Lucas 18,9-14 – ten piedad de mí, que soy un pecador

Octubre 23, 2016

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!

Texto del evangelio Lc 18,9-14 – ten piedad de mí, que soy un pecador

09. Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
10. «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano.
11. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
12. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”.
13. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”.
14. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Reflexión: Lc 18,9-14

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Lucas 18,9-14 ten piedad de mí, que soy un pecador

¡Cómo nos cuesta reconocer que no somos perfectos, que somos falibles! Es tan grande nuestra soberbia que antes de reconocer nuestros errores estamos dispuestos a pelearnos con quien nos los saca en cara, con tal de no reconocerlos.

Y si finalmente los aceptamos, no por eso dejamos de guardar animadversión contra quien nos obligó a aceptarlos. Nos dueles más el amor propio, que el daño que nuestro error podría estar ocasionando.

El hecho incontrovertible es que no somos perfectos y que por lo tanto todos cometemos errores y muchas veces intencionalmente. ¡Esos son nuestros pecados! Sabiendo que hacemos mal, persistimos en ellos por razones subalternas, egoístas, mezquinas.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!

Es pecado todo aquello que contraviene a la verdad, que hacemos aun sabiendo que causamos daño o que está prohibido por Dios o por los hombres por algún motivo que no nos es ajeno. Pecamos cuando obramos en contra de la Voluntad de Dios.

Todos tenemos dudas alguna vez. El pecado está en exponer a la muerte, al dolor o al sufrimiento a nuestros hermanos cuando hay dudas razonables que ello podría ocurrir y aun así seguimos con nuestro propósito.

Es pecado cuando sabiendo el daño que causamos continuamos con nuestro propósito tan solo por amor propio, por no mostrarnos débiles o por pura soberbia, pretendiendo así aleccionar a nuestros hermanos, mostrando una inflexibilidad que ni Dios la tiene con nosotros.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!

¿Cuántas veces has mentido? ¿Cuántas veces no has cumplido lo que prometiste? ¿Cuántas veces has dejado de cumplir con tus propósitos o peor aún con tus deberes, por desidia o falta de voluntad? ¿Cuántas veces has tratado de justificarte y ocultarlo?

¿Por qué si tú puedes reconocer que eres falible no estás dispuestos a consentir esa misma debilidad en los demás? No se trata de ser permisivo, pero sí de comprender con una cierta dosis de tolerancia, que los demás también cometen errores, como nosotros.

Y si comprendemos, debemos también estar dispuestos a perdonar. Solo en la medida en que sepamos perdonar, también seremos perdonados. Es aquí que debe entrar en juego la Misericordia, que es la capacidad de comprender y amar, sin condiciones, a ejemplo de nuestro Salvador…

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!

Finalmente, es bueno que reflexionemos y tengamos en cuenta que todo es Gracia de Dios, por lo que debemos estar dispuestos a reconocer que Él habita en nosotros y es Él quien hace posible que elevando los ojos al cielo oremos a nuestro Padre.

Es insulso y propio de soberbios pretender que alguno de los carismas con los que Dios puede habernos favorecido provenga de nosotros mismos o lo hayamos recibido por algún mérito nuestro. Es la Gracia de Dios que habita en nosotros la que lo hace posible.

Es por eso que debemos pedir constantemente al Señor que nos de humildad, a fin de no cegarnos ni envanecernos con lo mucho o poco que podamos tener, porque todo proviene de Él.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!

Oremos:

Padre Santo, danos humildad, para reconocer que somos imperfectos y falibles; para reconocer nuestros defectos y todas aquellas faltas que cometemos contra Ti y contra nuestro prójimo, algunas veces por omisión y otras por orgullo y soberbia…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 18,9-14 ten piedad de mí, que soy un pecador

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