Lucas 1,39-56 – Me llamarán bienaventurada

mayo 31, 2018

Me llamarán bienaventurada

“porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre”

Jueves de la 8va Semana de Tiempo Ordinario | 31 de Mayo del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Me llamarán bienaventurada

El cántico con que María devuelve el saludo a su prima Isabel, además de hermoso, es una profecía que anuncia la obra del Señor, que al mismo tiempo evidencia que María está completamente llena del Espíritu Santo, que la desborda e impulsa.

Es, pues, el Espíritu Santo el que acompaña desde el inicio a María en esta historia, que no es otra que la historia de nuestra salvación. Es todo un prodigio que canta la Gloria de Dios de generación en generación, recordándola como bienaventurada.

bienaventurada

¿De qué otra forma podríamos recordar este acontecimiento único en la historia? La fragilidad y humildad de María, siendo una más de nuestro género contrasta con el indecible privilegio de ser Madre de Dios, haciéndolo mucho más grande e impresionante a nuestra razón y corazón.

No hay otro ser humano que haya tenido tan grande y sagrado destino en la historia de la humanidad. Solo Dios la supera, siendo Él mismo quien la escogió para ser la madre de Su Hijo, haciéndola de este modo madre de la humanidad.

¿Por qué es Madre de la humanidad? ¿Por qué podríamos decir que es la segunda Eva? Porque es por ella que llega la Salvación al mundo. Sin su completa adhesión a los Planes de Dios, no hubiera entrado la salvación a este mundo. ¡Cómo no saludarla!

¿Cómo no sentirnos pequeños ante su inmaculado corazón, su vientre inmaculado, su alma y su cuerpo inmaculado? ¿Qué otra cosa podría ser la Santísima Virgen María, para que Dios hubiera puesto sus ojos, sus pensamientos y toda Su Voluntad sobre ella?

Si María no hubiera sido ya inmaculada antes que el Altísimo la cubriera para hacerla Madre de Jesucristo, lo hubiera sido ya desde aquél momento. No hay forma, pues, que la Santísima Virgen María deje de ser Inmaculada.

Ella es Pura, Casta, Resplandeciente, Virginal, Bella, Humilde, Cristalina, Incontrastable, Impecable, Dulce, Amorosa, Generosa, Solidaria, Misericordiosa, Modesta, Luminosa, Virtuosa, Paciente, Madura, Talentosa, Inocente, Reservada, Piadosa, Confiable… Me llamarán bienaventurada por siempre.

Es más pura que el más fino diamante, que la piedra más hermosa. Es como cualquier mujer y al mismo tiempo, ningún ser humano se le compara, porque quiso Dios elegirla para que fuera la madre de Jesucristo. Ningún otro ser humano ha llegado a tal altura.

Mientras haya sensatez en el mundo, mientras prime la razón y se valore la verdad, será reconocida como el primer ser humano, por ser la única creatura escogida por Dios para hacer que Su Hijo naciera de su vientre y en una familia como cualquier otra. Me llamarán bienaventurada.

Quiso Dios que Jesucristo viniera al mundo, como lo hacen todos los hombres, naciendo en un hogar y del seno virginal de Su madre. ¡María, Madre de Cristo, Madre nuestra, Madre de la Iglesia! ¡Todo lo que podamos decir de María, resulta poco!

Es que solo Dios tiene la capacidad y el poder de cambiar la historia de la humanidad de tal modo, que lo que era imposible, resulte posible por Su sola intervención Misericordiosa. ¡Dios lo ha hecho posible! ¡Hemos sido salvados!

Si por una mujer entro el pecado en el mundo, por otra quiso Dios que entrara la salvación, cumpliendo la promesa que fuera ella la que pisara la cabeza al Demonio, enviándolo al Infierno para siempre, de donde gracias a Jesucristo, ya no tiene ningún poder sobre nosotros.

Jesucristo ha vencido a la oscuridad, a la mentira y a la muerte. Jesucristo, enviado por Dios, conforme a Su promesa y llegado el tiempo, ha derrotado en forma definitiva al Demonio, recuperando para nosotros la Vida Eterna, para la cual fuimos creados.

Todo fue posible gracias al Plan Salvífico de Dios, ejecutado por el Espíritu Santo. Cuando había llegado el tiempo, se escuchó para siempre y por toda la eternidad el ¡Si! inobjetable, inconmovible y firme de María, que se hizo entonces Madre de Cristo y Madre nuestra.

Por eso, toda palabra que queramos agregar a este discurso de María inspirado por el Espíritu Santo, resulta estéril, una burda y siempre incompleta imitación, que solo tiene por objeto rendirle un modesto tributo a nuestra amada Madre, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.

Bástenos repetir con ella: Me llamarán bienaventurada …Así lo haremos por siempre, mientras tengamos memoria, inteligencia, voluntad y corazón. Gracias madre. Te saludamos a tí Celestial Princesa en todas las mujeres y en todas nuestras madres.

Oración:

Padre Santo, Bendito y alabado seas por siempre Dios Santo, porque quisiste darnos no solamente a Tu Hijo y Redentor, sino que este naciera como cualquiera de nosotros de una Madre, para que Cristo tuviera una Madre y con Él, la Humanidad entera, también la tuviera. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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