Lucas 21,25-28.34-36 – orando en todo tiempo

Noviembre 29, 2015

Texto del evangelio Lucas 21,25-28.34-36 – orando en todo tiempo

25. «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas,
26. muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas.
27. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.
28. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación.»
34. «Guárdense de que no se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre ustedes,
35. como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra.
36. Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escape a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.»

Reflexión: Lucas 21,25-28.34-36

Estos días la Iglesia ha querido que meditemos en torno al fin de nuestras existencias, más allá de cualquier sentido trágico que podamos encontrar en los textos, con los que se buscan persuadirnos a la reflexión, está el descubrir el sentido de la vida y enfocarnos en él de forma coherente, de tal modo que llegado el momento de presentarnos ante el Rey del Universo, podamos sostenernos en pie, es decir, que no tengamos nada de qué avergonzarnos, nada que nos haga flaquear o trastabillar. De allí supongo que nace el dicho que “el que nada debe, nada teme”. Y es que en tal momento, no sabemos cómo exactamente, pero seremos totalmente traslúcidos y transparentes a los ojos de Dios y seguramente de todo el mundo. En un instante serán vistas y reveladas públicamente todas nuestras intenciones y nuestros actos, no quedando nada oculto. ¿Estamos preparados para presentarnos de este modo frente a nuestros hijos, frente a nuestros padres, frente a nuestros hermanos y amigos? ¿Estamos preparados para presentarnos así, totalmente desnudos, frente a nuestro Padre? ¿O nos pasará como aquel pasaje de Génesis (3,8-11) cuando sale Dios Padre a buscar a Adán y Eva y ellos se escondían avergonzados? ¿De qué se escondían? ¿Por qué se escondían?

8. Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.
9. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
10. Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
11. El replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»

Podemos ver cómo conjugan perfectamente ambos pasajes. Solo se avergüenza y esconde quien tiene algo que ocultar, lo que es imposible de lograr frente a Dios, que todo lo ve y todo lo sabe. Aquél día lo veremos y será como revelarnos completamente al mundo, tal como somos. ¿Podremos hacerlo manteniéndonos de pie? Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escape a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.

No es la vergüenza de nuestros actos la que quiere movernos a evitar Jesús, sino el deseo profundo y sincero de obrar de tal manera que no tengamos nada que ocultar a nadie. Y bien sabe Dios cuanto hay que no quisiéramos que se supiera jamás. Es verdad que ya no hay nada que podamos hacer para remediar lo malo que hicimos alguna vez, el daño o el engaño que cometimos, pero tal vez habrán formas de enmendarlo, por lo menos confesando nuestra falta a quienes agraviamos y pidiendo perdón desde lo más profundo de nuestros ser, proponiéndonos enmendarlo en todo aquello que está a nuestro alcance y sea posible. El termómetro ha de ser la idea aquella de podernos mantener firmes y de pié frente al Examinador más exhaustivo del Universo, aquél al que no le podemos esconder absolutamente nada. Si viviéramos pensando siempre en Él, teniendo en cuenta que todo lo ve y nada se le escapa, tal vez lo pensaríamos dos veces antes de decir una mentira, por más pequeña y piadosa que esta nos parezca; buscaríamos otra forma de justificarnos o simplemente confesaríamos abiertamente las razones de nuestras faltas a nuestro prójimo, quedando reconocidas, saldadas o enmendadas inmediatamente nuestras ofensas o deficiencias, abriendo paso en el acto al perdón y a la reconciliación. ¿Cuántas relaciones se van haciendo conflictivas, profundizando agravios y diferencias por no saber reconocer nuestras faltas y enmendarlas a tiempo? Siendo conscientes todo el tiempo del sentido de la vida, del propósito por el que estamos aquí, debía llevarnos a ordenar de tal modo nuestros actos, que no tengamos de qué arrepentirnos, ni pedir perdón. Pero ello es imposible si confiamos tan solo en nuestras fuerzas, en nuestra capacidad. ¡Tenemos que aprender a reconocer humildemente nuestras limitaciones y pedir a Dios esta Gracia! Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escape a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.

Clave para no fallar en nuestro intento es la oración. No se trata de un cliché o una formula sin sentido que repetimos a cada rato, sino de una realidad. Somos imperfectos; lo sabemos. Por eso necesitamos de Dios, que suple con creces todas nuestras limitaciones, cuando se trata de cumplir Su Voluntad, que es a lo que estamos llamados todos. Estas son realidades que debemos empeñarnos en comprender, porque solo así podremos sostenernos en pie delante del Hijo del hombre. Esta es la medida, el parámetro, la norma que debemos tener en cuenta en cada uno de nuestros actos. Es obvio que si no crees en Dios, no tendrás en cuenta estas recomendaciones. Pero habría que preguntarnos, ¿será que nos resistimos a creer porque no queremos someternos a estas exigencias, porque preferimos tener una vida licenciosa, con una moral laxa y muy conveniente a nuestras comodidades, a nuestra indiferencia y egoísmo? Las comodidades por sí no son malas. Malo es que seamos indiferentes al sufrimiento y dolor de nuestro prójimo, que tal vez podríamos aliviar en algo, incomodándonos un poco y dando algo más de atención a nuestros padres, hijos, hermanos o amigos. No estamos hablando de cosas estrambóticas y jaladas de los cabellos. Antes de embarcarnos en un viaje al África, declamando slogans y estribillos, preguntémonos: ¿Cuántas veces fuimos a visitar a nuestros padres o abuelos esta semana? ¿Estuvimos allí sentadotes esperando que nos sirvan, como si lo mereciéramos, como si tuvieran que agradecernos por haber hecho lo que es nuestro deber? ¿O fuimos más bien amables y nos esforzamos por complacerlos y darles un poco de alegría y alivio a sus dolores y soledad? ¿Los ayudamos en sus tareas cotidianas o solo estuvimos de paso, como una visita de médico, sin realmente tomar conciencia de su situación y malestares? Porque somos muchos los hijos que decimos visitar por lo menos una vez por semana a nuestros padres, pero las visitas son tan fugaces que no llegamos a tomar contacto con su verdadera realidad y de pronto nos damos con la “sorpresa” que estaban gravemente descompensados, debilitados y camino a la muerte segura, por falta de atención oportuna y adecuada. Y es que no todo se resuelve con dinero. Lo que necesitan nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros hijos es TIEMPO; nuestro tiempo. Enterarnos realmente de lo que les aflige, de lo que les alegra y también de lo que les falta o echan de menos. No se trata de pasar 15 minutos haciendo payasadas y luego, hasta dentro de otros 8 días. Se trata de tomar verdadero contacto con ellos; de amarlos, no de cumplir. Esto es aquello que el Señor desea hacernos entender en este pasaje. Que tengamos presente lo más importante. Que no nos centremos tanto en nuestro bienestar y comodidad, sino en la de nuestro prójimo, de tal modo que nuestra conducta sea irreprochable. Solo entonces podremos permanecer de pie. Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escape a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.

Oremos:

Padre Santo, permítenos ver con claridad cada vez que nos acomodamos y abandonamos a nuestro prójimo tan solo por no mortificarnos, ni sacrificarnos un poco. Aparta de nosotros el egoísmo y la indiferencia…te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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