Juan 9,1-41 – Para un juicio he venido

marzo 26, 2017

Para un juicio he venido

Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.»

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Juan 9,1-41 – Para un juicio he venido

Juan – Capítulo 09

Reflexión: Juan 9,1-41

Frente al Señor, hay que tomar partido. No podemos seguir indiferentes. Es preciso reflexionar y tomar una decisión. Estamos con Él o estamos contra Él. No hay una tercera opción. El que no recoge, desparrama. Y tampoco podemos hacernos lo que no sabemos, porque a Dios nadie lo engaña. ¡Es nuestra decisión! Estamos advertidos.

¡Qué difícil nos resulta reconocer la verdad cuando no nos gusta, cuando nos demanda esfuerzo y sacrificio! Queremos seguir tibios, regodeándonos en nuestra mediocridad. Parece que está en nuestra naturaleza conformarnos con lo que tenemos, con el esfuerzo desplegado. No queremos ir más allá. No queremos arriesgar. Tenemos miedo a perder. Y, lo peor es que no confiamos en Dios. Tememos que nos vaya a defraudar, quedándonos sin soga ni cabra.

Preferimos retener lo viejo conocido a correr el riesgo de perderlo todo, por seguir la novedad. Comenzamos a preguntarnos, ¿por qué tendríamos que creer en Jesús? ¿Quién es Él para jugarnos la vida y especialmente el futuro por Él? Y, ya sabemos que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.

Así, frente a la novedad de Jesús nos portamos como unos necios. Empezamos a cuestionarnos todo y terminamos negando incluso lo evidente. No es otra cosa lo que hacen estos judío y terminan echando al ciego del templo porque había sido curado y nadie quería admitir lo evidente, que se encontraban frente al Hijo de Dios, el Mesías tanto tiempo esperado.

Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.»

En vez de afrontar el verdadero dilema que tienen al frente y tomar una decisión razonable y valiente, prefieren irse por la tangente, por las ramas, argumentando tonterías y buscándole cinco pies al gato. Como si de este modo quedaran resueltas las dudas y preguntas planteadas. Sencillamente, es tal su testarudez, que no quieren ver lo que es evidente.

Nos recuerda a viejas discusiones que solemos tener con algunos amigos, en las que por nada quieren dar su brazo a torcer. Se trata de la terquedad irracional de aquel que sabiéndose errado, por orgullo, por soberbia o por mezquindad insiste en lo mismo, con tal de salirse con la suya. Esto que parece una actitud totalmente infantil, es una actitud muy frecuente entre los adultos. ¿Por qué?

Es que nos cuesta tener que admitir que debemos cambiar, porque ello demanda que nos desprendamos de ciertas posturas, conceptos y modos de vida o privilegios a los que nos hemos acostumbrado. No queremos reconocer nuestro error y mucho menos sacrificarnos. No queremos que nadie venga a movernos el tablero; con mayor razón aquél que a nuestro parecer no ha sido acreditado por quienes merecen nuestro respeto.

Es como si objetáramos que Dios se hubiera podido fijar en este pobre diablo y no en nosotros. No estamos dispuestos a aceptarlo, a pesar de las contundentes evidencias. La soberbia y el orgullo nos dominan al extremo de no dejarnos ver, ni razonar con lógica. Solo así se explica tan reprochable proceder.

Pidamos al Padre que nos de Su luz y el discernimiento necesario para aceptar Su Voluntad, aun cuando ella contravenga nuestro proyectos y deseos, por Jesucristo que contigo vive, Reyna y es Dios, por los siglos de los siglos…. Amén.

Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.»

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