Lucas 2,22-35 – puesto para caída y elevación de muchos

diciembre 29, 2015

Texto del evangelio Lc 2,22-35 – puesto para caída y elevación de muchos

22. Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor,
23. como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor
24. y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
25. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
26. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.
27. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él,
28. le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
29. «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;
30. porque han visto mis ojos tu salvación,
31. la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
32. luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»
33. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.
34. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción –
35. ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Reflexión: Lc 2,22-35

Los cristianos buscamos armonía y paz, pero no a cualquier precio, esto es lo que nos manda a reflexionar la lectura de hoy. Como Jesús, estamos puestos para ser señal de contradicción, por lo que nos atreveríamos a sugerir que si somos considerados los más simpáticos de nuestros círculos, de la familia, del vecindario o del trabajo, pues debemos detenernos a examinar lo que estamos haciendo, porque algo no debe andar muy bien. No es que seamos los aguafiestas, por ser agrios y amargados, sino que no nos apuntamos a todo, ni avalamos todo lo que hacen nuestros hermanos. Tampoco asumimos posiciones indiferentes, como si cada quien pudiera hacer con su vida lo que le viene en gana, mientras no se meta con nosotros. Eso no es posible, porque nosotros -tal como Cristo nos lo ha enseñado-, sabemos que es Voluntad de nuestro Padre que todos nos salvemos y todos somos corresponsables de que esto ocurra. Así, no podemos pasar por alto lo que hace nuestro prójimo, ya sea dañándose o dañando a los demás, porque basta que seamos testigos conscientes de los hechos para que intervengamos, pidiendo explicaciones o buscando que enmendar lo ocurrido. Del conocimiento de la Palabra del Señor, de la Verdad Revelada por Jesucristo nace nuestra obligación de involucraros en la marcha nuestra y de nuestro prójimo hacia la liberación y esta no cesará hasta que la hayamos alcanzado, mientras tengamos fuerzas y estemos en capacidad de hacer algo. «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Hace unas semanas fallecía una pariente muy cercana, en circunstancias muy penosas y aún ahora todo lo que ocurrió es una espina en el corazón que no llego a procesar adecuadamente. La pobre anciana vivía con otra anciana mayor que ella, su hermana, ambas en grave abandono que se reflejaba en el deterioro paulatino de su salud y condiciones de vida. Debido al desorden en sus horarios y a que nadie realmente supervisaba que hicieran lo que debían, a sus horas, comían muy poco, cuando les provocaba y así se fueron apagando, desaliñadas y olvidadas, hasta que la menor cayó gravemente enferma de un trastorno respiratorio del que no se recuperaría jamás. Tenía una hija que vivía a 500 kilómetros y que de vez en cuando la visitaba -cuando sus múltiples ocupaciones se lo permitían-, a la que se dijo con anticipación y en todos los tonos que debía llevársela para darle una mejor atención y calidad de vida o que en todo caso la pusiera en un asilo. Se negó rotundamente a tomar cualquiera de las dos alternativas, hasta que cuando enfermó seriamente, al parecer se convenció que llevarla a un asilo era lo mejor, lo que se propuso hacer luego de un viaje de aniversario que había planificado con antelación. Vino a ver a su madre y se fue dejándola postrada, a cargo de parientes que ante tal abandono no tuvieron otra que asumir la responsabilidad de atenderla hasta que la hija pudiera hacerse cargo. La anciana sobrevivió hasta que después de un par de semanas volvió la hija y la llevó primero a un hospital y luego a un asilo, en el que falleció antes de haber cumplido un solo día. A la hermana mayor, que había vivido tantos años acompañándola y al cuidado y servicio de la otra, porque así fue siempre su relación, ese mismo día su descorazonado hijo la puso en un asilo, donde de un momento a otro terminó perdiendo contacto con todo lo que fue, incluyendo su hermana. No se han podido cambiar las actitudes de los hijos de estas dos pobres señoras, pero hasta donde nos ha sido posible hemos intervenido, ganándonos su antipatía y enemistad, por entrometernos, llamándolos al orden, la caridad y la misericordia, en vez avalar, como ellos hubieran querido, lo que finalmente hicieron. No nos toca juzgar, porque Dios lo hará en su debido momento, pero no podemos dejar de intervenir cuando se cometen abusos e injusticias contra los más indefensos, sean estos niños, ancianos o personas humildes o desvalidas. Para eso somos cristianos: tenemos obligaciones y responsabilidades con el Señor de la Misericordia. «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

No se si compartan con nosotros esta visión, pero nos esforzamos por vernos cada mañana como salvavidas, como si nuestro trabajo fuera el de salvar vidas. Cada mañana pedimos a Dios que nos de el valor de intervenir en cualquier situación que se nos pudiera presentar, así, de un momento a otro. Que juguemos el papel que se espera de nosotros, no por nadie en este mundo, sino por Él. Cada mañana cuando nos ponemos el escapulario –luego del baño- sentimos que nos estamos revistiendo de algo muy especial: nos estamos embadurnando en aceite, para hacer frente al enemigo y nos estamos poniendo nuestro chaleco salvavidas, de tal manera que por donde vayamos seamos garantía de intervención justa, pronta, adecuada y oportuna, con toda la presteza y entereza que sea necesaria, hasta lograr el objetivo. Este es el ruego, desde luego no siempre fácil de cumplir. Nos ocurre muchas veces que como el sacerdote aquel que vio al samaritano golpeado y asaltado, preferimos hacer un rodeo por temor a lo que nos pueda pasar, por vergüenza, por no comprometernos, por flojera, por comodidad o por simple y pura cobardía. Me ocurre mucho yendo al templo, que paradoja y coincidentemente con la canción. Iba rápidamente caminando, cuando vi a una viejecita que caminaba con las justas, cruzando una avenida y como la vi ya por la mitad, no hice mayor esfuerzo por ayudarla, además que era u poco difícil llegar hasta ella, pero cuando yo mismo estuve al otro lado pude ver cómo un carro tuvo que detenerse bruscamente y casi se produce un choque por causa de la viejita. En ese momento pensé, ¿qué hubiera pasado si la arrollaban? ¿Por qué no me esforcé un poco más en intervenir? Agradecí a Dios que no haya sido necesario y que se haya apiadado tanto de ella como de mí, al no cargarme con tamaña culpa. Nosotros estamos llamados a intervenir allí donde la vida o integridad física o espiritual de nuestros semejantes corre peligro, sin pensarlo dos veces. Si nos ponemos a hacer cálculos, nunca lo haremos. Esto es algo que debemos grabarnos en el corazón y en nuestra mente, por lo que debemos rezar cada día. La vergüenza y la culpa por dejar que ocurra algo que hubiéramos podido impedir, no se van tan fácilmente. «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a revestirnos cada mañana de Tu Misericordia, para salir a afrontar cada día en Tu Nombre, dispuestos a dar la vida como Jesucristo por cualquiera de nuestros hermanos. Danos valor, entrega, amor…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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