Juan 17,20-2 – Que todos sean uno

Mayo 12, 2016

Texto del evangelio Jn 17,20-26 – Que todos sean uno

20. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.
21. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
22. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno
23. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
24. Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
25. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.
26. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos»

Reflexión: Jn 17,20-26

Cuando terminaba de leer este texto como un rayo de luz cayeron sobre mi mente y mi corazón las veces que de una u otra forma me he apartado de ciertas agrupaciones de ciertos amigos, pero sobre todo de ciertas actividades de la Iglesia por encontrar serias diferencias entre los que pienso y proclamo, que lo creo más acorde con el pensamiento de Jesús, que lo que piensan y proclaman algunos religiosos o líderes de algunos movimientos o parroquias. Más allá de la soberbia que podría representar mi actitud, al creerme o juzgarme en lo correcto y al margen de si tuviera razón o no, está mi preocupante actitud de alejarme, separarme, diferenciarme e incluso renunciar a participar como señal evidente de no estar en comunión con aquellos hermanos o hermanas. Recién caigo y lo veo muy claro. Todas esas veces, si tuve razón o no, poco importa, le estuve haciendo el juego al demonio que busca dividirnos, por cualquier lado, por lo que sea y –Dios mío, perdóname- conmigo creo que siempre lo ha logrado. Cualquier motivo siempre fue bueno, porque él siempre supo que pisaría el palito y todo aquel empuje que traía inspirado por el Espíritu Santo lo echaba por tierra. Sí, ahora lo veo claro. De allí que no haya progresado en ninguna dirección y a todas les haya encontrado algún pero; y es que seguramente lo tienen, pero ¿qué es más importante? ¿Es más importante que yo tenga razón, que a todas podamos torcerles por algún motivo nuestra respingada nariz o más importante es la unidad? ¡Por supuesto! ¡Muchísimo más importante es la unidad! La cual en la práctica no he sabido sostener. No es saliendo que se cambia y mejora, sino dando la lucha interna, cediendo a veces, retrocediendo otras, concediendo algunos puntos a cambio de otros, pero siempre buscando la ARMONÍA, la UNIÓN. ¡Qué equivocado he estado! Lo importante no es tener la razón, ni disentir, lo importante es construir la unión a pesar de todo. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

¡Qué fácil presa del demonio he sido! Por mi vanidad, por mi soberbia, por mi orgullo. ¡Cómo podemos caer tan fácilmente en el engaño a nombre de la fe! Pienso en varios casos y algunos realmente extremos, en los que siempre creí que había llegado al límite de lo soportable y que había obrado correctamente saliendo, porque de otro modo nunca íbamos a ponernos de acuerdo y nuestras diferencias iban a tornarse en obstáculo. ¡Qué error! Lo que tendría que haber hecho, ahora me doy cuenta, es haber cedido un poco, haberme replegado un poco y conversar, conversar y conversar, creando ocasiones para limar asperezas y superar nuestras diferencias o en el peor de los casos, deponer toda mis pretensiones a cambio de la unidad, como San Francisco, como San Ignacio. Las divisiones y rencillas son cosas del demonio, por más disfrazadas y maquilladas que estas parezcan a nuestros ojos. Por eso, obviamente, siempre aparecerán como razonables, como lógicas, y, nada extraño, dándonos la razón. Siempre sentiremos en nuestro interior y en nuestros hombros el toque aquel de paciencia y empatía que parece venir de nuestro buen amigo Jesús, sin embargo es claro que en este caso se trata del enemigo, del gran embustero, del demonio, que haciéndose pasar por Jesús, nos anima de este modo a seguir por esta vía del enfrentamiento y la desunión. ¿Qué cosa puede ser mejor para él, que desistamos del amor y de la unidad? ¡Qué tonto he sido! ¡Qué tontos somos cuando nos dejamos aconsejar por el artífice del odio, del orgullo, de la vanidad, del egoísmo y la desunión! Por eso debemos estar alertas, para no caer en el juego. Los seres humanos somos todos distintos, pero no por eso tenemos que ser necesariamente irreconciliables. Jesucristo nos ha dado el ejemplo de hasta dónde debemos estar dispuestos a llegar por amor y nosotros, llamándonos cristianos, tiramos por la borda todo a penas surge la primera oposición. ¡Qué sería si viviéramos en la Roma de los primeros cristianos o en Siria! Hace rato hubiéramos abandonado el cristianismo por semejante oposición. ¡Aprendamos a trabajar nuestras pequeñas diferencias en favor de la unidad! Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Sin embargo, hay algo inmensamente grade que nos llena de esperanza respecto al presente y el futuro. Esta es la oración de Jesús. Es que el Señor ya sabía de estas miserias nuestras y lo que pide al Padre es precisamente por nosotros, para que sepamos salir de esta actitud negativa que nos lleva a romper unos con otros, cuando lo que debíamos buscar es el amor y la unidad. El Señor está en nosotros, como el Padre está en el Hijo y viceversa. Eso nos hace uno con ellos y contamos con la fuerza del Espíritu Santo para fortalecer esta unión. Esta no ha de ser el resultado de nuestra voluntad o de nuestra razón, sino el resultado de la oración, en la que debemos unirnos con el mismísimo Señor Jesucristo. Es la Fe y confianza en Él la que dará los frutos de unidad que tanto anhelamos y que todos debemos procurar. Nos parece primordial que entendamos que no es el resultado del voluntarismo, ni de nuestras capacidades analíticas o de cualquier otro orden, no es sobre la razón y mucho menos sobre nuestra razón que se habrá de edificar la unidad. Es entorno a Jesucristo y el amor. Ello debe llevarnos a consentir que no son nuestros esfuerzos intelectuales –que pueden ser muy buenos y que siempre habremos de realizar-, sino la fe, la oración y el amor los cimientos sobre los cuales se edificará la unidad. No quepa duda que esta unidad será siempre necesaria, pero la forma de obtenerla no es imponiéndola, ni actuando como franco tiradores para demoler los lazos que nos incomodan en favor de aquellos más afines. Se trata de saber tener perspectiva, deponiendo nuestros intereses y nuestra propia visión, por más correcta que nos parezca, en pro de la unidad, confiando en el Señor, y en la capacidad que solo Él tiene para unirnos, como Él mismo está unido al Padre. Tengamos fe en que Dios sabrá conducirnos por el Camino, si ponemos al amor como nuestra primera y principal motivación. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a superar toda soberbia, toda mezquindad, para acercarnos humildemente a nuestro hermanos en oración, buscando construir la unidad …Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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