Juan 8,51-59 – guarda mi Palabra

abril 6, 2017

Guarda mi Palabra

En verdad, en verdad les digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás.

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Juan 8,51-59 guarda mi Palabra

Juan – Capítulo 08

Reflexión: Juan 8,51-59

Jesús nos revela varias cosas importantes en este dialogo que sostiene con los judíos. Estos lo han sometido a un interrogatorio, esforzándose no por entenderlo en realidad, sino por descalificarlo. Ellos ya tienen una idea formada, unos prejuicios arraigados, unos conceptos que no están dispuestos a cambiar, y simplemente quieren asegurarse que Jesucristo no encaja en ellos.

Qué peligrosa resulta esta actitud en la que muchas veces caemos. Tenemos una idea formada de todo y nos aferramos a ella. No estamos dispuestos a cambiarla porque se desmoronaría todo aquello en lo que creemos y confiamos, aquello que justifica y da razón y sentido a lo que hacemos. No estamos dispuestos a cambiar. No nos damos tan fácilmente.

Y, sin embargo, bien valdría la pena detenernos un momento a reflexionar si en realidad aquello que sostenemos es tan sólido y rígido, si tiene verdaderos cimientos o si hemos edificado sobre arena. ¿De dónde provienen nuestras creencias? ¿Cuándo y dónde las forjamos? Es cierto, ellas deben constituir el fundamento y la razón de nuestras acciones y aspiraciones. Nos explicamos en función de ellas.

Cabría preguntarnos ¿hasta qué punto son nuestras o hasta qué punto nos han sido impuestas por nuestro entorno histórico, social, cultural o económico? Seamos sinceros, muchas veces la explicación que encontramos por toda justificación a nuestros actos es: todos lo hacen. Es decir que seguimos un patrón de comportamiento, procurando ajustarnos a ciertos modelos exitosos, entendiendo que si así lo hacemos no tendremos pierde, como aquellos a los que seguimos parecieran no tenerlo.

En verdad, en verdad les digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás.

Así, ¿qué tan sólidos son los fundamentos que determinan nuestra actuación, nuestro proceder? Puede que nos sorprenda comprobar que no lo son tanto y que simplemente corresponden a la presunción que es lo correcto, puesto que todos lo hacen y todos no pueden estar equivocados. Abdicamos a nuestra capacidad de razonar libremente, a nuestra capacidad de ver y distinguir lo que es bueno de lo que es malo, en favor de la comodidad y la seguridad de estar haciendo lo que todos, y por lo tanto, si no lo correcto, por lo menos lo socialmente aceptado.

¿No es esta una forma de esclavitud? Nosotros hemos sido creados libres y sin embargo nos hemos hecho esclavos. Aquello podría no ser tan grave si pudiéramos responder con certeza que somos esclavos del Bien. ¿Podemos hacerlo? ¿Somos esclavos del Bien? ¿Nos desvivimos por hacer lo correcto? ¿Cómo hacerlo en una sociedad en la que prima el relativismo? Si buscamos adecuarnos al mundo y este se ha tornado en relativista, aceptando por cierta cualquier cosa, a condición que sea de tu agrado, que te guste, que te de placer y no dañe a los demás, ¿estaremos en la senda correcta?

¿Es que estamos en este mundo para satisfacernos a nosotros mismos? ¿Es que la felicidad ha de medirse por el grado de satisfacción personal? ¿Es que estamos aquí para ser felices nosotros, sin importarnos nada más? ¿Es que se podemos alcanzar la felicidad prescindiendo de la suerte de los demás? ¿Es que al ser felices nosotros atraemos automáticamente la felicidad sobre los que nos rodean? ¿Es que basta con empeñarnos en procurar rodearnos de un entorno propicio para ser felices?

¿Será, como dicen algunos, que la felicidad está en aceptar la realidad e integrarla a nuestro ser conscientes que nada debe alterar nuestro equilibrio y paz porque este procede de una fuente interna, que nada es capaz de alterar si no lo permitimos? Por lo tanto, ¿la felicidad estará en ser capaces de alcanzar ese estado de equilibrio interior y mantenerlo inalterado bajo cualquier circunstancia? ¿Es eso lo que nos dice Cristo?

No. El Señor no nos habla en ningún momento de fuentes internas. Él nos habla de realidades objetivas y concretas, aunque sobrenaturales, es verdad. El Señor nos habla de Dios Padre, Creador del Universo y de todo cuanto existe, que nos ha creado y dado la vida por amor; que quiere que vivamos eternamente. Él quiere que todos nos reunamos con Él en un ágape infinito. Esa es Su Voluntad. Y no quiere que ninguno de sus elegidos se pierda. Para eso, llegado el tiempo, envió a Su Hijo a Salvarnos y este o hizo, enseñándonos el Camino.

No hay nada abstracto ni subjetivo en esto, salvo para aquél que en realidad duda de la existencia de Dios y de Su Voluntad. Entonces, como los judíos de este pasaje, desconfiamos de lo que Cristo ha venido a revelarnos. No le aceptamos a Él, mucho menos a su mensaje de salvación. ¿Por qué? No porque no sea razonable, sino porque aceptarlo exigiría muchos cambios en nuestras vidas. Cambios a los que tenemos temor, porque muchos, entre ellos nuestros líderes no parecen aceptarlos y sin embargo parecen vivir felices. Terminamos por aceptarlos a ellos, que nos muestran una realidad tangible, en vez de un futuro aparentemente incierto, por el que ahora hay que pagar el alto precio de amar, es decir, de desprendernos de nosotros mismos.

¿Por qué no lo hacemos si es Jesucristo, el mismísimo Hijo de Dios el que nos lo propone? Muy sencillo: por falta de fe. Eso es todo. Por eso el Señor nos habla de la Verdad. Para que no andemos enredando, ni buscando escaramuzas, ni excusas. No queremos comprometernos con Cristo. No queremos dar nuestro brazo a torcer. Preferimos vivir engañados. Preferimos verdades a medias, matizadas, las mismas que en realidad no existen, porque nuestro destino tiene un solo camino, el AMOR. Si no es por allí, no llegaremos. Eso lo sabe Jesucristo, por eso nos MANDA (no sugiere, ni implora): amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. ¡No hay otro Camino!

No andemos elaborando triquiñuelas, ni mucho menos pretendamos que matando a Jesús, quien por amor ha venido a revelarnos esta verdad, para que nos salvemos, porque esta es la Voluntad de Dios, cambiaremos el Camino. Este está trazado. Es el único que nos lleva a la vida eterna, hagamos lo que hagamos; creámoslo o no. Ahora, es igualmente cierto que solos no podremos transitar por este Camino, nos será imposible. Para eso contamos con el apoyo del Espíritu Santo. Él, para quien no existen imposibles, nos guiará hasta la meta. Solo tenemos que pedirlo. Para eso se precisa FE. ¡Pongamos en marcha nuestra fe!

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines con tu Espíritu Santo y nos des la fe suficiente, el valor y la perseverancia para hacer Tu Voluntad, cada día, cada segundo de nuestras existencias, amándote a Ti por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

En verdad, en verdad les digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás.

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