Lucas 2,41-51 – la casa de mi Padre

junio 13, 2015

Texto del evangelio Lc 2,41-51 – la casa de mi Padre

41. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.
42. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta
43. y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres.
44. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos;
45. pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
46. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;
47. todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
48. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»
49. Él les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
50. Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
51. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión: Lc 2,41-51

Por los evangelios sabemos muy poco de la infancia de Jesús, sin embargo es algo que siempre nos ha inquietado, habiendo evangelios apócrifos que narran varios pasajes supuestamente de este período en el que se le atribuyen hechos extraordinarios a este niño, como el formar y dar vida a unas pequeñas aves que hizo con barro. De cualquier modo estos escritos no han sido aprobados por la Iglesia, por motivos que no son del caso analizar aquí y que por lo tanto debemos saber descartar con decisión, si creemos en Jesucristo y la Santa Iglesia Católica, para no terminar desvirtuando ni relativizando todo. Las Escrituras de las cuales forman parte los Evangelios, constituyen la Palabra de Dios revelada a los hombres y no podemos aceptar que por opiniones de unos u otros cuyas credenciales desconocemos, pero que no corresponden a los canales oficiales de la Iglesia, pongan en duda lo que está contenido en estos libros o lo modifiquen. Es importante entonces ajustarnos a lo que la Iglesia –por los canales adecuados- dispone. Le debemos atención y obediencia al Señor, nuestro Dios, por lo que no podemos poner en duda su Palabra. No es cuestión de gustos, especulaciones o criterios, porque podemos terminar tergiversando todo. Veamos que María y José fueron a Jerusalén con el niño Jesús, como era su costumbre, cada año. Este es un buen punto sobre el cual empezaremos a meditar. Él les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre ?»

¡Qué importantes son los hábitos, las costumbres, la tradición! ¿Cuántas veces las condenamos simplemente porque nos negamos a hacer lo que nuestros padres, abuelos y ancestros nos han legado como costumbre, como norma, por alguna razón. No es cuestión de rechazar irreflexivamente pretendiendo implícitamente que aquello no fue bien pensado por nuestros padres y no costo, tal vez, acostumbrarlo, repetirlo y defenderlo por alguna razón. No podemos simplemente rechazarlo y abandonarlo sin más, irrogándonos una autoridad que posiblemente no tenemos sobre nuestros antepasados. Ocurre que no lo tomamos tan en serio y simplemente por una mera cuestión de gustos y pareceres muy superfluos, tomamos la determinación de no seguir con la costumbre familiar. No podemos afirmar categóricamente que toda costumbre familiar tenga valor y sea correcta tan solo por el simple hecho de ser costumbre, no. Lo que tratamos de expresar es que tal vez haríamos muchísimo bien en no subestimar a nuestros antepasados descartando frívolamente lo que ellos tenían establecido como una costumbre que muy respetuosamente repetían de tiempo en tiempo, o un rito, simplemente porque no lo entendemos o no nos da la gana. Siendo inteligentes, esa no puede ser nuestra razón y haríamos bien en darles el beneficio de la duda, por consideración. Después de todo no tenemos evidencia que nuestros antepasados fueran tarados o cándidos. Tal vez lo que dejamos con total ligereza, costó vidas alcanzarlo. Mucho menos podemos cambiar de religión o simplemente abandonarla por una decisión de comodidad, flojera o cualquier otro motivo subalterno y pobremente reflexionado. Él les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre ?»

Es con esta cautela, devoción y respeto que debemos acercarnos a las cosas del Señor. Podemos imaginar a Jesús jugando con otros niños, como un niño común y corriente, pero no podemos exagerar en esta pretensión, porque Él nunca fue una persona común y corriente, y por lo tanto tampoco un niño como cualquiera. Bástenos este pasaje para constatarlo. A Jesús lo encuentran sus padres en el templo, donde obviamente no pensaron en buscarlo desde el comienzo, porque no era lo que esperaban de un niño de su edad, como cualquiera. ¿Y qué está haciendo? Pues tiene embobados a los sacerdotes y escribas que lo rodean. Dice la Escritura que los tenía estupefactos por sus respuestas. Esto no es accidental y nos revela que no era como cualquier niño y nos da pie –con razón- a especular que nunca lo fue. De allí que quien quiera verlo haciendo travesuras o “diabluras” como cualquier niño, se equivoca, porque Él siempre supo quién era y nunca se alejó de su papel. No tenía que aprender a ser hombre, como alguna vez he escuchado por ahí. Él es Dios desde antes de nacer y lo sabía todo, aunque esperaba prudentemente Su momento, como le dijo a Su Madre cuando en la Boda de Canaán ella prácticamente le obligo a hacer su primer milagro conocido. Qué importante que ello haya ocurrido y que esté escrito, pues nos revela el lugar que la Santísima Virgen María ocupa en la vida de Jesús y cuanto podemos alcanzar por su intercesión. Él les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre ?»

Los padres pueden no entender lo que está pasando, pero saben que son manifestaciones de Dios, de quien Jesús es hijo; lo saben desde que fue concebido, así que no podían hacer nada más que lo que María hacía, observar y tomar nota en su corazón, como intuyendo que llegaría el momento en que habría de entenderlo todo. Este no es el único episodio, a juzgar por las palabras de Lucas, por lo que insistimos nuevamente que no estamos ante cualquier niño y por lo tanto no podemos esperar un comportamiento común a sus congéneres. Nos cuesta entender y aceptar la Divinidad de Jesucristo. La confesamos de labios para afuera, pero no la comprendemos ni la tenemos en cuenta siempre, sino haríamos siempre lo que nos manda, teniendo plena confianza en Su Voluntad. Queremos encontrar razones que se ajusten a nuestra lógica, sin caer en cuenta que debe ser precisamente al revés. Por eso Jesús pregunta a su madre: ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre ? ¿que tenía que ocuparme de sus asuntos? Si lo sabemos; lo sabemos muy bien, pero no le queremos prestar atención y mucho menos colaborar. Nos hacemos los despistados, con tal de no incomodarnos. Somos como el avestruz, que cree que metiendo la cabeza en un agujero ya pasó el peligro… Él les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre ?»

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos permitas vivir de tal modo que dando testimonio de Cristo Jesús, tu amado Hijo, todo el mundo sepa dónde encontrarnos y dedicados a qué…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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