Lucas 20,27-40 – los hombres y las mujeres se casan

noviembre 19, 2016

Los hombres y las mujeres se casan

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

Texto del evangelio Lc 20,27-40

27. Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección,
28. y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”.
29. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.
30. El segundo
31. se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia.
32. Finalmente, también murió la mujer.
33. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?».
34. Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan,
35. pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.
36. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
37. Que los muertos van resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
38. Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él».
39. Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien».
40. Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

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Lucas 20,27-40 los hombres y las mujeres se casan

La Palabra de Dios siempre podrá ser vista, comprendida y meditada desde diversos puntos de vista. Hemos seleccionado esta vez la respuesta que da Jesús a los saduceos y a través de ellos a todos los que nos gusta especular en cómo será la vida eterna.

El Señor nos hace varias revelaciones y nos va dando pistas de cómo será este “mundo futuro”. Tal y como el Señor lo dice con toda naturalidad hombres y mujeres se casan en este mundo. Por lo tanto, el matrimonio es una realidad mundana, protagonizada por un hombre y una mujer.

El que sea propia de este mundo no la hace menos digna de valor y respeto. Sin embargo, se trata de una institución humana. Es una creación nuestra, lo que no le resta valor, sino que por el contrario nos permite apreciar un de las conquistas humanas.

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

El Hombre, a lo largo de su vida en este planeta, lo ha ido conquistando y construyendo una serie de acuerdos, leyes e instituciones para facilitar la convivencia humana y el logro de sus metas.

Que el Hombre sea el artífice de tanto prodigio sustentado en sus rasgos distintivos de inteligencia, libertad y voluntad, solo puede hablarnos de la maravillosa criatura que somos. Hemos sido bien hechos por Dios Padre.

Si podemos maravillarnos con el cosmos, con los océanos, con las estrellas, con las galaxias, con los compuestos químicos, con la naturaleza, con los animales, las plantas y las flores, no menos tendríamos que hacerlo con nosotros mismos.

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Somos ciertamente un verdadero prodigio, asombrosos por donde se nos vea. Dios nos ha hecho así. Como criaturas superiores, tendemos a lo trascendente, a aquello que está más allá de nuestra limitada naturaleza.

Este deseo de trascendencia, de eternidad, ha sido colocado por Dios en nuestros corazones como una impronta divina. Y es esta la que nos hace anhelar la perfección y la santidad, sinónimos que evocan en nuestra mente la imagen de Dios, nuestro Padre.

Todo esto lo sabemos porque nunca hemos estado solos. Siempre nos ha acompañado Dios, lo que ha quedado registrado en la Biblia. Él nos ha revelado y otras veces confirmado lo que somos y lo que estamos llamados a ser.

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

Es así que con el pasar de los años nos constituimos en sociedades y naciones y dentro de ellas en familias y matrimonios. Nos ha sido dada la capacidad para conquistar este mundo y valernos del mismo para alcanzar la vida eterna.

Todos, por ser hijos de Dios, estamos llamados a ser felices, a alcanzar la plenitud y a vivir eternamente en el Reino de Dios. Eso lo hemos intuido desde siempre, pero Jesús vino a confirmarlo, mostrándonos con su vida, muerte y resurrección el Camino.

Hemos de amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Ello implica un orden y una forma de vida en la que siempre habremos de aspirar a los bienes mayores. Amarnos, respetarnos, promover y defender la vida, buscar la justicia, la armonía, la verdad y el Bien Común son nuestras mejores aspiraciones.

Tratando de sintonizar con el tenor de estas palabras de Jesús, encontramos una sensación de consolación y alegría. Es como que descubriera para nosotros un velo más de lo que será el “mundo futuro y la resurrección”, tal como las nombra.

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

No nos casaremos. Nos parece relevante esta pista, que nos revela muy claramente la dimensión humana del matrimonio. No por eso es ajena a la Voluntad de Dios. Así, dado que en este mundo los hombres y las mujeres se casan, en otro pasaje el Señor Bendecirá esta unión diciendo: lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.

Dios acompaña y Bendice todo aquello que más nos conduce al fin para el cual fuimos creados: la plenitud en el Reino de los Cielos. El Camino: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El matrimonio, como el núcleo de la célula familiar, encaja perfectamente en el Camino.

Pero cuando alcancemos la Vida Eterna, seremos como ángeles. Es decir, viviremos en una dimensión totalmente distinta. Podemos especular mucho sobre ella. Pero no debemos de dejar de tener en cuenta dos aspectos determinantes: primero, las revelaciones de Jesús. Y, segundo, que se trata de realidades divinas, que por lo tanto están más allá de nuestra pobre y reducida comprensión.

En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias por el infinito amor y misericordia que nos muestras a lo largo de la historia de la humanidad y de nuestra propia historia personal, haciendo siempre un símil entre una y otra, acompañándolas y Bendiciéndolas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 20,27-40 los hombres y las mujeres se casan

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