Juan 20,1.11-18 – el Padre de ustedes

julio 22, 2016

«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes»

Texto del evangelio Jn 20,1.11-18 – el Padre de ustedes

01. El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
11. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro
12. y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
13. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
14. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
15. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
16. Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!».
17. Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes».
18. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Reflexión: Jn 20,1.11-18

juan-20-17

Juan 20,1.11-18 el Padre de ustedes

En la tristeza, qué difícil se nos hace ver, incluso lo evidente. Qué poco dispuestos estamos para ver lo que ocurre a nuestro alrededor, cuando nos sentimos aplastados, cegados por la melancolía.

A María Magdalena le resulta natural ver a los ángeles de Dios, custodios del Sepulcro. Es tal su aflicción, que no repara en su presencia extraordinaria. Tampoco logra ver a Jesús hasta que Él mismo se hace notar.

Que el Señor ha resucitado, tal como nos lo prometió, es algo que debemos tener presente siempre, toda nuestra vida. En aquellos momentos de oscuridad, de desesperanza, de dolor y melancolía es precisamente cuando más presente debemos tenerlo. No permitamos que nos ciegue la desesperanza.

«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes»

A propósito de la lectura de hace algunos días en la que el Señor se refería a su madre y sus hermanos (Mateo 12,46-50), la lectura de hoy ratifica aquél concepto tan amplio y Bendito que tiene el Señor sobre el Padre y sus hermanos.

Estamos frente a Jesucristo Resucitado en quien adquiere un significado acabado, completo, pleno, aquello de Dios Padre. Por eso mismo, pocas veces como ahora –que recordemos, la única-, la palabra hermanos brota de sus labios con tanta naturalidad, lógica y cariño.

Que el mismo Señor Jesucristo se refiera a todos nosotros como hermanos, debía ser suficiente para creer en la categoría a la que hemos sido elevados por el amor y la Gracia de nuestro mismísimo Señor Jesucristo.

«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes»

El Señor ha comprado a un precio muy alto, al precio de Su sacrificio, de su sangre y su muerte dolorosa en la cruz, nuestra hermandad. Él nos ha elevado a esta categoría, borrando todo aquel pecado que nos alejaba de Dios. Él lo ha convertido en realidad, del único modo que según los Planes de Dios era posible.

El Señor ha cumplido su promesa. Como María Magdalena, tendríamos que dejar de lado toda ofuscación, toda tristeza, todo luto, para alegrarnos ante esta incomparable noticia.

Nada hay ya que nos separe de las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Todo lo que Él nos dijo y reveló es Verdad y se irá cumpliendo a su tiempo. Hemos sido salvados. Y, alcanzaremos la Vida Eterna si hacemos lo que nos manda. Estas son las Primicias del Reino.

«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes»

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias por habernos enviado a Tú Único Hijo a Salvarnos a cambio de Su preciosísima sangre, porque Él en cumplimiento de Tu Santísima Voluntad murió y resucitó, ganando para nosotros la Vida Eterna.…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

juan-20-1-11-18-2016-07-22

Juan 20,1.11-18 el Padre de ustedes

(44) vistas

Deja un comentario