Lucas 2,36-40 – hablaba del niño a todos

Diciembre 30, 2015

Texto del evangelio Lc 2,36-40 – hablaba del niño a todos

36. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido,
37. y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.
38. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
39. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
40. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

Reflexión: Lc 2,36-40

Comprender las cosas, nos parece que a todos da mucha satisfacción. Cuando hemos venido estudiando y aprendiendo sobre un tema y finalmente todas las piezas empiezan a encajar, nos viene una alegría muy profunda y comprensible. Es que hay pocas cosas que nos reconfortan más que llegar a entender algo. No en vano la inteligencia es uno de los tres principales atributos con los que Dios nos ha bendecido. Tal vez esta sea una pista de lo que debe ser alcanzar la Verdad plena, la Perfección, la Sabiduría. Cuando se disipan las dudas y desaparecen los nubarrones de nuestro cielo, nos invade una euforia que nos impulsa a compartir con alegría la certeza alcanzada. Comunicar las Buenas Noticias también es parte de esta reacción natural de los seres humanos. ¡Tantas cosas buenas que hemos recibido! Es precisamente fundado en esta inquietud que brota de lo más profundo de nuestro ser cuando somos sinceros y honestos, que el Señor nos pide salir a Evangelizar. Las Buenas Noticias no se pueden guardar, se dicen a voz en cuello, desde lo más alto para que todos las escuchen, para que todos se enteren y sepan a qué atenerse. Eso mismo pasa con Ana, que vivía muy cerca a Dios y recibió la Gracia de reconocer inmediatamente quién era aquel Niño, cuando lo tubo cerca. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Inspirados en Ana tal vez debíamos preguntarnos qué clase de testimonio damos del nacimiento de Jesús estos días. ¿Hemos hecho conciencia de lo que tratan estas fiestas en nuestro calendario o más bien nos dejamos llevar por la inercia y las costumbres paganas que parecieran abarcarlo todo? ¿Hemos sabido salir de la avalancha de licores, comidas y regalos de estos días, en los que pareciera que lo más importante es tener una billetera abultada, para afrontar los tremendos gastos que se producen y que debemos hacer para contentar a todos? Hemos dedicado el tiempo necesario para reflexionar en el real significado de estas fechas, no solo para nosotros y nuestras familias, sino para la humanidad entera, desde sus albores hasta hoy? ¿Nos hemos dejado contagiar por esta Buena Noticia y hemos salido a comunicarla a cuantos nos encontramos, en todas las ocasiones en las que nos reunimos con familiares, amigos y compañeros? Ha llegado el momento de preguntarnos: ¿qué significa para nosotros el nacimiento del Niño Jesús? Hagamos un esfuerzo por reflexionar en ello y luego por comunicarlo a las demás personas con las que estaremos alternando estos días. Estamos frente a uno de los acontecimientos más notables e importantes de la historia, ¿somos capaces de reconocerlo y presentarlo de este modo? ¿O es que nuestros conocimientos y nuestra fe no dan para tanto? Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Todavía hay Belenes o Nacimientos armados en muchos templos, por lo que sería bueno proponernos lo siguiente. No volveremos a pasar nunca más de largo frente a ellos, como si se tratara de un asunto folklórico, pagano o en todo caso solo propio para niños. Detengámonos un momento frente a ellos y hagamos -lo que se puede ver en casi todo nacimiento-, adoración del Niño Dios que ha querido nacer entre nosotros. ¿No es esta una verdadera e inmerecida Gracia? Pues hagamos lo que hacen los pastores, los reyes magos y hasta sus padres: contemplémoslo y adorémoslo. No es idolatría, ni mucho menos una costumbre pagana. No nos dejemos llevar por las tonterías que mete en nuestras cabezas el demonio con tal de alejarnos de Dios. Recordemos que uno de los primeros Belenes o Nacimientos fue armado nada menos que por San Francisco, como una especie de tributo y algo que podía servirnos para recordar lo asombroso de este acontecimiento. En tiempos en los que no había youtube, ni power point, ni whatsapp, ni twitter, fue lo mejor para trasmitir una vivencia y convocar a la reflexión. Visitemos y oremos frente al Nacimiento para fomentar una tradición que es formativa, porque debe llevar a todos los que lo hacen, a reflexionar de modo muy especial en Dios y Su infinita Misericordia, que lo llevó a convertirse en niño y habitar entre nosotros, para Salvarnos. Recordemos a quienes los arman y pidamos porque su fe se vea acrecentada y por todos y cada uno de los niños y adultos que lo visitan. Contemplemos en el Nacimiento la Gracia y Perfección de la Creación, así como la participación de Dios en nuestra Historia calculada y planeada como solo puede hacerlo el mejor arquitecto del Universo. Alegrémonos y contagiemos la alegría por este acontecimiento. ¡Demos ejemplo! Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Oremos:

Padre Santo, te adoramos, te bendecimos y te damos gracias por habernos enviado a Tu Santísimo Hijo, para que naciendo en la humildad de un pesebre, ilumine el Camino de la Salvación …Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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