Lucas 19,1-10 – buscar y a salvar lo que estaba perdido

Noviembre 15, 2016

Buscar y a salvar lo que estaba perdido

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

Texto del evangelio Lc 19,1-10

01. Jesús entró en Jericó y atravesaba la cuidad.
02. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos.
03. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.
04. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí,
05. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
06. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
07. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador».
08. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más».
09. Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham,
10. porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

Reflexión: Lc 19,1-10

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Lucas 19,1-10 buscar y a salvar lo que estaba perdido

La principal dificultad para seguir a Jesús e incluso para creer en Él, es la soberbia. Esta nos ciega y nos impide ver todo aquello que nos hace daño y hace daño a los demás. La soberbia nos hace creernos distintos y mejores, por lo tanto merecedores de otro trato.

Somos tan inteligentes, sensibles, profundos y espirituales que ninguna de las llamadas de atención de Jesús nos cae. Entendemos todo e inmediatamente sabemos cómo aplicarlo a este, a ese o a aquel. En tanto que nosotros permanecemos intactos.

Es que nosotros somos tan buenos, inteligentes y atinados, que ningún detalle pasa para nosotros desapercibido. Nuestra oración es perfecta. Nuestra meditación acertada. Es decir, hemos establecido una sintonía sin igual con Jesucristo. No necesitamos el más mínimo ajuste.

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

Esta actitud nos impide ver el Zaqueo que llevamos dentro. Nos consideramos tan buenos y acertados, que no hemos terminado de leer este texto que ya estamos viendo a quién se aplica y rápidamente encontramos entre nosotros a quienes les cae como anillo al dedo.

¿Y nosotros? No, nosotros no. Somos harina de otro costal. Nos consideramos tan buenos que no encontramos casi nada que corregir. Por eso la Palabra de Dios no nos toca. Habla de ciegos, mudos, ricos, pecadores, injustos…Nosotros no caemos en ninguna categoría.

Con esa actitud la escuchamos. Siempre impersonal, dirigidas a otros, incluso de otro tiempo y lugar. Con semejante coraza, la Palabra de Dios resbala por nosotros como por un cuerpo embadurnado de aceite. Somos espectadores o como diría el Papa: vamos balconeando la fe.

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

Pues hasta aquí llegamos. Es preciso que hagamos un acto sincero de introspección. ¿En qué nos diferenciamos de aquél al que inmediatamente hemos indilgado el mote de Zaqueo? ¿Hace cuánto tiempo que no revisas tu actitud frente a los demás? ¿Qué es aquello a lo que te aferras, que jamás has compartido?

El encuentro con Jesús a Zaqueo le hace ofrecer algo muy concreto: dará la mitad de sus bienes a los pobres. El cambio es espontáneo, drástico y objetivo. Además, si a alguien ha faltado, le devolverá el cuádruplo. ¡Está dispuesto a enmendarse, a hacer justicia! Sus ofrecimientos son concretos y lo implican significativamente.

¿Hemos sido capaces de un gesto similar alguna vez para con alguien? ¿Es que nunca hemos cometido injusticia alguna? ¿No será tal vez que caminamos tan cerrados en nosotros mismos y en nuestra “perfección” que ni nos damos cuenta cuando atropellamos a otros?

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

¿Y qué es lo que damos? ¿Es que tenemos tan poco? ¿En qué consiste nuestra limosna? ¿No damos siempre de lo que nos sobra? ¿Alguna vez hemos dado tanto que realmente represente un sacrificio y un esfuerzo? ¿O es que siempre estamos dando el ripio que incluso nos molesta en la cartera?

¿Y qué hay de nuestro tiempo? Nos juzgamos muy conversos, pero somos incapaces de dedicar, no digamos la mitad, sino el 25% de nuestro tiempo. Siempre estamos ocupados. ¡Es que somos tan eficientes y meticulosos! ¡No tenemos tiempo que perder!

¿De quién es nuestro tiempo? ¿A quién se lo dedicamos? ¿A Dios? ¿A nuestros seres queridos? ¿A nosotros mismos? ¿En qué porcentajes? ¿Nos hemos detenido a pensarlo sinceramente? ¿Hacemos siempre lo correcto? ¿Según quién? ¿Cuánto tiempo dedicamos a hacer la Voluntad de Dios? ¿Sabemos cuál es esta para nuestras vidas? ¿La hemos identificado?

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

¿Seguimos pensando que somos la última coca cola del desierto? ¿Qué todo lo hacemos muy bien? ¿Qué somos intachables e irreprochables? ¿Qué Zaqueo es otro? ¿Qué hay del Zaqueo que llevamos dentro? ¿Alguna vez hemos sido conscientemente capaces de tal arranque de generosidad por el Señor? ¿Cuándo?

La sola presencia del Señor nos invita a realizar cambios radicales en nuestras vidas. ¡No podemos seguir haciendo lo mismo! La responsabilidad por lo que sucede no está en los demás. ¡Somos nosotros los que tenemos que empezar a cambiar, pero en forma concreta y objetiva.

Mientras sigamos con nuestra coraza, atribuyendo y aplicando a otros la Palabra de Dios, no avanzaremos por el Camino que Él nos propone. Recordemos que se trata de nacer de nuevo. No los demás, sino nosotros mismos. Es preciso humildad para cambiar.

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido ».

Oremos:

Padre Santo, danos humildad para entender que somos nosotros los que debemos cambiar; que se trata de empezar una vida nueva; que la peor trampa en la que podemos caer es la soberbia de creer que ya somos santos y perfectos y no esforzarnos por dar a Dios y al prójimo lo mejor de nosotros…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 19,1-10 buscar y a salvar lo que estaba perdido

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