Juan 16,23b-28 – Pidan y recibirán

Mayo 7, 2016

Texto del evangelio Jn 16,23b-28 – Pidan y recibirán

23. Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre.
24. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.
25. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.
26. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes,
27. ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.
28. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre».

Reflexión: 16,23b-28

No podemos llegar a nuestro Padre si no es por Jesús. Para establecer una relación con Él, antes debemos haber abierto nuestro corazón a Jesucristo. Amando al Señor, Dios nos abre las puertas del Reino, al extremo que ya no será preciso acudir a Cristo para que Dios nos conceda lo que le pedimos. Pero es preciso que entendamos cuál es el Camino para establecer esta relación. Nadie puede ir al Padre sino es por Cristo. Pero una vez que hayamos llegado, seremos como pez en el agua, nadando libremente por los dominios de Dios. Entre tanto y hasta que lleguemos, amemos al Señor, que solo este nos puede garantizar llegar al Padre y con Él a la Vida Eterna, causa de la alegría perfecta. ¿Cómo podemos manifestar nuestro amor a Jesucristo? Haciendo lo que nos manda. Solo si guardamos Su Palabra pondremos en evidencia este amor y si le amamos, el Padre vendrá y hará su morada en nosotros. Así, todo se reduce al amor, pero un amor que no es teórico, sino que se expresa en obras. Pero, ¿cómo podemos amar a Dios si no lo vemos, si no lo tocamos, si no podemos interactuar con Él? El Señor nos enseña que a Dios lo encontramos en el prójimo, en los que menos tienen, en los más pobres, en los que sufren, en los enfermos, en los encarcelados, en los huérfanos, en los desterrados, en los refugiados, en los ancianos, en los no nacidos, en los que son despreciados por humildes, sencillos o pequeños. Por lo tanto, es amando a ellos que estaremos amando a Cristo y entonces el Padre nos amará y concederá todo lo que le pidamos en el Santo Nombre de Jesús. El Camino es Jesús. Por eso es a Él que tenemos que conocer, escuchar y obedecer. Él es el Principio y Fundamento. Es la Luz, la Verdad y la Vida. Luz porque necesitamos de Su Palabra que nos alumbre la realidad en la que vivimos. Verdad, porque solo Su Palabra es confiable, inamovible y clara; en ella no hay engaño, ni malicia, ni conveniencia, ni intereses subalternos. Y la Vida, porque sólo prestando oído a Su Palabra y obedeciéndola ciegamente alcanzaremos la Verdad y con ella, la Vida Eterna. Porque la Verdad es plenitud que solo podremos alcanzar por la fe, una vez que hayamos cruzado el umbral, el Puente que nos separa del Reino de los Cielos, una vez que hayamos llegado al ágape nupcial, en el que tenemos preparado un sitio, en presencia de Dios Padre Celestial, de Jesucristo Su Único Hijo, de la Virgen María, los ángeles y todos los santos. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.

¿Qué tenemos que hacer para alcanzar estas promesas de Jesucristo? Entregarnos a guardar Su Palabra. Cumplirla cada día, amando a nuestro prójimo. ¿Cómo se expresa este amor al prójimo? Poniendo a ellos por encima de nosotros. ¿Cómo se expresa esto en nuestra vida cotidiana? Bueno, cada uno de nosotros sabemos con quiénes vivimos y a quienes debemos mayor atención y amor. Desde luego, no siempre se trata de hacer lo que los demás quieren, porque a veces, como en el caso de los padres, es preciso saber imponer la autoridad a los hijos, por ejemplo, para que aprendan a distinguir claramente el Bien del Mal, prefiriendo siempre el Bien, aunque sea más costoso, sacrificado y doloroso. Ser tolerantes y permisivos casi nunca es amar, como erróneamente creemos algunos. Los padres no deben renunciar a educar a sus hijos ante todo y sobre todo con el buen ejemplo. Educar a los hijos en virtud, es una responsabilidad y una obligación, que no siempre es fácil y que exige de parte de quien educa ser poseedor de estas virtudes. La autoridad viene de la coherencia, de la verdad, de la humildad, de la paciencia, de la voluntad, de la perseverancia, de la comprensión razonable, en suma, del amor. Hay que amar para ser amado y respetado, sin embargo debemos estar dispuestos a amar, sin buscar reconocimiento ni gratitud. Debemos estar dispuestos a amar incluso a aquel que no lo reconoce ni retribuye. Debemos amar a nuestros enemigos, a los que nos desean mal. Esta es una tarea imposible, sin la Gracia de Dios. Se engaña quien cree que puede hacerlo confiado en sus propios atributos personales. Mientras no pongamos nuestra confianza en Dios estaremos tratando de abordar por nuestra cuenta una tarea que desde ya podemos anticipar como IMPOSIBLE. Reflexionemos muy seriamente en lo que estamos diciendo e interioricémoslo, porque no habrá forma de cumplir con la misión que nos encomienda el Señor si no confiamos en Él. Sin Su intervención no será posible. Será un error de necios ignorarlo. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.

¿Cómo hacemos que el Señor participe en esta tarea? Invocando la ayuda de Su Espíritu Santo antes de emprenderla. No apartándonos de Él mientras la ejecutamos y buscando solamente la mayor Gloria de Dios al finalizar. Es a Él y no a ninguno de nosotros que deben volverse los ojos de nuestro prójimo. Esto exige humildad, pero también y ante todo fe, creyendo firmemente que la tarea será posible solo si esta es la Voluntad de Dios y si Él mismo nos da Su ayuda. Creer que con su participación no habrá nada IMPOSIBLE. Por eso es preciso llevar una intensa vida de piedad, una vida de oración permanente, en la que prime el constate acercamiento a Dios, pidiendo a Nombre de Jesucristo, Su Hijo, todas las Bendiciones que requerimos para que se haga realidad el Bien que pedimos y deseamos para nuestros hermanos. Sin oración, nada de esto será posible. Él único modo de llegar al Padre es a través de la oración y por intercesión de Jesucristo, Su Hijo. Entendamos que bajo esta perspectiva la oración es a la Vida Eterna lo que el oxígeno para esta vida; si nos falta, fallecemos. Si no oramos, si no pedimos incansablemente la ayuda del Espíritu Santo en cada una de las actividades que hemos de desplegar durante el día, nos será imposible amar y por lo tanto, imposible alcanzar la vida eterna. ¿Quiere decir que no seremos capaces de amar como Dios manda sin vida de oración? ¡Exactamente! Se equivoca quien deja librado este cumplimiento a su capacidad. Se equivoca quien minimiza el valor de la oración y cree que solo es necesaria para los momentos de dificultad. La oración ha de ser permanente, en todo momento y lugar, bajo cualquier circunstancia. Obviamente solo puede orar así quien es consecuente con la Voluntad el Padre y pide que acuda en su ayuda. Dios no te dará la mano para que realices tus proyectos mezquinos, de despojo y traición a tus hermanos. La oración busca asegurarnos plena sintonía en todo lo que hacemos con la Voluntad de Dios y puesto que se trata de Su obra, le pedimos Su intervención, en la cual podemos confiar si efectivamente lo que pedimos se alinea con Su Voluntad. La oración nos lleva a ponernos plena y absolutamente al servicio de Dios, sirviendo a nuestros hermanos. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender que es a hacer Tu Voluntad que debemos dedicar nuestras vidas y que ello será imposible sin tu ayuda, la que debemos implorar por la oración incansable…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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