jesús daría a conocer finalmente quién era? Parece que no, porque tuvieron que pasar años hasta las Bodas de Canaán que a insistencia de María por conseguir lo que ella sabía podía esperar, que Su poder Divino se manifiesta.

¿Por qué entonces? A lo mejor ni María sabría explicar exactamente. Fue nuevamente su corazón, sus sentimientos, su emoción la que impuso a Jesucristo que en ese momento debía empezar a obrar como correspondía al Hijo de Dios.

Ella dispuso el momento del inicio de lo que conocemos como la vida pública de Jesús, el Hijo de Dios. Fue su corazón misericordioso el que imploró y dispuso su intervención, aun cuando no hubiera llegado Su hora. ¿Qué nos dice este hecho del alcance de su intercesión?

María sabía que debía dejar actuar a su Hijo, y, así lo haría entonces y lo hace siempre. Pero llegado el momento, su corazón de madre es capaz de conmoverse de tal modo, que Jesús no pueda resistirse a sus súplicas.

Solo hemos de meditar en este detalle para convencernos que Dios no pudo hacer mejor las cosas. No solo nos dio un Salvador, sino una intercesora que, como madre sabría sentir nuestra inquietud, dolor y carencias, para transmitirla sin reserva alguna a Su hijo Jesucristo.

¿Quién puede estar más cercana a nosotros y al mismo tiempo a Jesús que María? No necesitaba Dios de María, seguramente, pero en Su Infinita Sabiduría quiso tenerla como madre de Jesús y madre nuestra. Es que todo lo hizo bien.

¿Cuál ha de ser nuestra respuesta a tan magnífica constatación? Fe y amor. Fe, la misma que María tuvo para aceptar en su vida el Plan de Dios. Y amor, para agradecer y acatar la Voluntad de Dios en cada uno de nuestros días, sabiendo que lo que Él disponga siempre estará bien.

Oración:

Padre Santo, te damos gracias por el inconmensurable Don de María, que al hacerla madre de Jesús, la hiciste madre nuestra e intercesora admirable. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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