Lucas 18,35-43 – Ve. Tu fe te ha salvado

noviembre 16, 2015

Texto del evangelio Lc 18,35-43 – Ve. Tu fe te ha salvado

35. Sucedió que, al acercarse él a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna;
36. al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello.
37. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno
38. y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»
39. Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»
40. Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó:
41. «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!»
42. Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado.»
43. Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Reflexión: Lc 18,35-43

Vamos aprendiendo a reconocer el modo de hablar de Jesús. Sus Palabras siempre van más allá de lo evidente, porque el ve el mundo desde una perspectiva distinta, desde la perspectiva Divina, como le corresponde al Hijo de Dios. Él no se queda en la superficie, en lo suntuario, en lo anecdótico, sino que va a lo más profundo de nuestro ser, de nuestra naturaleza y nuestros pensamientos. Incluso podemos decir que es monotemático, porque está enfocado en una sola cosa, en lo más importante, como debíamos hacerlo todos. Él ha venido con un solo propósito enviado por el Padre: Salvarnos. Todo lo que hace, cada palabra, cada gesto está orientado a ese fin. Esta es una lección que debemos aprender de Su ejemplo. Ordenar la vida, priorizando aquello que es fundamental y trascendente. Cotidianamente vemos que nos cuesta mucho trabajo hacerlo, por eso somos incoherentes y muchas veces andamos como extraviados. Porque, como diría San Pablo, hacemos el mal que no queremos y el bien que queremos no lo hacemos. Nos falta firmeza en nuestras decisiones y a veces claridad para dilucidar lo que es correcto, distinguiendo la Verdad de la mentira y el engaño. «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!» Jesús le dijo: Ve. Tu fe te ha salvado.

Tal vez nunca seamos suficientemente conscientes de la importancia de La Verdad y del daño que puede causar la mentira y el engaño. Hemos llegado a crear una categoría de mentiras con el propósito de hacerlas más inocuas y las llamamos mentiras inocentes o piadosas, irrogándonos la capacidad de juzgarlas y anticipando –erróneamente- que no tendrán consecuencias determinantes, sin embargo estamos totalmente equivocados, pues tal vez no haya nada peor que estas mentiras, que nos van enseñando a mentir y habituando a sobre llevar sus consecuencias, siempre minimizándolas, porque nos “salvan” de una situación que de otro modo sería vergonzosa o incluso lapidaria. Dejándonos llevar por esta engañosa espiral –aparentemente inocente-, más temprano que tarde nos encontramos mintiendo y engañando en cosa fundamentales a nuestros padres, a nuestros cónyuges y hasta a los jueces y al público en general. Solo tenemos que dar una miradita a la clase política de nuestros diferentes países para constatar la gravedad de este hecho que termina ocultando ultrajes, desviación de fondos, espionaje, corrupción y hasta asesinatos, con tal de alcanzar propósitos mezquinos, que son causantes de tensión y mayor violencia. Lo peor es que la costumbre lleva a los protagonistas de estas mentiras y engaños a creer en sus propias mentiras, santificándose y justificándolas como males menores. Cegados por sus propios razonamientos, llegan a la imposibilidad de reconocer sus propias faltas, alucinando intrigas y acusando de traición a quienes los ponen al desnudo, cansados de soportarlos. De allí que un mentiroso en el poder sea lo más dañino y peligroso para cualquier organización, cuanto más para un país. Todo a su alrededor se descompone, porque empieza a intrigar y destituir a todo aquel que se niega a ver el mundo con sus mismos anteojos de mentira y engaño, justificando su proceder y dándole la razón donde es público que no la tienen. Este es el origen de los totalitarismos de toda laya. «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!» Jesús le dijo: Ve. Tu fe te ha salvado.

A esta visión se refiere Jesús en Sus palabras. Es verdad que le devuelve la vista, pero este –contrariamente a lo que podemos pensar- es el aspecto menos relevante de este milagro. Lo que realmente importa es que la fe le da la visión más profunda de las cosas y la vida, al punto de salvarlo. Porque Jesús no solamente lo sana, sino que lo salva. Hay una diferencia sustancial. Un mentiroso, con la vista perfecta, puede terminar en el infierno, en tanto que un ciego de la vista, puede tener una mejor visión del mundo de lo que tiene cualquier vidente. Lo importante es Ver y para Ver es preciso liberarnos de todos los prejuicios y grilletes que tienen atada nuestra alma a una vida de pecado y mentira. Veamos pues la importancia que tiene la Verdad en nuestras vidas. La Verdad nos hará libres. No se trata de algo suntuario, que puede ser desdeñado o minimizado. No existen las mentiras piadosas o inocentes. Todas traen el germen de la esclavitud, la destrucción y la muerte. Por eso deben ser combatidas con energía, educando desde la infancia en la Verdad. Entendemos ahora el daño que causan los programas de televisión en los que sin ningún escrúpulo se enseña a faltar a la verdad o los maestros y peor aún, políticos que de modo persistente enseñan a engañar y mentir, como si lo importante fuera siempre salir bien librado, a cualquier precio, incluso de una mentira a su juicio piadosa o -como gustan llamarla- política. No, nadie dice “mentira política”, pero se refieren a lo que todo el mundo conoce como cinismo, falsedad y mentira, como argumentos o estrategias políticas. El Ver, tiene que conducirnos a la Verdad. Solo camina a la Verdad el que tienen fe. Solo quien tiene fe y anda por la Verdad se salvará. Esta es la Visión que concede el Señor a quien se lo pide de corazón, como este ciego que encuentra su salvación en ella. Detengámonos a reflexionar en que el Señor dice tu fe te ha salvado, lo que dista de la mera sanación física. «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!» Jesús le dijo: Ve. Tu fe te ha salvado.

Oremos:

Padre Santo, no permitas que flaqueemos cuando se trata de sostener la verdad en toda situación; no nos permitas caer en la mentira, por más piadosa que esta parezca. Que nos esforcemos siempre por vivir en la Verdad, mostrándonos siempre como somos y procurando ser mejores cada vez…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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