Juan 3,16-21 – tanto amó Dios al mundo

abril 6, 2016

Texto del evangelio Jn 3,16-21 – tanto amó Dios al mundo

16. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
17. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
18. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.
19. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
20. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras.
21. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»

Reflexión: Jn 3,16-21

La falta de comprensión del mensaje de Cristo es lamentablemente una constante y nos parece que en gran parte es por la forma en que se nos han transmitido su conocimiento. Como toda tradición, ha sido transmitida de boca a boca, de generación en generación. Esto resulta algo incomprensible en los tiempos que vivimos y sin embargo ha sido así por muchos siglos. Cuando analizamos estos aspectos nos cuesta considerar que tan solo hace poco más de un siglo, siendo la quinta parte de la población, es decir más o menos mil seiscientos millones, muy pocos tenían la fortuna de poder leer y pocos tenían algunos libros en su hogar. El mundo era pues muy distinto; y si retrocedemos 4 o 5 siglos, el mundo era abismalmente diferente de lo que hoy conocemos. Tengamos en cuenta que el primer libro impreso fue la Biblia, en 1454, hace poco más de 500 años, y por ese entonces éramos alrededor de 500 millones de habitantes, la inmensa mayoría analfabetos. Casi todo se transmitía oralmente. Todo se ha venido desarrollando lentamente, aun cuando con una aceleración continua, que era casi imperceptible hace mil o dos mil años, sin embargo y desde hace 50 años parecemos haber llegado a un desarrollo explosivo en todos los aspectos, lo que definitivamente exige una capacidad de adaptación y respuesta a nuevos retos y situaciones siempre cambiantes, para las que muchas veces no estamos preparados y por lo tanto no sabemos responder. Es fácil entender a lo que nos referimos si seguimos teniendo en cuenta el aspecto del crecimiento poblacional al que nos hemos venido refiriendo. En poco menos de 50 años, desde 1970 se ha doblado la población mundial pasando de 3,692’492,000 a 7,376’471,981 lo que aparejado a una verdadera revolución en las comunicaciones y el procesamiento de información, entre otras cosas, ha dado lugar que en el 2014 el número de celulares en el planeta haya superado el número de pobladores y si tenemos en cuenta el índice más bajo de usuarios de 63 por cada 100 pobladores en África y lo proyectamos a la población mundial, podemos decir que aproximadamente 4,647 millones de habitantes están comunicados, muchísimos de ellos con acceso a Internet, que entre otras cosas es una gran biblioteca que pone todo el conocimiento de la humanidad a la distancia de clic a quien quiera accederla. ¿Cómo afecta todo esto a nuestra capacidad de razonar y de procesar, no solo información, sino también valores y principios? Es difícil diagnosticar, pero es un hecho que somos proporcionalmente muchísimos más alfabetos que nunca y que difícilmente se puede cumplir la transferencia de tradiciones entre las últimas generaciones desconcertadas y deslumbradas, con la comprensible tentación de poner todo lo recibido por esa vía en tela de juicio y optando por posiciones universales o en todo caso vanguardistas, con serios reparos para entender algo que no sea el cambio como lo único absoluto, de allí la dificultad de entender a un Dios Inmutable y heredado. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Sin embargo, Dios no está sujeto a estos cambios. Hoy como ayer, es el mismo y el Único. Y requiere que comprendamos que nos encontramos inmersos en un proceso histórico que no le es ajeno, que corresponde a un Plan y que los sucesos ocurridos en Israel hace poco más de 2mil años son determinantes para este devenir histórico del que somos parte, por más lejanos y a veces incomprensibles que se nos antojen. Es cierto que pareciera que hubiéramos despertados fuerzas incontenibles y que, por lo que vemos, no hubiera límites imaginables a lo que podemos alcanzar, cada vez más rápido, de modo que por más acelerada que vaya la humanidad y tal vez precisamente por ello, hoy los abismos son cada vez más grandes entre quienes están a la vanguardia en cualquier aspecto, de los que quedan rezagados, que siempre son más y van en aumento. ¿Cómo rescatarlos? ¿Cómo incluirlos? Las respuestas las tiene Jesús, a quien estamos tentados a excluir porque nuestro pobre conocimiento de Él y su mensaje pareciera indicarnos que no se adapta, que no encaja. La vorágine vertiginosa en la que hemos entrado, acrecienta nuestro ego y alimenta nuestra soberbia al punto de llevarnos a prescindir de Dios, como una idea remota, anacrónica, propia del mundo primitivo que hemos dejado atrás, en el que las supersticiones, los ídolos y los dioses eran necesarias para explicar todo aquello que día a día vamos dominando. No nos damos cuenta que todo esto no es nada más que la reedición constante y bajo nuevas apariencias de la pugna entre Dios o el Dinero sobre la que Jesucristo nos instruyó hace 2mil años, mandándonos decidir por Él, porque quien no está con Él, está contra Él y el que no recoge, desparrama. Eso no ha cambiado y es la única salida que tiene la humanidad, hacia la cual debemos encaminarnos. Mientras más temprano mejor, porque serán menos los que tendrán que padecer las consecuencias de nuestra necedad. Podemos analizar la historia desde esa perspectiva y constatar cómo es precisamente esta necedad la que más millones de vidas ha costado, pudiendo haber optado por el otro Camino, el Único, el Verdadero, el que nos enseñó Jesús, el Hijo de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Tal como nos lo Revela Jesús, Dios Padre no quiere que ninguno de nosotros perezca. Él quiere que todos vivamos eternamente. ¿Entendemos esto? Dios –el Creador del Universo, de todo lo visible y lo invisible- solo quiere el Bien para nosotros, pero alcanzarlo depende de nuestra decisión. Así de simple y determinante. O estamos con Él o estamos contra Él. No hay términos medios. ¡Es nuestra decisión! Esto quiere decir que alcanzarlo depende de cada una de las decisiones que vamos tomando en la vida, por más minúsculas o grandes que estas nos parezcan. No importa dónde vivimos, ni en qué tiempo, lo que importa es lo que decidimos. Y, lo que es más, en esta decisión se encuentra el juicio al que tanto tememos, porque Jesucristo no ha venido a condenar al mundo, sino a salvarlo. Somos nosotros los que emitimos nuestro juicio y a través de este nos salvamos o condenamos. El que anda en malos pasos, no quiere exponerse a la luz, es decir que prefiere mantener en secreto lo que hace, por eso rechaza a Dios y solo se condena. Es el egoísmo en general el que nos impide escoger el Camino que Cristo nos manda, porque no tenemos suficiente fe y preferimos aferrarnos a todo aquello que nos retribuye satisfacción, aun cuando pudiera ser contrario a la fe. Allí se encuentra precisamente el dilema: hacemos lo que nos gusta, lo que nos atrae y provoca, o hacemos lo que debemos hacer. ¿Y qué es lo que debemos hacer? Lo que Dios manda. Eso es lo correcto y razonable. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Oremos:

Padre Santo, danos la fe suficiente para creer en Cristo Jesús, nuestro Salvador, de modo tal que hagamos lo que nos manda…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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