Juan 20,19-31 – Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios

abril 3, 2016

Texto del evangelio Jn 20,19-31 – Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios

19. Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes.»
20. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.
21. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.»
22. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo.
23. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
24. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
25. Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
26. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con ustedes.»
27. Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»
28. Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»
29. Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
30. Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro.
31. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Reflexión: Jn 20,19-31

Es imprescindible que caigamos en cuenta de la importancia que tiene creer en Jesucristo, Hijo de Dios. Estos versículos están especialmente orientados a enfatizar este principio fundamental, sin el cual nada tiene sentido. Muchas desviaciones se dan precisamente por pretender pasar por alto esta Verdad. Es que no da lo mismo si partimos de esta premisa que si no lo hacemos. Jamás llegaremos a las mismas conclusiones, si prescindimos de algo tan fundamental como la fe en Dios, que es inseparable de la fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Es precisamente la piedra angular, aquella que desecharon los arquitectos. Nada encaja ni tiene sentido si descartamos a Dios y creemos que podemos prescindir de Jesucristo o Su Divinidad, es exactamente lo mismo, porque Jesucristo, Dios Padre y el Espíritu Santo son básicamente lo mismo: tres personas distintas en un solo Dios Verdadero. ¿No llegamos a comprenderlo a cabalidad? Pues no nos aflijamos, ya que es un Misterio que pertenece al plano Divino. ¿Qué quiere decir que sea un Misterio Divino? Que por más que nos esforcemos no lograremos a comprender sino hasta donde Dios mismo lo haga posible. ¿Por qué? Es bien simple en realidad y depende de cual sea nuestro concepto de Dios, por eso debemos procurar que este sea el correcto. Obviamente, definirlo en palabras es casi imposible, pero de acuerdo con la experiencia de muchos santos y sabios en la historia, podemos recurrir a la Biblia o al Catecismo de la Iglesia Católica para aproximarnos. Sin embargo hay una figura literaria que nos gusta mucho y nos ayuda a aproximarnos intuitivamente a la inconmensurabilidad de Dios y es la que se desprende esta pequeña historia. Un día un hombre caminaba por la playa y encontró a un niño que iba y venía hasta la orilla con un balde llevando agua a un pequeño hueco que había cavado en la arena. El hombre le preguntó cuál era el propósito en el que se encontraba tan afanado, y el niño respondió: Quiero reunir aquí toda el agua del mar. El hombre sonrió. Y es que eso es imposible. Igualmente resulta para el hombre tratar de abarcar a Dios, porque Él nos rebasa en todos los sentidos, sin embargo hay realidades que Jesucristo, el Hijo de Dios, nos ha revelado y que hacen posible aproximarnos, si tenemos fe. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Hemos de tener fe en Dios, que tal como nos lo REVELA Jesucristo es Su Padre y Padre nuestro, que nos creó por amor conforme a un Plan Divino, que llegado el tiempo (¿Cuál? El justo, el preciso) envió a Su Único Hijo a Salvarnos, lo que logró haciéndose hombre, viviendo entre nosotros, curando, enseñándonos el Camino, padeciendo, muriendo en la cruz y resucitando, confirmando de este modo que ha vencido a la muerte y que este es el Camino de la Salvación. Jesucristo nos revela la Voluntad del Padre. Todo lo que tenemos que hacer es escucharle y creer en Él, en el que lo ha enviado y hacer lo que nos manda. Para eso se requiere la fe: para creer y hacer. Por lo tanto: ¿Cómo hemos de vivir? Haciendo lo que Jesucristo -que es Hijo de Dios, parte de esta Divinidad Única-, nos manda. ¿Y qué nos manda? Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Por ello San Agustín dice con toda propiedad que este mandato puede reducirse a: “Ama y haz lo que quieras”. Es decir que en amar se encuentra encerrada la Voluntad de Dios y por lo tanto nuestra Salvación. Pero…¿Cómo debemos amar y hasta dónde? Jesucristo nos da el mayor ejemplo de amor, hasta el extremo de morir por nosotros. Esto quiere decir, finalmente, que el Camino de la Salvación es el Amor. Hemos de creerlo porque es el mismísimo Dios a través de Su Hijo Jesucristo el que nos lo revela. Por eso necesitamos la fe. Una fe que se exprese amando hasta el extremo. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Estamos pues frente al Misterio central de la Salvación Revelado por Jesucristo. Por ello el Señor le dedica tanto tiempo a esclarecer este punto a sus discípulos. Ahora es preciso que tanto ellos como nosotros reflexionemos y sistematicemos esta experiencia, a fin que respondamos a la altura de la exigencia. No se trata de interpretar nada, ni de hacer lo que nos parezca y hasta donde nos parezca. Se trata de oír y obedecer a Dios. ¿Es difícil? Lo será si tan solo confiamos en nuestras fuerzas y capacidades, en cambio, será muy sencillo si haciendo lo que nos manda, confiamos en Él, porque Él nos ha ofrecido estar con nosotros hasta el final de los tiempos. Su Espíritu, el Espíritu de Dios, es decir la tercera persona de la Trinidad está con nosotros, para iluminarnos, consolarnos, fortalecernos y allanar el Camino. Solo tenemos que oír, creer y amar. Para finalizar, unas palabras respecto al amor. La palabra amor ha sido muy manoseada y devaluada en nuestros tiempos, precisamente para sembrar confusión. Pero tanto hoy, como ayer y siempre, hemos de ver la Cruz para comprender lo que es el amor y hasta donde debemos ser capaces de llegar con la ayuda de Dios, la que recibiremos si lo invocamos incansablemente en nuestras oraciones. No importa cuántas veces nos equivoquemos, la Misericordia de Dios es Infinita, por lo que debemos pedir perdón, arrepentirnos y esforzándonos por no volver a caer. Dios nos ama y espera con los brazos abiertos. No perdamos el tiempo. Vamos a por Él. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Oremos:

Padre Santo, danos la fe necesaria para confesar que Jesucristo es Tu Hijo, para oír y hacer lo que nos manda. Ayúdanos a perseverar en la oración…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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