Lucas 14,1.7-11 – no te pongas en el primer puesto

Octubre 31, 2015

Texto del evangelio Lc 14,1.7-11 – no te pongas en el primer puesto

1. Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando.
7. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola:
8. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú,
9. y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.
10. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa.
11. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»

Reflexión: Lc 14,1.7-11

Aprendamos cuál debe ser nuestro comportamiento si queremos agradar a Dios. La primera pregunta que nos lanzará un escéptico será: ¿Y, por qué habríamos de buscar agradar a Dios? Elemental: cuando amas a alguien, buscas agradarle, es decir, hacer algo que le guste, que le haga sentir cómodo, confortable, querido. Obviamente, el que no ha amado, no sabe de esto. ¡Qué importante es el amor en la familia! Esta es la primera comunidad a la que nos integramos los seres humanos, en la que aprendemos todo lo que después habrá de ser determinante en nuestras vidas, especialmente a amar, convivir, respetarnos y tolerarnos. Pero cuando falta la familia, cuando por las exigencias del trabajo y la sobrevivencia esta se destruye, o peor aún, cuando irresponsablemente –siguiendo la moda-, nos aburrimos y nos separamos para “buscar la felicidad a la que tenemos derecho” importándonos un rábano los hijos, este núcleo fundamental es herido y desmembrado, de modo tal que sus componentes por mucho tiempo solo pueden sentir dolor, rabia, impotencia y resentimiento, más aun, cuando estos son tan pequeños que no llegan a comprender y mucho menos a aceptar lo que ocurre. ¡Qué difícil se hace entonces comprender lo que significa amor! ¡Es preciso vivirlo! Cuando alguno de los padres falta, se rompe la armonía y el equilibrio, dejando un vacío muy difícil de suplir. ¿Cómo entender entonces lo que significa agradar a alguien y mucho menos a Dios? «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.

Dios busca los caminos para enseñarnos, para suplir aquella experiencia que nos permita aprender lo que es el amor, la carencia, el dolor. Si, la vida está plagada de experiencias, de situaciones inexplicables, a las que solemos llamar suerte, buena o mala, de las que debemos aprender. Como en este pasaje, Dios nos enseña, algunas veces no tan explícitamente, pero siempre nos enseña cómo debemos portarnos con Él y con nuestros hermanos. Es cuestión de prestar atención. Para ello debemos deponer nuestra soberbia y escuchar. El gran problema es que pocas veces estamos dispuestos a oír a alguien y menos a Dios. Sin darnos ni cuenta, nos vamos volviendo ególatras, centrados en nosotros mismos, por lo tanto sólo estamos dispuestos a escucharnos o a escuchar aquello que nos conviene y agrada. ¿Acaso no nos ocurre con frecuencia que las personas con las que hablamos están más dispuestas a dictar cátedra respecto a cualquier punto, antes que a escuchar? Podríamos decir que así somos los humanos, sin temor a equivocarnos, sin embargo, la verdad es que podemos aprender a controlarnos, a dominarnos, haciendo lo que debemos, antes que lo que queremos, nos provoca o nos gusta, porque esto no es necesariamente lo mejor. Eso es lo que finalmente nos comunica hoy el Señor: tenemos que aprender a controlarnos, haciendo lo que debemos y no lo que se nos antoja, porque somos seres inteligentes, provistos de libertad y voluntad. Detengámonos a reflexionar siempre antes de actuar y no sigamos nuestros impulsos como si no pudiéramos controlarlos, dominarlos y orientarlos. Esto es lo que preconiza nuestra sociedad, empujándonos a hacer lo que nos viene en gana, como si en la satisfacción de nuestros impulsos y de nuestro ego estuviera nuestra felicidad. ¿Por qué te sentarías adelante si no es para decir aquí estoy yo; este soy yo; yo soy primero; soy el favorito; que los demás se pongan detrás o peor aún, qué me importan los demás? «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.

Recuerdo al respecto una anécdota que he contado muchas veces. Cuando trabajaba como profesor había una actividad anual dedicada a la recaudación de fondos para ayudar a las misiones, en la que todos los profesores –más de 100- donaban postres completos, que luego eran vendidos por porciones a los mismos profesores. Así desde el comienzo se imponían algunas reglas no escritas, pero propias de la idiosincrasia que estamos hablando y que tenemos que aprender a controlar y dominar. Primero no faltaban los que traína cualquier cosa por cumplir; algo muy económico y hecho en casa, poco atractivo, que obviamente pocos hubieran querido que les toque. Luego, estos mismos pugnaban por ponerse los primeros en la fila a la hora de comprar sus porciones porque estas eran prácticamente rematadas y los primeros arrasaban con lo mejor. Entonces, en este segundo acto de la obra, era realmente denigrante ver como los profesores se empujaban y disgustaban, peleando por los mejores lugares en la cola. Algo penoso. Al final, los tímidos, los tontos, los mayores y/o los menos queridos o populares, o los que simplemente llegaron tarde porque estuvieron ocupados, tenían que contentarse con las sobras, con lo que nadie quería, con lo que aportaron aquellos que seguramente se llevaron lo mejor. Y se trataba de una actividad benéfica, cristiana. No tuvimos tiempo para modificarla; seguramente siguen dando este pobre espectáculo. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.

El Señor nos invita a ser modestos, humildes, a no buscar los primeros lugares, como si lo mereciéramos todo, como si fuéramos el centro del universo. Aprendamos a pensar en los demás, a reconocer en nuestros hermanos la imagen de Dios. Resulta difícil, es verdad, sobre todo cuando no nos caen bien quienes nos preceden, pero tenemos que aprender a depurar, a purificar estos sentimientos. Por lo tanto, en la vida y el amor, no se trata de hacer lo que me viene en gana, de disfrutar sin importarme nada más que mi pellejo, debo ser capaz de ponerme en el lugar de los demás y de procurar el bien de mis hermanos, de mis seres queridos, antes que el mío, sin engaños, sin tretas. El que ama está dispuesto a dar, antes que recibir y encuentra satisfacción en la felicidad del otro. Es algo en lo que nos debemos educar, muy contrario a lo que promueve nuestra sociedad de consumo, donde se rinde culto al dinero, a la comodidad y al bienestar personal. Hemos edificado un mundo en el que hemos puesto el placer y la satisfacción egoísta al centro, así, sin el amor como amalgama es imposible unir y construir nada sólido, por eso vamos por el despeñadero, a la destrucción y a la muerte. Solo Dios puede salvarnos. Por eso debemos oírle y hacer lo que nos manda. Hoy aprendamos a ser modestos, sencillos, humildes de corazón. Ejercitémoslo en cada uno de nuestros actos. Dejemos que los demás se expresen. Que sean los primeros. Oigámoslos. No tenemos la última palabra, ni tenemos por qué ocupar los primeros lugares. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.

Oremos:

Padre Santo, aparta de nosotros la vanidad, la soberbia y el orgullo; que no busquemos nada más que agradarte a Ti, que servirte, sin importarnos desempeñar las actividades más modestas.…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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