Lucas 14,25-33 – renuncie a todos sus bienes

Noviembre 4, 2015

Texto del evangelio Lc 14,25-33 – renuncie a todos sus bienes

25. Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo:
26. «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.
27. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
28. «Porque ¿quién de ustedes, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla?
29. No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo:
30. “Este comenzó a edificar y no pudo terminar.”
31. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000?
32. Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.
33. Pues, de igual manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Está claro que la condición para seguir a Cristo es dejar todos nuestros bienes. Jesús exige de nosotros la renuncia total. ¿Cómo se logra? A eso corresponde nuestra reflexión de hoy. Trataremos de dar respuesta a esta interrogante determinante, si queremos seguir a Cristo, tal como Él mismo nos lo dice. No encuentro rodeos, ni excusas para evadir esta exigencia con una interpretación “iluminada” que me permita seguir con mi rutina, con el mismo modelo de vida que llevo desde hace años. ¿Cómo hago para abstraerme de estas palabras, para trasladarlas a un plano teórico, etéreo, conceptual, donde poder examinarlas, deliberar y concluir, sin que afecten mi vida? ¿Jesús me está llamado al orden y haciendo una propuesta concreta o es más bien velada, oscura, al punto que necesita de una profunda reflexión para darle una respuesta? ¿Qué tiene que ver la magnitud de la obra o del ejército enemigo con todo esto? Debemos ser conscientes de la envergadura de la Misión que se nos propone. El seguimiento de Cristo no es un juego de niños. Pues, de igual manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Seguir a Jesús requiere primero detenernos a pensar, a reflexionar en lo que somos y tenemos, porque es renunciando a cuanto tenemos y llevando sobre nuestros hombros lo que somos que debemos seguirlo. Hay una diferencia entre lo que tenemos y lo que somos. ¿Podemos discernirlo y distinguirlo al punto de poder renunciar a lo que tenemos y tomar tan solo lo que somos? Tenemos que aprender a vivir con todo aquello que somos, porque de esto no podemos desprendernos, sino que por el contrario debemos aceptarlo y cargarlo con nosotros si optamos por seguir a Jesús. Esa es nuestra cruz irrenunciable. Nuestro aspecto físico, nuestras carencias y virtudes físicas, sicológicas, mentales. Todo lo que corresponde al ámbito personal, que permite distinguirnos unos de otros, eso es lo que somos. Color de pelo, talla, peso, género, edad, color de piel, idioma, nacionalidad, procedencia, ascendencia, carácter, educación, posición política, social y económica. Todos estos rasgos que nos permiten distinguir a una persona de otra son lo que somos, que serán más genéricos, cuanto más desnudos podamos presentarnos y compararnos uno a otro. Luego viene esta envoltura que podríamos llamar histórico social, a determinar ciertos rasgos comunes y también distintivos de nuestro ser. Es todo esto, con virtudes y defectos, con lo que debemos cargar. Esto es lo que somos y con lo que debemos esforzarnos en seguir a Jesús. Decimos esforzarnos, porque tendrá diferentes grados de exigencia según como seamos y habrá de demandar más o menos dominio de nosotros mismos, para adecuarnos a aquello que Jesús nos manda. Amar a Dios y amar al prójimo exigirá aplacar ciertas manifestaciones personales, renunciar a algunas exigencias, sacrificarnos y adecuarnos a las demandas de Dios y del prójimo. Exige que cargando la cruz de nuestro ser, nos descentremos de nosotros mismos, para centrarnos en los demás. Qué fácil se dice todo esto, cuando en realidad lo que más quiero es que me mimen y atiendan, reposando cómodamente en las manos de alguien. Pues, de igual manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Ahora detengámonos a pensar en lo que tenemos. Nos resulta muchas veces difícil separar lo que somos de lo que tenemos, porque nos hemos acostumbrado a que gran parte de nuestra identidad nos la den los bienes, las propiedades, los signos exteriores de riqueza de los que nos gusta rodearnos y a veces, alardear. Nuestra aparente estabilidad y tranquilidad reposan muchas veces en lo que sabemos que tenemos. Del mismo modo que nuestras angustias giran en torno a aquello que necesitamos o queremos y no podemos tener. Así, el tener resulta un ingrediente fundamental de nuestra estabilidad, al punto que para muchos de nosotros podríamos decir que constituye el principio o la base de la felicidad y por lo tanto, el objeto de nuestros esfuerzos y actividades. Sin embargo Jesucristo nos exige renunciar a ellos. Se trata de una colisión frontal con nuestras aspiraciones, por lo tanto, una incongruencia, una inconsistencia. El Señor nos pide renunciar a aquello que da sentido a nuestras vidas. ¿Por qué habríamos de hacerlo? ¿No resulta un despropósito? En cualquier caso ¿Qué nos ofrece a cambio? Y es aquí donde entra el cálculo de los ejércitos que nos propone. Tenemos que detenernos a pensar en cuál de las dos posiciones es la correcta. ¿Quién ganará esta guerra? Se trata de dos posiciones encontradas. Excluyentes. Una frente a la otra. ¿Con quién nos vamos? ¿Por quién apostamos? Jesucristo, el Hijo de Dios, es evidentemente el que viene con los ejércitos más grandes y poderosos, ¿no tendríamos que unirnos a Él? Si hasta aquí estuvimos con el otro, con el enemigo, con el Príncipe de este mundo ¿no tendríamos que salir al encuentro de Cristo para pactar con Él, a fin de llegar a un acuerdo, ahora que podemos? A eso se le llama CONVERSIÓN. Dejar ahora todo aquello que nos parecía tan fundamental, tan determinante, para asumir la Verdad que Cristo nos presenta y propone. ¿Creemos que Él es el Rey, el Vencedor, el Salvador, que de Él será la victoria final? ¿Creemos en sus promesas o no creemos? ¿Tenemos fe? ¡Este es el momento de tomar partido! ¡No hay otro! O estamos con Él o estamos contra Él. El que no recoge, desparrama. Pues, de igual manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Oremos:

Padre Santo, qué difícil nos la pones. No podemos seguir postergando indefinidamente esta decisión. Danos el valor y la fe para optar hoy y siempre por Jesús. Que seamos capaces de romper con la esclavitud de nuestros vicios, de la soberbia, de la ostentación y el egoísmo. Danos el valor de renunciar a todo y seguirte…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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