Lucas 17,11-19 – mientras iban, quedaron limpios

noviembre 11, 2015

Texto del evangelio Lc 17,11-19 – mientras iban, quedaron limpios

11. Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea,
12. y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia
13. y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
14. Al verlos, les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.
15. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz;
16. y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano.
17. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?
18. ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?»
19. Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

Reflexión: Lc 17,11-19

Hay, como siempre, varios aspectos en los que podríamos centrar nuestra atención. Hemos escogido en primer lugar la forma en que se da esta curación milagrosa, pues nos parece emblemática. En general, las intervenciones de Dios en nuestra vida, requieren de nuestra participación. Es decir, hemos de tener fe, pero la fe debe manifestarse en actitudes y acciones. Esto descarta de plano todas esas confesiones que a veces hacemos o nos hacen, de ser muy creyentes o muy católicos, sin que haya relación entre lo que se dice y se hace. Al Señor no se le puede engañar; Él no se contenta con declaraciones, por más floridas que estas sean. Es preciso acompañar nuestras manifestaciones verbales de actos que corroboren lo que decimos. Es preciso ser consecuentes; coherentes. Como dice Jesús: por sus frutos los conocerán (Mateo 7,20). ¿Qué tiene que ver con la lectura? Que oído el mandato de Jesús, los diez leprosos, sin titubear ni plantear interrogantes; sin esperar explicaciones se pusieron inmediatamente en marcha. No manifestaron, por lo tanto, duda alguna, sino que obedeciendo al Señor, se pudieron en marcha. Ellos sabía que, de curarse, tenían que presentarse a los sacerdotes; por lo tanto, si Jesús les estaba mandando presentarse a los sacerdotes, eran porque los estaba curando. Les bastaba su palabra. ¡Eso es fe! Esta es la fe que el Señor nos reclama. Una fe manifestada en la acción. ¿Qué mejor ejemplo que la de estos 10 leprosos que no terminaron de oír el mandato y ya estaban en camino? Al verlos, les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Esta debe ser nuestra reflexión de hoy: ¿qué tan profunda y decidida es nuestra fe? ¿Nos disponemos a hacer inmediatamente lo que Dios nos manda? Pero si ni si quiera le damos tiempo para oírle cada día, ¿cómo vamos a hacer lo que nos manda, si no lo sabemos en forma concreta? Claro, todos sabemos que en primer lugar debemos amar a Dios por sobre todas las cosas y luego amar al prójimo como a nosotros mismos. ¡Ese es el mandato principal del Señor! Pero, ¿cómo corresponde este mandato con nuestras acciones de cada día? ¿De qué modo concreto debemos manifestar esta obediencia a sus mandatos? No se trata de declaraciones líricas, sino de hechos. Y no se trata de responder con nuestra rutina diaria, que no estamos seguros que ella corresponda a la Voluntad de Dios. Ante las exigencias u obstáculos de la vida cotidiana, se trata de que cumplamos obedientemente Sus mandatos, sin condiciones, sin murmuraciones, sin detenernos a evaluar o negociar, sin buscar nuestra conveniencia, sino confiando plenamente en Él, tal como hicieron los leprosos. Si cada día nos propusiéramos cumplir con el mandato que nos da el Señor, con seguridad nuestras vidas serían muy distintas. Para eso en primer lugar debemos prestarle atención para oírle, lo que solo lograremos si dedicamos un tiempo a la oración, a la meditación y a la reflexión. Para no andar inventándonos ideas o deambulando sin saber dónde detener nuestras elucubraciones, lo más aconsejable será acudir a la lectura diaria de los evangelios. Por eso precisamente la Iglesia propone una lectura distinta para cada día del Calendario Litúrgico, de modo tal que no leamos al azar, sino aquello que el Espíritu Santo nos recomienda a través de la Iglesia. Solo así llegaremos a aproximarnos al conocimiento de Jesús y con Él a la Voluntad de Dios; por consiguiente estaremos en disposición de hacer lo que nos manda, en la seguridad que solo tenemos que ponernos en marcha y Él hará lo que le corresponde, lo que sea necesario para presentarnos ante quienes esté prescrito. Al verlos, les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Aunque hay mucho más, seguramente, terminaremos contemplando la actitud de aquel leproso samaritano, extranjero. Siempre es la actitud del foráneo, del que se sabe distante y por lo tanto no merecedor de tamaña Gracia, la del que no puede dejar de regresar a agradecer. Este debía ser nuestro ejemplo, para no andar engriéndonos, como si lo mereciéramos todo. Es frecuente que quien se encuentra adentro –casi no importa de qué- se acostumbre de tal modo a lo que tiene, que no se dé cuenta del privilegio que tiene y la Gracia derramada sobre él. Así, nacemos en hogares católicos, bien conformados, con una buena familia, asistimos a buenos colegios y recibimos una buena educación para terminar renegando de la fe de nuestros padres, subestimándolos, como si no les hubiera costado mantenerla y subestimándola, como si fuera cualquier cosa. A veces resulta fácil y cómodo mantenerse en esta posición caprichosa, más propia de niños engreídos. No queremos enterarnos de cuál ha sido el precio que Jesús ha tenido que pagar por nuestra Salvación. Preferimos no entrar en detalles, como si lo mereciéramos. Todos fueron curados, pero tan solo uno fue salvado, porque supo reconocer de dónde vino esta Gracia, volviendo a dar Gloria a Dios. Aprendamos a agradecer y a glorificar al Señor tras cada una de las Gracias que nos concede. Estas son muchas cada día. Demos gracias a Dios. Al verlos, les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender que debemos mantener una relación más constante, perseverante y fluida contigo, buscándote cada día, oyéndote, haciendo lo que nos mandas y agradeciendo por todo lo que haces por nosotros, reconociendo que sin Tu Gracia nada sería posible…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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