Juan 5,1-3.5-16 – al instante el hombre quedó curado

Marzo 28, 2017

Al instante el hombre quedó curado

Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.» Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día.

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Juan 5,1-3.5-16 al instante el hombre quedó curado

Juan – Capítulo 05

Reflexión: Juan 5,1-3.5-16

Esta es una historia realmente increíble, que constituye una radiografía de nuestro usual proceder. Nos fijamos demasiado en las apariencias; somos adeptos a detenernos a juzgar formalidades y a condenar situaciones e incluso a personas por detalles sin importancia. Nos resistimos a ir al fondo de las cosas.

Tal vez sea nuestro temor a tener que reconocer cosas que no quisiéramos, aspectos que podrían constituir una condena a lo que hacemos, que incluso pudieran exigirnos un cambio, al que no estamos dispuestos. La comodidad, nuestra propia comodidad, no la queremos perder por nada en el mundo.

Por eso no estamos dispuestos a tolerar nada que, aun cuando solos sea intuitivamente, amenace nuestra estabilidad. ¿De qué otro modo podemos entender a estos judíos que se escandalizan al ver a este enfermo cargando su camilla siendo sábado. ¡En eso se fijaron y no en su asombrosa curación!

Esta historia nos recuerda a aquellos pasajes anecdóticos por los que todos hemos pasado alguna vez en los que nos desvivimos por demostrar lo que acabamos de descubrir o la destreza que acabamos de adquirir y quien nos observa nos llama la atención por nuestro peinado o el hueco que tenemos en el calcetín derecho.

Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.» Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día.

Podemos imaginar la alegría que habría de sentir este hombre enfermo al haber superado el mal que lo tenía postrado por 38 años. ¿Qué más da si era de día o de noche, si quien lo curó llevaba sandalias o pelo corto, si eran tres o cuatro los que le acompañaban? ¡¿Qué más da?! El hombre estaba curado. ¡Este es el hecho extraordinario!

¿Alguien podría discutir si estaba bien o estaba mal que este hombre haya sido curado? ¿Quién podría decir que hacerlo fue una maldición o un castigo? ¡Nadie! Sería una locura. ¡Fue curado, eso es lo que importa! Cómo y por quién, no dejaría de ser importante, en un segundo momento, sobre todo para el beneficiado. Reconocer el gesto y agradecer sería lo más natural.

Importa saber quién fue capaz de hacer esto, porque se trata de un prodigio que no está al alcance de nadie. Lo que hizo Jesús nadie lo había podido hacer ni antes, ni después. Es, entonces, algo extraordinario, que tendría que motivarnos a indagar un poco más acerca de Él. Esto es definitivo.

¿Quién es capaz de hacer esto y por qué? Este tendría que haber sido el tema de reflexión de cualquiera. Pero los judíos se detienen a pensar en el sábado. Tal vez en la pretensión que si bien era algo y alguien extraordinario, no podía ser Dios, porque el sábado es el día de descanso y Dios tendría que saberlo. ¡Qué poco criterio! ¡Qué soberbia!

¿Quiere esto decir que Dios tendría que sujetarse a nuestras normas? ¿Quiere esto decir que las normas están por encima de Dios y del Bien? ¡Qué disparate! Sin embargo ese es el razonamiento detrás de esta reacción. ¿Por qué? ¿Es que los judíos son tontos? ¡No! Lo que pasa es que nadie quiere ver amenazada su estabilidad, el orden establecido, en el que tenemos ciertos privilegios.

No estamos dispuestos a cambiar. Nos aterra el cambio, sobre todo a quienes mantenemos cierta comodidad, ciertos privilegios. Nos hemos hecho esclavos de las normas. Preferimos acatarlas a tener que razonar por nuestros propios medios si las mismas corresponden a la Voluntad de Dios.

Pues tenemos que estar dispuestos a asimilar que la Voluntad de Dios no se sujeta a nuestras normas. Que ella está por encima, cualesquiera que sean. Y que lo que quiere Dios, tal como nos lo revela Jesucristo es: que amemos a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Esta es la ley sobre toda ley, que debemos estar dispuestos a cumplir por encima de todo.

Esto es lo que hace el Señor con este pobre hombre. Él lo ve sufriendo, puede curarlo y lo cura. ¡Qué importa si es sábado, domingo o jueves! ¡Qué importa su nombre, su apellido, su raza o su origen familiar! La compasión del Señor está por encima de estas consideraciones. Sin embargo, eso sí: ¿qué le pide? Que no peque más, para que no le suceda algo peor. ¿Es que el Señor insinúa que si peca podría quedarse sin piernas, por ejemplo o sin vista o demente? ¡No!

El Señor en estas pocas palabras le da y nos da toda una Catequesis. Le está diciendo y nos dice que dado que estamos en uso de nuestras facultades, porque nos han sido restituidas, nos orientemos al bien, a lo que Él nos manda, porque de otro modo podría pasarnos algo que es peor que cualquier desgracia, esto es: perder la Vida Eterna. ¡Por eso es preciso no pecar más! ¡No pecar más, es hacer lo que el Señor nos manda!

Cuando el Señor nos dice: no peques más, no nos está diciendo que dejemos de hacer esto o aquello. Él no nos dice de qué específicamente debemos cuidarnos. Pero el que lo ha escuchado con atención sabe que pecar es alejarse de sus mandatos. ¿Qué nos manda? ¡Amar, sin desviaciones! ¡Todo debe ser pasado por este tamiz y descartado todo lo que no se ajusta! ¿Difícil? Seguramente, pero esa es la medida. Y es a lo que todos estamos llamados. “Sean perfectos, como mi Padre en el cielo es perfecto”.

Pidamos al Señor que nos de la gracia de amar sin límites ni condiciones, en toda circunstancia. Que vayamos desapareciendo cada vez más de nuestros propios horizontes, para que vayan creciendo Él y nuestros hermanos. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor que vive y reina contigo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.» Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día.

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