Juan 3,1-8 – entrar en el Reino de Dios

abril 24, 2017

Entrar en el Reino de Dios

Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

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Juan 3,1-8 entrar en el Reino de Dios

Juan – Capítulo 03

Reflexión: Juan 3,1-8

Estamos viviendo el tiempo más precioso del año: tiempo de Pascua. ¿Qué tiene de especial? Pues este tiempo nos recuerda el verdadero sentido de nuestras vidas; la razón por la que vivimos y somos. En entender el significado de este tiempo está la felicidad de la humanidad; felicidad para la cual hemos sido creados. Detengámonos a pensar entonces en la importancia de entender este tiempo y el acontecimiento que celebramos.

Se dice tanto y algunos lo hemos escuchado desde muy niños, que Jesucristo a Resucitado y con ello ha vencido a la muerte, redimiéndonos del pecado, de la oscuridad y del abismo al cual hubiéramos sido irremediablemente condenados, sin su intervención. Sin embargo no llegamos a comprender esta realidad en su verdadera dimensión. Y, es que como en mucho de lo que tiene que ver con nuestra salvación, no llegamos a captarlo y pensamos que se trata de algo metafórico, incomprensible…entonces lo dejamos ahí y confesamos nuestra fe en Cristo tan solo como precaución, es decir por temor a que fuera cierto.

En el fondo, la verdad es que muchos tenemos nuestras reservas con varios aspectos de esta “trama de la salvación”. Algunos no creen en la virginidad de María, otros no creen en la veracidad de los milagros, otros no llegan a entender el sacrificio de la cruz, otros se resisten a creer en la resurrección y finalmente, otros no llegan a creer en la ascensión al cielo, ni en el cielo, ni en la vida eterna…Pero todas estas cosas causan cierto asombro y temor, entonces, por las dudas, dicen creer y lo hacen a su modo, que es básicamente escogiendo lo que les parece y sin tragarse el paquete entero.

Se trata de una fe que podríamos bautizar como de salón, innocua e inofensiva. A lo sumo exige algunas veces participar en algunos rituales religioso o ceremonias, como el bautizo de algún hijo, sobrino, nieto o ahijado, en algún matrimonio, que puede ser el de uno mismo, y en algunas Misas entre las que durante un largo período solo son de difuntos o de una que otra Fiesta importante de la Iglesia, como Navidad o Pascua. Además, cada vez que nos exigen en algún formulario ponemos que somos católicos.

Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

Adicionalmente en Occidente soplan vientos aconfesionales, así que a nadie parece interesarle si uno pertenece a una Iglesia o religión, por lo que mientras menos lo declaremos mejor. Se busca eliminar imágenes de lugares públicos y todo lo que recuerde a la fe católica. No se admiten argumentos basados en la fe, por lo que mientras menos se sepa la fe que uno profesa mejor. La religión ha sido relegada al plano íntimo y personal, exigiéndose, eso sí, aceptar el aborto, el matrimonio homosexual, las uniones civiles, la ideología de género y otras aberraciones semánticas y morales.

Pero como al parecer los vientos soplan muy fuertemente en esta dirección, fundados en un conocimiento débil de nuestra fe e influenciados por el relativismo, en que parece que toda espiritualidad fuera buena, incluso toda aquella corriente holística, basada en el magnetismo y promovida por la Nueva Era, terminamos por enclaustrar nuestra débil fe, hasta incluso avergonzarnos de confesarla, por temor al ridículo. Finalmente quedamos reducidos a un índice en una encuesta que no tiene la fuerza necesaria para cambiar el mundo, ni ninguna pretensión al respecto. Todo lo contrario; tratamos de pasar inadvertidos, sin hacer muchas olas.

Y, sin embargo, el Señor nos dice hoy que HAY QUE NACER DE NUEVO. Que hay que nacer de lo alto. Que hay que nacer de agua y espíritu para ser verdaderos cristianos. Esta es la única garantía para entrar al Reino de los Cielos, al Reino de Dios, la Patria reservada para los que creen. Visto así, ¿crees que podamos alcanzarla? Sinceramente, no creo. No si no somos luz y sal del mundo. Es decir, nosotros estamos llamados a dar sabor y alumbrar, no a pasar desapercibidos. Nuestro papel es advertir los peligros que nos acechan y transformar este mundo, mediante la prédica del evangelio. ¡Hay de mi si no evangelizara! Nos dice San Pablo.

Por lo tanto, hoy estamos llamados a la reflexión. No podemos seguir refugiándonos en la indiferencia. No podemos escondernos, ocultarnos por seguridad, por temor, para que no nos suceda nada. ¡Ese no es el papel de los cristianos! ¡Estamos llamados a salir de nosotros, a dar testimonio de nuestra fe! Claro, para eso tenemos que creer. No basta con tomar aquello que nos gusta y acomoda, tan solo por preservar nuestros privilegios, nuestra posición. ¡Tenemos que ser testigos de Cristo que ha resucitado, derrotando la mentira, la oscuridad y la muerte! ¡Tenemos que vivir en la verdad! ¡Tenemos que ser defensores de la paz y la justicia!

El Señor nos manda amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos y eso no se puede hacer pasando por agua tibia el sistema injusto e inhumano en el que vivimos. No se puede hacer callando y pasando desapercibido. No se puede hacer en silencio. Lo que no quiere decir que protestemos violentamente, pero sí que dejemos oír nuestra voz, aun cuando solo sea (como si fuera poco) dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento y procurando siempre la justicia para los más pobres y débiles. Defendiendo a los niños, a las mujeres, a los ancianos, a los débiles, a los no nacidos.

Ser cristiano exige tomar posición frete a la injusticia, la violencia de cualquier tipo, la corrupción, el maltrato, la arrogancia, el abuso, la pobreza, el chantaje, el aborto, el matrimonio homosexual, la ideología de género, el narco tráfico, la pornografía, la depredación, el libertinaje, la prostitución, el tráfico de personas, el trabajo infantil, la explotación, etc. Ser cristiano exige ver el mundo con los ojos de Jesucristo, para lo cual hay que nacer de nuevo, nacer de lo alto; recibir el Espíritu Santo y dejarse llevar por Él.

Padre Santo, no permitas que endurezcamos nuestros corazones, sino que por el contrario nos hagamos más sensibles al sufrimiento de nuestros hermanos, viendo en cada uno de ellos al mismo Señor Jesucristo, nuestro Salvador. Que nos esforcemos siempre por hacer Tu Voluntad, te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo que vive y reina contigo, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos, amén.

Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

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