Lucas 12, 49-53 – fuego sobre la tierra

octubre 22, 2015

Texto del evangelio Lc 12, 49-53 – fuego sobre la tierra

49. «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!
50. Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!
51. «¿Creen que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, se los aseguro, sino división.
52. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres;
53. estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Reflexión: Lc 12, 49-53

Este es posiblemente el discurso más dramático que conocemos de Jesús. Si siempre habla sin tapujos y dice la verdad, pocas veces le oiremos hablar con tal energía y firmeza, a tal punto que infunde pánico en quienes realmente no lo conocen. Y es que el Señor está decidido a persuadirnos de la importancia de tomar una decisión y a veces parece difícil conseguirlo si no levanta un poco la voz y nos habla con energía. ¡Hay que tomar posición! Pero, no solo intelectualmente, sino con hechos. El seguimiento de Cristo no es un ejercicio teórico e intelectual, sino un asunto de acción. Acción que hay que tomar ya y que traerá consecuencias, porque habrá reacciones negativas, y no entre extraños, precisamente, sino en nuestras propias familias. Es tan duro de aceptar, que preferimos desoírlo, pasarlo por alto, como si no fuera eso lo que nos dice y sin embargo así es. Y algunos dirán: ¿no se supone que este es el Dios del amor? ¿De dónde sale este exabrupto? Y lo cierto es que no ha abandonado su posición, sino que está poniendo el nivel de exigencia con el que debemos tomar Su Palabra, con la que no nos comunica otra cosa que la Voluntad del Padre. He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!

El Señor ha venido a dar su vida por nosotros, su vida para que entendamos que Dios Padre quiere Salvarnos y que nuestra salvación depende de que hagamos Su Voluntad. ¡Aquilatemos Su sacrificio en la debida magnitud! Meditemos un momento, ¿a cuántas personas conocemos que hayan dado su vida por nosotros? Él nos comunica la Voluntad del Padre, por eso es vital que le oigamos y hagamos lo que nos dice. Solo así alcanzaremos la Salvación. Comprendamos entonces lo importante de su mensaje y de allí la energía y el énfasis que pone en su expresión. ¡No podemos pasarla por paños tibios! No se trata de algo opcional, que si queremos lo tomamos o si queremos lo dejamos. Se trata de algo que DEBEMOS hacer. Nadie nos va a obligar, sin embargo si no lo hacemos nos perderemos. Esta es la seria advertencia que nos ha hecho el Señor en diversas oportunidades. Por lo tanto HAY QUE HACERLO. Por eso Dios nos MANDA. ¿Entendemos? Si te resulta difícil entenderlo, piensa por un momento cómo actúa un padre con su menor hijo caminando por la orilla de un río caudaloso o cruzando este río usando un puente precario. ¿No le ordenaría enérgicamente lo que debe hacer por su bien, por su integridad? ¿O lo dejaría jugando con el peligro inminente de caer y ser engullido por las aguas? ¡Claro que no! Le mandaría enérgicamente lo que debe hacer. Y lo que todo el mundo esperaría, lo razonable sería que el niño obedezca. ¡Eso mismo ocurre en la relación con nuestro Padre Dios! Él no puede mandarnos una tontería. O para decirlo como es en realidad: Dios nos manda lo que más nos conviene. Si no lo hacemos, estaremos comportándonos como niños caprichosos, corriendo el riesgo de caer al barranco, al abismo y perdernos. Dios nos ama tanto que ante este peligro nos manda a Su propio Hijo para salvarnos. He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!

Es por eso que el Señor nos habla con tanta energía. Y, sin embargo algunos no le creemos. Justo de eso se trata, de creerle, es decir: de tener FE. Porque quien tiene fe hace lo que Dios manda. El niño que confía en su padre (que le tiene fe), hace lo que él le dice. Si le dice que salte, salta. Un buen padre nunca le mandará algo que no es bueno y conveniente. ¡Imaginemos entonces cuanto más seguros estaremos si hacemos lo que Dios nos manda! Pero todo lo que el Señor hace y dice, obedece a un Plan, el Plan de Dios, que como el mejor Plan tiene una serie de etapas y una secuencia que debe cumplirse al pie de la letra. ¡Imaginémonos si Dos no va a hacer un buen Plan! Luego, ¿Él mismo no lo va seguir? ¡Por supuesto que sí! A esto es a lo que se refiere Jesucristo en esta lectura. Fuego es la Palabra de Dios. Fuego es Su Mandato y este mundo ya debía estar cambiando con la fuerza de Su Mandato, si es que efectivamente le hacemos caso. Ello nos traerá diferencias con nuestros hermanos, esposos, esposas, hijos y demás, pero esta será la señal que hemos empezado a cambiar y que el Reino está cerca. ¡Nada de esto dejará de pasar! ¡Se trata del Plan de Dios! ¡Así sucederá! Así que tenemos que tomar una decisión: seremos un obstáculo para la instauración del Reino de Dios, un lastre, o empezaremos en este momento a trabajar para su instauración cuanto antes, porque de eso depende la felicidad de todos y la Vida Eterna. Si amamos a Dios y amamos a nuestros hermanos no encontraremos mejor ocupación para nuestras vidas que empeñarla en la Misión que Dios nos ha encomendado. ¡Y, ojalá empezáramos en este mismo momento! Eso es lo que nos está comunicando el Señor. He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!

Oremos:

Padre Santo, danos fe como la de un niño, para arrojarnos confiadamente en Tus brazos y que empiece de una vez a arder la tierra…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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