Juan 20,19-31 – Reciban el Espíritu Santo

abril 23, 2017

Reciban el Espíritu Santo

Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.

juan-20-22

Juan 20,19-31 Reciban el Espíritu Santo

Juan – Capítulo 20

Reflexión: Juan 20,19-31

Estamos en un tiempo que conmemora un episodio central en nuestra fe. Todo lo que hizo Jesucristo tiene su culmen en estos episodios. Todo adquiere sentido con su Resurrección. Como dice San Pablo, “vana sería nuestra fe, si Jesucristo no hubiera resucitado”. Es decir, este tema no es accesorio, sino central y fundamental. No puedo decirme cristiano si no creo en él. Toda la prédica de Jesús, todo lo que se dice de Él en el Antiguo Testamento, así como los milagros que realizó señalan o marcan este episodio. Tienen el propósito que miremos a la Cruz, que representa Su vida, muerte y resurrección. Todos estos tienen un solo objeto: que creamos y creyendo, seamos salvos.

Así, descartar este hecho equivale a descartar la piedra fundamental, sin la cual no se sostiene toda esta estructura. Precisamente eso es lo que se canta en el Salmo 117 que hoy se recita:

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Esto es algo que tenemos que esforzarnos por entender, pero que en realidad no depende de nosotros conseguir, sino que es Gracia de Dios alcanzar. Lo que nos remite a la ORACIÓN. Sin oración, no podemos hacer nada. La Gracia de Dios y la Fe vienen por la oración. Tenemos que orar fervientemente, insistentemente, incansablemente. La oración finalmente es un acto de humildad que consiste en reconocernos que sin Él nada somos. O, para decirlo de otro modo, que todo depende de Él. ¡Eso es precisamente fe!

Y, es la fe la que nos abre el Camino de la Salvación, el cual el Señor ha venido a iluminar con su vida, muerte y resurrección. Por eso el Señor nos pide creer en Él. Pero creer no es un asunto subjetivo, privado, secreto. Es decir que la fe tiene que manifestarse en obras. Pero no confundamos; no quiere decir que porque tengo fe haré milagros, no. Puede que los haga, pero a lo que se refiere es que la fe debe llevarnos a vivir según el Espíritu de Dios.

Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.

Dicho de otro modo, la fe debe llevarnos a amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, lo que definitivamente debe traducirse en obras, en un estilo de vida muy distinto al que preconiza el sistema, que promueve la riqueza, el consumismo y el utilitarismo. Es por esto que el Señor reclama que le creamos, reprochándoselo a los discípulos que habiendo vivido con Él y habiendo presenciado todo, sin embargo no creen, sino hasta tocar sus heridas.

Así también somos muchos de nosotros. Dios nos ha dado un millón de evidencias de su presencia en nuestras vidas. Son innumerables y no generalidades como hacer salir el sol todos los días o hacer llover sobre ricos y pobres; sino que Dios se ha ocupado de cada uno de nosotros de forma muy especial y constantemente lo está haciendo precisamente para que creamos. Pero una vez pasado el período de dificultad que nos llevó a creer, lo olvidamos y empezamos a ver con otros ojos lo ocurrido, como buscando convencernos que en realidad no hubo ningún milagro.

De este modo, la historia que hoy leemos de Tomas se repite en muchas de nuestras vidas, una vez que empezamos a echar al olvido aquel suceso extraordinario que nosotros supimos reconocer oportunamente como una intervención milagrosa de Dios en nuestras vidas. Según pasan los meses y los años, empezamos a dudar que haya sido tan extraordinario, dejamos de contarlo y por último lo olvidamos, volviendo a vivir como antes. Lo peor de todo es que ni cuenta nos damos, pero paulatinamente hacemos un giro de180 grados y volvemos al punto del que partimos, incluso más atrás, con la diferencia que ya nada o poco nos asombra, por lo que difícilmente podemos volver a encontrar las llagas de Jesucristo para exclamar con Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

Tan solo el viernes pasado, 21 de abril del 2017, fuimos sacudidos en nuestro hogar por la caída de Luz de los Ángeles, una niñita de 4 años, hija de Sofía, la señora que nos apoya en los quehaceres domésticos. Había caído de cabeza desde el tercer piso y según los médicos que la vieron en primera instancia tenía dos fracturas en el cráneo, pero no había derramado ni una sola gota de sangre, lo que era un verdadero milagro. Su recuperación, después de dos días, es franca y sorprenderte. Si sigue así, pronto saldrá de cuidados intensivos e irá a pediatría y de allí a su casa. Parece imposible, dado el cuadro de gravedad que presentaba. Ahora todos han empezado a dudar si en realidad cayó del tercer piso…pronto dejará de ser un milagro.

El Señor nos muestra todos estos prodigios en nuestra vida cotidiana para que creamos, porque necesitamos del Espíritu Santo, el cual vendrá a nuestras vidas y las cambiará, si creemos. Eso es todo lo que necesitamos, pues quien tiene a Dios, nada le falta. Jesucristo nos lo quiere dar, pero tenemos que estar dispuestos a recibirlo con fe. Solo así estaremos en capacidad de perdonar los pecados a los demás, de modo que todo lo que atemos será atado en los cielos y lo que desatemos, será desatado en los cielos. Este es el inconmensurable poder del Espíritu Santo que Jesucristo quiere compartir con nosotros. Tenemos que estar dispuestos a recibirlo.

Padre Santo tenemos fe, pero fortalécela e increméntala, por Jesucristo nuestro Señor, amen.

Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.

(23) vistas

Deja un comentario