Juan 20,11-18 – Subo a mi Padre y su Padre

Abril 18, 2017

Subo a mi Padre y su Padre

«No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios.»

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Juan 20,11-18 Subo a mi Padre y su Padre

Juan – Capítulo 20

Reflexión: Juan 20,11-18

Somos demasiado duros de corazón. Nos cuesta creer. Decimos creer, lo que en realidad es muy fácil de repetir e incluso balbucear, pero lo que necesitamos es que cada célula de nuestro organismo lo grite, verdaderamente convencidos. Y, esta convicción no se transmite única y exclusivamente por la voz. No son palabras lo que necesitamos, sino hechos. Son nuestras actitudes y nuestros actos los que lo deben gritar de modo inconfundible. Quiere decir que siempre, a cada instante, debemos dar testimonio de nuestra fe con nuestra vida.

Nuevamente, se dice fácil, pero ¿lo hacemos? Dediquemos hoy unos minutos a reflexionar en este crucial asunto. Tal vez debemos empezar por ahí; preguntándonos si para nosotros es efectivamente crucial, como lo sería el pago de una obligación que se encuentra en último día, o el recojo de una buena suma de dinero que por algún motivo alguien ha dispuesto entregarnos. O, por ejemplo, como la visita de unos amigos que llegan a alojarse por unos días en nuestra casa. Mejor aún, como la visita de alguno de nuestros hijos o nietos que vienen a quedarse con nosotros por una temporada.

Todas estas son situaciones determinantes en nuestras vidas. Lo son, porque no solo afectarán nuestro estado de ánimo, lo que todo el mundo notará cuando vayamos por todo lado anunciando la alegría y la ansiedad que nos produce tan grata e inesperada visita. Lo notarán en nuestras caras, en nuestros gestos, en nuestro ánimo y muchos nos lo dirán. Veremos de modificar nuestra rutina para adecuar nuestro tiempo a lo que sea que estos visitantes tan entrañables quieran. Modificaremos nuestro horario e incluso nuestras costumbres, incomodándonos todo lo que sea necesario y sin la menor mueca de desagrado.

Este mismo ánimo y convicción debía acompañar nuestros actos y actitudes cotidianas, sabiendo que el Señor ha Resucitado, cumpliendo Sus promesas y salvándonos del abismo de la muerte. ¡Hemos sido liberados! ¡Estábamos presos y condenados irremediablemente, esperando la ejecución de una sentencia cruel! Pero resulta que Jesucristo vino y se entregó incondicionalmente por nosotros, obteniendo nuestra liberación. ¡Somos libres! ¡Gritémoslo a voz en cuello! ¡Nuestro enemigo, nuestro verdugo cruel y despiadado ha sido derrotado! ¡Jesucristo ha venido a salvarnos y ya hemos sido salvados!

«No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios.»

¡Creámoslo! ¡Confesémoslo! ¡Gritémoslo! Vivamos en concordancia con esta noticia extraordinaria, incomparable, inmerecida. Le hemos caído en Gracia a Dios Todopoderoso. No al carcelero, ni al verdugo, ni al juez, ni al ministro, ni al presidente, ni al rey, sino al que manda sobre todo el Universo, al Creador de cuanto existe, a quien tiene contados cada uno de nuestros cabellos, porque nos ama así, con locura. Porque ¿qué puede haber visto en nosotros para enviar a Su propio Hijo a Salvarnos y éste, haberse entregado a la muerte con tal de liberarnos? ¿Conocemos a alguien que nos ame más?

¿No? ¡Pues es tiempo de celebrarlo! ¡Hemos sido salvados! ¡Nuestra deuda, cualquiera que fuera, sin importar el monto, ni la gravedad que esta pudiera revestir, ha sido cancelada! ¡Somos libres! ¡LIBRES! ¡Tontos seríamos si volviéramos a caer! Vamos, apuremos el paso, salgamos y abandonemos esta prisión inmediatamente y dispongámonos a celebrar con todos. ¡Nada nos ata! ¡Nada nos retiene! ¡No hay nada que no podamos superar! ¡No hay nada ni nadie que pueda destruirnos o dañarnos ya! ¡Nuestros nombres están escritos en la lista que tiene en sus manos el Señor!

Jesucristo ha resucitado y tal como Él le dice a María, va a Su Padre, nuestro Padre y Su Dios, nuestro Dios…¿Qué más podemos pedir? Padre Santo, danos la fe necesaria para vivir lo que nos quede en este mundo, anunciando esta noticia maravillosa. ¡No permitas que nos distraigamos ni perdamos el entusiasmo por darlo a conocer a cada instante con nuestra vida misma, sin importar cualesquiera que sean las circunstancias. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que vive y Reyna contigo por los siglos de los siglos. Amen.

«No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios.»

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