Juan 17,1-11a – Esta es la vida eterna

Mayo 30, 2017

Esta es la vida eterna

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

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Juan 17,1-11a Esta es la vida eterna

Juan – Capítulo 17

Reflexión: Juan 17,1-11a

Esta lectura es una hermosa oración: las palabras tan dulces y amorosas que Jesucristo dirige a nuestro Padre. ¿Cómo no sentirnos alegres, confiados y en paz luego de escuchar las peticiones de Jesús? ¡Qué mejor intercesión! El Señor nos ha confiado en las mejores manos, las de Dios.

Y como toda vez que el Señor habla, nos da una brillante catequesis, iluminándonos con Su Palabra, de modo que no existan dudas. Su lenguaje es “sintético” (condensa todo en pocas palabras) y simple. Por ejemplo, hoy, simplifica para nosotros en qué consiste la Vida Eterna. Tendríamos que recordarlo siempre.

Lo repetiremos tratando de interiorizar estas palabras de contenido tan fundamental. Si queremos alcanzar la plenitud, si queremos ser felices, hemos de reparar en estas palabras en las que el Señor nos señala el sentido de la vida, la razón de nuestra existencia. Así de trascendente es este discurso.

Es, sin duda, una revelación que el Señor nos hace abierta y expresamente, para que la escuche, como Él dice, quien quiera. El que tenga oídos que oiga. Veamos. No hay Gracia más importante que la Vida. Dicho de otro modo, sin la vida, sin nuestra propia vida, nada tiene valor.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

Por lo tanto, la Vida es el primero y más alto valor. Es la vida propia, que hemos recibido sin merecer, sin mediar nada a cambio, el mayor Bien que Dios, nuestro Creador, ha puesto en nuestras manos. Ni la hemos pedido, ni la hemos merecido, ni ha venido por azar. Es Dios quien la ha creado y nos la ha dado: POR AMOR.

¿Qué quiere decir que nos la ha dado por amor? Pues que es un Bien (el Bien de Bienes) que hemos recibido Gratuitamente; es decir por Gracia de Dios. No hemos hecho nada para merecerla. Esa es la mayor prueba y ejemplo de amor. Dar sin esperar nada a cambio, sin condiciones. Eso hace Dios con nosotros.

Pero Dios va más allá. No contento con ello, quiere que seamos felices, que alcancemos la plenitud, viviendo eternamente a Su lado. ¡Eso es lo que Él quiere para nosotros! Sin embargo, el conseguirlo depende de que nosotros también lo queramos. ¿Por qué?

Es que Dios, en Su Infinita Sabiduría nos ha creado Libres. Tenemos la facultad de decidir si queremos lo que Dios nos ofrece o no. Lo lógico, lo razonable sería hacer aquello que Dios dispuso; acatar Su Voluntad; alinearnos con ella. Pero tenemos libertad para elegirlo o no.

Escoger lo contrario a la Voluntad de Dios nos daña, nos conduce a a la perdición, al abismo. Nosotros somos libres de hacerlo, pero Dios en Su Infinita Misericordia, no quiere que eso ocurra. Hacer mal uso de la libertad constituye libertinaje, porque nos lleva al daño, al error, a la mentira y la muerte.

Nosotros, creaturas creadas por Dios a Su Imagen y Semejanza, tendríamos que escoger y hacer lo que Él nos ofrece. No lo hacemos porque el Demonio se interpone y nos tienta haciéndonos creer que podemos vivir sin Él, que podemos prescindir de Él y podemos encontrar la felicidad de espaldas a Dios.

Esta mentira es el argumento del Príncipe de las Tinieblas. Con engaños, aprovechando de nuestras debilidades, nos tienta conduciéndonos por un camino contrario al que Dios trazó para nosotros desde antes que existiéramos. ¡Él nos hizo para ser felices!

El Demonio entro y se interpuso entre Dios y nosotros para llevarnos al abismo. Su capricho, su desafío es vencer a Dios arrebatándonos de Sus manos, lo que es imposible, a no ser que nosotros lo consintamos. ¡Y ese es el problema, que siendo libres y débiles, caigamos!

Para evitarlo, llegado el tiempo, Dios envió a Jesucristo, Su Único Hijo, con la Misión de Salvarnos, es decir, evitar que caigamos en manos del Príncipe de este mundo, y nos perdamos. La soberbia, el egoísmo, la falta de fe, la avaricia, el hedonismo, la mentira y el engaño son algunos de los argumentos que el Demonio usa para atraernos.

Creados por amor y para el amor, Jesucristo nos muestra el único Camino que nos conduce al propósito para el cual fuimos creados. Este es, alcanzar la Vida Eterna y nos hace ver que ella consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, que ha sido enviado por Dios para salvarnos.

Dios no quiere que ninguno de nosotros se pierda, por eso nos envía a Jesús. Todo lo que tenemos que hacer es conocer a nuestro Padre, el único Dios verdadero y a quien ha enviado, Jesucristo. El enigma está en qué es lo que significa conocer. Obviamente ello va más allá de cuanto a la ligera podemos concebir. Por ejemplo, reconocer que hay una Historia Universal o unas ciencias médicas, no significa que las conozcamos.

Del mismo modo, que hablemos de Dios o nos refiramos a Él de uno u otro modo, no significa que le conozcamos. Muchos pretendemos conocerle por el simple hecho de mencionarlo alguna vez. Si es tan difícil conocer con la suficiente profundidad una ciencia o a una persona, no podemos pretender conocer a Dios porque pensamos en Él de vez en cuando o porque vamos a Misa algunos domingos, aun cuando fueran todos e incluso todos los días.

A Dios no podemos conocerlo. Él único que lo conoce es Jesucristo y aquellos a los que Él se los da a conocer. Esto es muy distinto. Dios se revela a quien quiere y cuando quiere. Nosotros solo podemos pedir en oración que lo haga con nosotros, agradeciendo el infinito amor que nos da.

La Vida Eterna está en conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él ha enviado, entendemos, porque quien le conoce queda pasmado, deslumbrado. Quien le llega a conocer encuentra la fuente inagotable de Luz, Verdad y Vida que buscamos en nuestra efímera existencia. Resulta imposible desprendernos de tan infinita atracción, que nos dará plenitud en tanto le vamos conociendo, mientras vivimos eternamente.

Somos conscientes que parece que se tratara de un juego de palabras. No podemos pretender describir con amplitud lo que el Señor nos revela y por más que lo hiciéramos no podríamos abarcar con suficiencia aquello que el Señor nos revela de modo tan simple.

Padre nuestro, te pedimos que nos permitas dedicar la vida entera a conocerte y a conocer a Jesucristo, sabiendo que en ello encontraremos la plenitud y la vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

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