Juan 6,41-51 – vivirá para siempre

agosto 9, 2015

Texto del evangelio Jn 6,41-51 – vivirá para siempre

41. Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.»
42. Y decían: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?»
43. Jesús les respondió: «No murmuren entre ustedes.
44. «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día.
45. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
46. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre.
47. En verdad, en verdad les digo: el que cree, tiene vida eterna.
48. Yo soy el pan de la vida.
49. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron;
50. este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.
51. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

Reflexión: Jn 6,41-51

La promesa de Jesús es hermosa; supera toda expectativa posible. Nadie, sino solo Dios, puede ofrecer la vida eterna. Eso es lo que Jesús ha venido a traernos por Voluntad de Dios Padre. Todo ha sido previsto para que la alcancemos; sin embargo depende de nosotros, de cada uno, el alcanzarla. Oímos hablar de amor, de oración, del proceder de todo buen cristiano pero nunca enfatizamos lo suficiente en comer del pan vivo bajado del cielo. Tendemos a pensar en estos párrafos como alegorías referidas al amor y a la caridad, y es cierto, así son, pero la Palabra de Dios va más allá de nuestras interpretaciones, no se encierra en ellas, porque ninguna definición puede atraparlas por completo. Nos sentimos fuertemente orientados a reflexionar en el aspecto que para el Señor parece inseparable de toda esta revelación Divina, como es el comer de este pan vivo. ¿Qué duda cabe que el Señor se está refiriendo a la Eucaristía, que Él mismo instituirá en la Última Cena? El Comulgar con Cristos puede ser legítimamente interpretado como aceptar su Palabra, Sus Enseñanzas y Sus Mandatos y ponerlos en práctica en nuestras propias vidas, tal como Él lo hubiera hecho. Así, Comulgar con Él será sentirnos plenamente identificados con Jesús, con todo lo que dice y hace, a tal punto que quien nos vea a nosotros no pueda dejar de ver al mismo Jesús. Esta identificación plena y total es la que llamamos Comunión: unión común de pensamientos, sentimientos, emociones y voluntades, con un solo propósito: alabar a Dios o amar y servir a Dios, lo que es imposible realizar si no amamos y servimos a nuestro prójimo como si se tratara de nosotros mismos. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.

Pero Jesucristo en su infinita sabiduría ha querido tener un gesto adicional que simbolice toda esta común unión y esta es el Sacramento de la Eucaristía, por el cual Él nos da de comer su propio cuerpo y su propia sangre, como la verdadera comida y la verdadera bebida para la vida eterna. No escapa a nuestra limitada capacidad de entendimiento que este gesto de querer quedarse entre nosotros como alimento cotidiano es fundamental para alcanzar el propósito de nuestra salvación. Jesús nos pide que tal como necesitamos comer y beber cotidianamente para mantenernos vivos y saludables, como seres vivos en este mundo, hemos de comer y beber de sus cuerpo y de su sangre para mantenernos vivos en Él y estamos evitando adrede emplear la palabra “espiritualmente” porque esta es una categoría inventada por nosotros para diferenciar el cuerpo del alma, que creemos que no necesariamente alcanza a englobar todo lo que implica e involucra la unión vital con Cristo. Y es que comer de su cuerpo y beber de su sangre nos lleva a una unión más profunda, más amplia, más consistente y vital que la sola comunión de ideas, voluntades y afectos. Jesús quiere sellar de tal modo esta unión, que nada ni nadie la pueda separar y nos permita anticipar las primicias de Reino, fortaleciéndonos y ayudándonos a recuperar las energías, de modo tal que podamos cumplir con la misión encomendada, sin dejarnos doblegar por el Maligno. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.

Conociendo nuestra debilidad, es absurdo dejar de enfatizar en la importancia de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, no como algo simbólico, sino como algo real y cotidiano, es decir tan frecuentemente como requerimos alimentar nuestro cuerpo si queremos sobrevivir y mantenernos saludables. No se trata entonces de comulgar de vez en cuando, en las fiestas más importantes y ni si quiera todos los domingos, sino de hacerlo diariamente, como lo hace todo ser humano para mantenerse vivo y saludable cada día, y con la misma dedicación que asume su entrenamiento el campeón mundial de cualquier disciplina deportiva. Ser el mejor demanda esfuerzo, perseverancia y dedicación. Si es la Vida Eterna, la Vida en Dios la mayor Gracia que podemos alcanzar, bien vale la pena ordenar la vida entera en función de este Bien, dándole la importancia que requiere día a día, segundo a segundo. Todo lo que hacemos debe ayudarnos a alcanzar esta meta. Por lo tanto, la oración, la meditación, la reflexión y la Eucaristía deben ocupar un lugar especial e importante en nuestra rutina diaria. Si no podemos programar evento que ocupe uno o más días sin tener en cuenta la alimentación de los participantes, tampoco debemos planearla sin considerar un tiempo para la oración, la meditación y la comunión. Si bien estas sola no bastan, si no van unidas a una vida cristiana caracterizada por la práctica concreta del amor en cada uno de nuestros actos, estas nos brindarán la “energía” suficiente para garantizar verdad, transparencia, solidaridad, bondad y amor en acto y cada gesto. Es Jesús quien ha querido darse y quedarse así entre nosotros para siempre, para que recurriendo a Él, alimentándonos con Él, profundicemos en esta unión vital que finalmente nos permitirá alcanzar la vida eterna. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a compartir la Gracia Infinita que has puesto a nuestro alcance por medio de Tu Hijo Nuestro Señor Jesucristo, quien ha querido quedarse entre nosotros como verdadera comida y bebida. Danos la Gracia para comprender lo que esto significa y para no volver a desairarlo nunca más, ni un solo día, por el restos de nuestras vidas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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