Juan 17,20-26 – que todos sean uno

junio 1, 2017

Que todos sean uno

No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno.

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Juan 17,20-26 que todos sean uno

Juan – Capítulo 17

Reflexión: Juan 17,20-26

Si el Señor nos enseña a orar con el Padre Nuestro -la oración perfecta-, aquí nos hace testigos del amor con que se dirige al Padre. La oración que hace es bella, hermosa, dulce, tierna, amorosa. Y en el centro de ella: nosotros.

Lo que pide Jesucristo constituye toda una revelación, toda una doctrina en la que tendríamos que detenernos a reflexionar. Para nosotros será un programa de vida, en el que contamos con la oración de Cristo y la Voluntad del Padre. ¿Qué más podríamos pedir?

“Que todos seamos uno”. Este es un misterio, un milagro, que desde que el Señor lo pide, podemos estar seguros que se cumple. Jesucristo aboga ante nuestro Padre Celestial que seamos uno. Un solo cuerpo, un solo espíritu, desde el comienzo hasta el fin.

No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno.

Uno con los que le conocieron y recibieron…uno entre nosotros…uno, nosotros con ellos. ¿Cuál puede ser la personificación de esta unidad? Visiblemente, la Iglesia. Ese gran esfuerzo por mantenerse unidos bajo un mismo techo, bajo una misma doctrina y una misma tradición.

La Iglesia que nos cobija a todos, desde entonces hasta ahora, a la que pertenecemos con el mismo rango, categoría, dignidad y honor, San Pablo, San Agustín, San Francisco o Santa Teresa de Calcuta y todos nosotros, los cristianos de todos los tiempos.

La Iglesia cuya unidad nos esforzamos por mantener con la bendición del Espíritu Santo y el Señor Jesucristo. Iglesia a la que quedamos todos unidos cuando Jesucristo en la cruz entrega a Juan –su discípulo amado-, a la Santísima Virgen María y viceversa.

La unidad es absoluta, misteriosa y milagrosa, porque ha sido dispuesta por Dios Padre, atendiendo las súplicas de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Somos uno por Voluntad de Dios y a pedido de Jesucristo, porque eso es lo mejor según sus designios.

Se trata de una unidad misteriosa, decimos, porque es en cuerpo y en alma, sin tiempo, ni espacio, que presagia y anticipa la unión definitiva que alcanzaremos en aquel Ágape sin fin, en presencia de Dios, de todos sus santos y sus ángeles.

Esta es la Comunidad de los Santos de la que todos participamos, a la que quedamos incluidos con el bautizo y de la que estamos llamados a formar parte definitiva al final de los tiempos. Ya desde hoy, como desde ayer y mañana, todos estamos llamados a ser parte, como una sola unidad.

¿Qué es la unidad, sino el amor? Estamos llamados a amarnos los unos a los otros y a mantenernos en ese amor. Mantenernos en el amor significa esforzarnos por él, luchar por él, sacrificarnos por él. Darnos, sin esperar nada a cambio.

Y esto que decimos con respecto a la unidad de nuestra Santa Madre Iglesia, de la que somos parte, como los miembros de un solo cuerpo, estamos obligados con mayor razón a realizarlo con nuestras familias, con nuestros cónyuges, con nuestros hijos.

Hemos de velar por ser uno, como es voluntad de Jesucristo. Hemos de velar por la unidad. Propiciar y auspiciar la unidad desde donde estemos. La unidad en Cristo que nos ama y se ha entregado por nosotros y en nuestra Santa Madre Iglesia que nos cobija.

Unámonos a Jesucristo nuestro Señor en este pedido a nuestro Padre y Creador. Haznos uno Padre, como Tú, Jesucristo y Tú Espíritu Santo son uno. Que aprendamos a disminuir, a desaparecer, para que sobresalga la presencia de la unidad en un solo espíritu y en un solo cuerpo. Que todos trabajemos amorosamente por la unidad, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno.

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