Lucas 13,18-21 – hasta que fermentó todo

Octubre 27, 2015

Texto del evangelio Lc 13, 18-21 – hasta que fermentó todo

18. Decía, pues: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé?
19. Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas.»
20. Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios?
21. Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»

Reflexión: Lc 13, 18-21

Un recurso prácticamente imprescindible en la panificación es la levadura. Sin ella es imposible hornear buenos pasteles, tortas o pan. Hay que saber usarla, para echarla en las dosis adecuadas según la cantidad de harina. Además, ha de estar fresca, ya que una levadura demasiado guardada pierde sus propiedades y entonces ya no se logra el efecto deseado, el cual consiste en lograr que la masa se esponje dando una textura agradable a los productos que se fabrican con ella. Una torta, un pastel o un pan sin levadura, permanecerán planos y difícilmente serán del agrado de nadie, además y dependiendo del clima, se conservarán mucho menos en el tiempo, asumiendo la contextura de una piedra intragable en unos pocos días. La levadura, el fermento, es un gran descubrimiento para todos los productos fabricados con harina, que en pequeñas dosis tienen la propiedad de hacer crecer toda la masa. Es precisamente a este efecto con el que compara Jesús al Reino. Por obra y gracia del Espíritu Santo, unos cuantos testigos, los discípulos de Jesús, han difundido la Palabra de Dios por todo el mundo siendo actualmente más de un mil doscientos millones los católicos bautizados, es decir, aproximadamente un sexto de la población mundial. «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»

Más allá de los períodos de expansión -y posible reducción- que ha pasado la Iglesia a través de la historia, es un hecho que de manera general viene creciendo constantemente, como la levadura en la harina, hasta que un día llegará a abarcar a toda la humanidad. Este es el Reino de Dios, que –por obra del Espíritu Santo- ha empezado a crecer sin detenerse y que un día permitirá que toda la humanidad conozca a Jesús, cambiando la faz de la Tierra. La salvación de la humanidad ha llegado con la muerte y resurrección de Jesús y esta habrá logrado su propósito cuando todos hayamos tenido la oportunidad de convertirnos. No existe causa en el Planeta que haya reunido más adeptos, a pesar de las persecuciones a que ha sido expuesta a lo largo de los siglos. La Buena Noticia es que el Reino ya ha llegado y está creciendo y nadie ni nada lo podrá detener. Eso es lo que tiene desquiciado al Demonio y sus aliados, que por todos los medios tratan de amedrentarnos y amilanarnos. Cuanto más horrorosas y detestables son sus manifestaciones, tanto más debilitado se encuentra. En su desesperación corrompe gobiernos, corrompe sacerdotes y clérigos, induce guerras, esclaviza y corrompe niños, mata a bebes, decapita y quema a inocentes y es capaz de desatar un holocausto nuclear…¡Pero no vencerá! ¡Sus días están contados! ¡La Bestia se remece con estertores desesperados y brutales! ¡Agoniza la maldita! Nuestra Virgen Señora ya le ha aplastado la cabeza…¡el fin está próximo! «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»

Pero no hemos de temer, porque nuestra liberación se aproxima. ¡No puede haber mejores noticias! ¡Cristo ha vencido al mundo! Y aquello que empezó hace dos mil años está cada vez más cerca. No está en nuestra capacidad decir cuando, sin embargo sí podemos asegurar que será pronto y por eso debemos estar preparados. ¿Cómo? No metiéndonos bajo la mesa, ni asustándonos hasta perder el habla o quedarnos inmovilizados. ¡No! Todo lo contrario. Debemos pensar en este acontecimiento como la invitación a una Boda, a un Ágape. El Novio es nuestro Hermano y el Anfitrión es nuestro Padre. Cerremos los ojos e imaginemos por un momento cómo sería la Boda del príncipe más rico del planeta. ¿Qué no habría en aquella mesa? ¿Quiénes estarían invitados? ¿Quién dejaría de asistir? ¿Escatimaríamos algún esfuerzo en nuestra preparación? ¿No haríamos hasta lo indecible por lucir bien? ¿No iríamos temprano para ocupar los mejores lugares? ¿Qué no haríamos por estar en aquella boda? ¡Pues la Boda que se aproxima es Infinitamente mayor, más entrañable, más alegre, más larga! Y Dios Padre quiere tenernos en primera fila, en un asiento especial con nuestro nombre, a Su lado. ¡Qué podemos temer! ¡Esperemos ansiosos, alertas, alegres, felices! Dios ya ha salido a nuestro encuentro…¡Apretemos el paso! «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»

Oremos:

Padre Santo, qué alegría cuando me dijeron, vamos a la Casa del Señor, ya que están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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