Lucas 18,9-14 – Todo el que se engrandece será humillado

marzo 10, 2018

Todo el que se engrandece será humillado

“Les digo que este último bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.”

Sábado de la 3ra Semana de Cuaresma | 10 Marzo 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Todo el que se engrandece será humillado

Una de las debilidades más grandes del hombre es la soberbia. Nos gusta que nos distingan, que nos dispensen gentilezas. Decimos que no, pero llegado el momento no podemos evitar pavonearnos cuando alguien nos dedica cualquier frase o palabra de admiración.

No busquemos en nuestro comportamiento situaciones en las que groseramente nos imponemos y humillamos a los más pobres e indefensos. Debe haber algunas situaciones como estas, seguro, pero ahora detengámonos a examinar con mayor sutiliza aquellas que pasamos por alto.

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Nos cuesta compartir halagos. No está en nosotros reconocer el trabajo y esfuerzo de los demás. Como si nos mereciéramos todo, nuestros pensamientos se agotan especulando en lo que nos habrán de decir. ¿Quiénes nos agradecerán? ¿Quiénes nos reconocerán y adularán?

Buscamos los primeros lugares y escogemos los platos o las copas más grandes. Creemos merecer toda la comodidad y estamos prestos a señalar a todo el mundo las falencias y errores que encontramos, sin detenernos a meditar por un momento en el honor o desprestigio de los otros.

Aun entre los mejores amigos, entre los más cercanos, un poco en broma y otro poco por maldad, los errores o defectos de unos, serán motivo de risa y burla por mucho tiempo, cuando no por toda la vida, como es el caso de la mayoría de apodos.

Otras veces ni miramos lo que con tanto afán nos preparan los más humildes, no sólo porque creemos que nos merecemos eso y mucho más, sino porque no queremos darles el privilegio de nuestra adulación o gratitud.

Nos cuesta dar las gracias. ¿Cómo y por qué darlas a quien no ha hecho nada más que darnos lo que nos merecíamos? Poco importa lo que nos den, ni el sacrificio que ello demande. Siempre será lo menos que podríamos esperar.

Y es que nos merecemos todo, especialmente de los más pobres y humildes. Ellos deben sentirse privilegiados de tratarnos y de que les demos la oportunidad de servirnos.

Ya pueden haber dejado de comer un día o haber tenido que sacrificar lo que sea; no nos interesa. Lo único que nos importa es que aquello que nos ofrecen esté a la altura de lo que nos merecemos. Porque son siempre ellos los que nos deben dar, sin que tengamos que darles nada a cambio.

Bastante hacemos con recibir lo que nos dan, que sin importar lo que sea, siempre será poco y merecido. Si además lo hacemos con buena cara, deben darse por satisfechos. Así son nuestras relaciones con los humildes: asimétricas.

Nos resulta imposible reconocer los méritos de los demás. Todo lo que hacen los otros es lo menos que tendrían que hacer. No gastaremos nuestro tiempo ni agradeciendo, ni reconociendo. Por el contrario, no dejaremos pasar ocasión para criticar ácidamente y con sarcasmo cualquier error, aun cuando solo sea de percepción.

Y es que nadie hace las cosas como nosotros. O, en todo caso, solo son atinados y acertados los que nosotros decimos y hasta donde a nosotros se nos antoja. A cualquiera de los que nosotros les hayamos bajado el dedo, los destrozaremos sin piedad, maximizando sus defectos y multiplicando la magnitud de sus errores.

Esta es la forma en que por lo general actuamos. Unos más que otros. ¿Por qué? ¿Será que desde niños nos hemos acostumbrado a desaparecer a cualquier competidor? Vemos con malos ojos a quien osa hacernos sombra o robarnos protagonismo.

Nosotros hemos de ser siempre los mejores, los más sensatos, los más atinados, la última palabra. Nos cuesta mucho ceder el estrellato. Queremos que todos se enteren y nos adulen, que todo el mundo sepa lo bueno que somos.

Oración:

Padre Santo, no permitas que se adueñe de nosotros esa actitud soberbia, del que todo lo sabe, del infalible, del que juzga y mide cada palabra que sale de labios de sus hermanos, encontrando siempre algo por qué condenar en el obrar de los demás. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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