Juan 16,5-11 – conviene que yo me vaya

mayo 8, 2018

Conviene que yo me vaya

“Pero yo les digo la verdad: Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se los enviaré:”

Martes de la 6ta Semana de Pascua | 08 Mayo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

Conviene que yo me vaya

Debemos estar dispuestos a creer en Jesús siempre, porque lo que Él nos dice es siempre la Verdad. Cuesta a los discípulos aceptar que nos conviene que se vaya, como tantas cosas que suelen suceder y que nos cuesta comprender que pueden acarrearnos bien.

El Señor nos vuelve a pedir por enésima vez, que tengamos fe, que confiemos en Él y que obremos como corresponde. Hay cosas que inicialmente nos parecen malas, porque no las vemos con los ojos de Cristo, que después resultan una Bendición.

les_conviene_que_me_vaya

Cambiar de trabajo, cambiar de ciudad e incluso de país, suele parecernos un castigo, cuando no un reto monumental y casi imposible.

Pasa lo mismo cuando tenemos que afrontar un accidente, un evento e incluso la muerte en forma inesperada. ¡Quedamos desconcertados! Recuerdo aquel 23 de diciembre que falleció mi cuñada en un accidente en la carretera.

Venía a celebrar la Navidad con su pequeño hijo Pablo de escasos 7 meses, cuando se accidentaron. El niño quedo huérfano de madre y toda la familia, pero especialmente los padres de mi esposa quedaron totalmente desconsolados.

El golpe fue tan fuerte emocionalmente, que nunca más volvieron a ser los mismos. Tardaron muchos años en sobreponerse. Es un ejemplo extremo, cierto, de aquellos que no llegamos a comprender, en los que nos parece tan lejana la presencia de Dios.

Sabiendo que nuestra vida depende de la Voluntad de Dios, nos cuesta creer que sea capaz de enviarnos tal desgracia. Más aún, nos resulta casi imposible dejar de ver esto como un castigo.

Igual sucede con los terremotos, las inundaciones, los asaltos, los incendios, y cualquier calamidad que termina en una desgracia, ya sea porque perdemos alguna facultad temporalmente o para siempre o porque perdemos patrimonio, prestigio, salud, libertad e incluso la vida.

No llegamos a comprender por qué ocurre esta desgracia. Lo asumimos como un castigo divino, muchas veces injusto y exagerado de un Dios vengativo, que se cobra cada uno de los desaires y faltas que hemos cometido.

Incluso quienes decimos no creer en un Dios vengador ni castigador, quedamos intranquilos sin poder asimilar por qué Dios permite que nos pasen estas cosas malas, a nosotros y peor aún a criaturas inocentes, a los que no se les puede encontrar culpa alguna.

Estas contrariedades, estas exigencias, estos retos descomunales, ¿constituyen algún tipo de castigo o escarmiento que Dios nos envía debido a nuestras faltas? ¿Es que puede querer Dios que nos quememos en el infierno?

¿Por qué permitió que un buen día mi prima querida tomara la fatal decisión de lanzarse desde un puente, dejando a su pequeña hija en orfandad y su padre, mi tío, completamente desolado con una depresión que lo acompañaría hasta su muerte?

¿Cómo entender que Dios está tras cada acontecimiento, que nada ocurre en vano, ni si quiera las peores catástrofes como el Tsunami de Diciembre del 2004, ni los bombardeos como Nagasaki e Hiroshima.

¿Es que toda la gente que allí murió merecía este cruel castigo? ¿Fue un castigo enviado para ellos, por su comportamiento, como en el caso de Sodoma y Gomorra?

¿La pérdida del empleo, la quiebra del negocio y la posterior pérdida de nuestra casa fueron castigos por nuestros pecados? Y, entonces, la riqueza que otros exhiben y el aparente éxito político, social y económico, ¿son las recompensas por su comportamiento?

Hemos trasladado a Dios nuestros sentimientos y nuestra forma de actuar, como si esta fuera la única posible y la correcta. Nos olvidamos un detalle muy importante, nosotros no somos lo que regimos a Dios. No somos su modelo, sino a la inversa.

¿Cuántas cosas ocurren en este mundo que a primera vista nos desconsuelan y nos parecen una gran pérdida o una desgracia y en realidad nos conviene que sucedan? Y es que el funcionamiento del universo en realidad está más allá de nuestra capacidad y comprensión.

No somos nosotros los que hemos creado al mundo, ni este tiene por qué regirse y ajustarse a nuestra comprensión y entendimiento. No somos nosotros los que hemos creado sus reglas, lo que no impide que nos esforcemos por comprenderlas y hasta cierto punto lo logremos.

Pero cuando logramos entender esto o aquello, siempre hay algo que está más allá, que escapa a nuestra capacidad. ¡Siempre será así! Porque este mundo, el cosmos y su inmensidad han sido creados por Dios. Su aparente infinitud constituye un pálido reflejo de Su creador.

Constituye un acto de soberbia pretender que las cosas deben funcionar como las entendemos, con nuestra lógica limitada, como si fuera la única posible. Escapa a nuestras pobres mentes, a nuestra diminuta capacidad la Sabiduría de Dios.

Por eso, frente al mundo, frente a la vida y cada una de sus manifestaciones solo nos queda responder con la Fe a la que Jesucristo nos invita. Él ha venido a mostrarnos el Camino que nos habrá de llevar a la Verdad, a la explicación y entendimiento de todo y con ello a la plenitud.

No somos huérfanos, ni estamos olvidados, ni condenados a la perdición. Tenemos a Dios mismo como nuestro Padre. Él nos ha hecho a Su imagen y semejanza para que seamos felices. Nada, entonces, ocurre por azar y mucho menos constituye una condena irreversible de la que Él no nos haya librado ya.

¿Qué tenemos que hacer para alcanzar la Vida Eterna para la que fuimos creados? Creer en Jesucristo su Hijo y Salvador nuestro, escucharle y hacer lo que nos manda. ¿Qué nos manda? Amarnos a nosotros mismos como Él nos ha amado.

¿Qué tiene que ver todo esto con estas desgracias, con estas muertes súbitas o tras prolongada enfermedad y sufrimiento o por crímenes? Que estos son puramente “accidentes terrenales”, que corresponden a las leyes de la naturaleza, que no se oponen a la Voluntad de Dios, ni deben afectar el propósito para el cual fuimos creados.

Nosotros debemos mantenernos firmes y leales a la Palabra de Dios, que a pesar de todo lo que ocurra, habrá de cumplirse y nos conducirá al Reino de los Cielos, si somos perseverantes hasta la muerte.

Que solo podríamos perderla si testarudamente nos oponemos a la Voluntad de Dios, hasta la hora de nuestra muerte. Solo quien libremente y en su sano juicio decide rechazar a Dios y así lo confirma con sus obras perversas, odiosas y egoístas, será condenado al Infierno, es decir, al destino que él mismo eligió.

El que cree cae en cuenta que convino que Jesucristo muriera en la Cruz para salvarnos de la oscuridad, la mentira y la muerte. Que la única razón por la que Dios envió a Su Hijo a salvarnos con tal sacrificio es Su Infinita Misericordia, porque Dios es Amor.

Oración:

Padre Santo, danos la fe necesaria para confiar siempre en Tu Santísima Voluntad y que no habrá nada más conveniente para nuestra salvación que Tú Voluntad se cumpla en todo lugar y tiempo. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

(2) vistas

Deja un comentario