Lucas 12,8-12 – el Espíritu Santo les enseñará

octubre 17, 2015

Texto del evangelio Lc 12,8-12 – el Espíritu Santo les enseñará

8. «Yo les digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios.
9. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
10. «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.
11. Cuando los lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo o con qué se defenderán, o qué dirán,
12. porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.»

Reflexión: Lc 12,8-12

Todo lo que nos va enseñando Jesús parte de un supuesto fundamental: nuestra fe en Dios. Si no tenemos fe, ya no hay nada de qué habar. Lo que nos dice será totalmente real para el que tiene fe. No se trata de modos de ver el mundo, sino de modos de vivir la vida. El que cree actúa de modo tal que su fe se hace evidente. En cambio, el que no cree, se engaña pensando que cerrará fuertemente los ojos y Dios vendrá en su auxilio, pues ello difícilmente ocurrirá. Fíjense que no decimos que sea imposible, porque para Dios no hay nada imposible. Depende del Él. ¿Cómo podemos hacer para llevar una vida coherente, en la que intervenga directamente Jesús? No podemos imponerle nada, sin embargo hay ciertas promesas que Él nos hace, siendo una de ellas ésta precisamente. No debemos preocuparnos, ni empezar a preparar discursos, porque el Espíritu Santo intervendrá y nos enseñará; Él nos dirá qué decir, cómo argumentar y cómo comportarnos. Se nos antojaría decir que esto exige demasiada cabeza fría y hasta cierto punto es cierto. Pero lo que ocurre es que o tienes o no tienes fe. Y si realmente la tienes, no tienes por qué preocuparte…no se preocupen de cómo o con qué se defenderán, o qué dirán, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.

Hay que aprender a creer. Tenemos que ejercitar nuestra fe cada día, sino llegado el caso, nunca nos sentiremos preparados. Pero es que, por otro lado, la preparación no depende de nosotros. Lo que podemos hacer, a lo sumo, es tomar cada día decisiones basadas en la fe. ¡Qué fácil se dice! Cierto, es muy fácil, en teoría. Pero en la práctica requiere, exige un cambio fundamental en nuestro modo de obrar. El que actúa diariamente y en toda ocasión guiado por la fe, no puede actuar como todos. No puede estar empeñado –por ejemplo- en lograr que le doblen el sueldo o que lo asciendan y lo pongan a cargo de toda una empresa comercial, minera o industrial. No puede estar buscando estos objetivos tan mundanos. Tiene que estarse ocupando de otra cosa. El que tiene fe, se levanta posiblemente tan temprano como el profesional de éxito aquel, pero tiene otras motivaciones en su vida. En lugar de empezar el día recitando estrategias de éxito para sus negocios, empezará agradeciendo a Dios por este nuevo día y pedirá su socorro para afrontar todo lo que se venga con amor, poniendo en primer lugar servir a Dios y luego al prójimo, especialmente a los más indefensos y necesitados. Buscará hacerse un instrumento de Dios, de modo que todo lo que diga o haga cante Su Gloria. Tendrá planes, pero no serán tan detallados, porque todo dependerá de aquello al frente de lo cual lo quiera Dios, como por ejemplo auxiliar a una anciana para llegar a un lado, desviándose de su ruta; o dejar de comer el almuerzo para compartirlo con alguien o simplemente para dedicarle toda su atención a un amigo en problemas. Llegará el fin del día siendo padrino de confirmación de un muchacho adolescente hijo de la lavandera, sin que se lo hubiera propuesto al comenzar el día…no se preocupen de cómo o con qué se defenderán, o qué dirán, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.

¿Puede ser exitoso en los negocios o profesionalmente un hombre de fe? Es posible que sí, dependiendo de la Voluntad de Dios, pero no será porque se lo haya propuesto, sino por su afán de servir y atender a todo el que se lo solicita. El hombre o la mujer de fe, son personas desprendidas, que no andan atesorando privilegios, ni distinciones, ni nominaciones. Si los obtienen, no es porque se lo hayan propuesto y están igualmente dispuestos a perderlos tal como llegaron, sin buscarlas. El hombre o la mujer de fe, tienen todo su día ocupado, sin embargo siempre parece que tuvieran tiempo de sobra disponible para atender a los afligidos, a los que los buscan por algún consejo. Son muy humanos y difícilmente se equivocan con respecto a lo que debe ser el comportamiento de cada quien en las diversas situaciones que les toca afrontar. Son muy sensibles y no toleran la ambigüedad y mucho menos la mentira. Se reconocen falibles y por eso mismo siempre están dispuestos a perdonar y a actuar con misericordia, pero no soportan el engaño y mucho menos cuando es ejercido sobre los más inocentes y débiles. Las personas de fe, salen a enfrentar como único cada día, sabiendo que podría ser el último y que lo enfrentarán como tal llegado el caso, confiando en que ello dependerá de la Voluntad de Dios. Será Él quien determine cuál ha de ser el extremo de sus acciones del día y se sentirá más que honrado si en Su nombre le toca llegar hasta el fin, porque para ello siempre está listo. ¿Cómo lo logra? Orando cada mañana y cada vez que tiene un tiempo disponible y frecuentando la Eucaristía, convencido que es este el único alimento que habrá de sustentarlo para la Vida Eterna…no se preocupen de cómo o con qué se defenderán, o qué dirán, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.

El lema de un buen cristiano, de una persona de fe, ha de ser el mismo que el de los scouts: ¡Siempre Listos! Este es el talán con que habremos de afrontar la vida. Nuestra alegría y nuestra paz deben ser contagiantes. Sin embargo hay que reconocer que no siempre somos así. ¿Por qué? Por falta de fe. Ejercitémonos cada día en la fe. No hay otra manera que amando y orando. Nuestro discurso debe ser siempre positivo, siempre motivante, como el de aquél que está convencido que la victoria final nos pertenece. Si no llegamos a creer eso, pues estamos demás. Este es el ABC. Cristo ha vencido al mundo. La victoria es nuestra…no se preocupen de cómo o con qué se defenderán, o qué dirán, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.

Oremos:

Padre Santo, solo te pedimos que nos des fe, que nos permitas renovarla cada día, cada minuto…Que no andemos arrastrando los pies y con gesto de pocos amigos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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