Juan 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

mayo 6, 2016

Texto del evangelio Jn 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.
21. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo.
22. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.
23. Aquel día no me preguntarán nada. En verdad, en verdad les digo: lo que pidan al Padre se los dará en mi nombre.

Reflexión: Jn 16,20-23a

Por un momento el panorama que se abre ante nuestros ojos puede ser sombrío, pareciéndonos que estamos cercados y que no tendremos escapatoria, por más que nos esforcemos en evadir esta situación, nos será imposible. Para este momento debemos interiorizar y recordar estas palabras de consuelo de Jesús. Hemos de pensar que tras esta tristeza, tras esta angustia e impotencia, vendrá finalmente la calma y después la alegría, una alegría infinita que nada ni nadie podrán quitarnos. Obviamente el Señor nos está hablando de otra realidad que está más allá, que trasciende cuanto peligro sentimos que nos acosa y que supera nuestras propias limitaciones, porque se trata de una realidad distinta, de la cual pasamos a formar parte por Gracia de Dios. Jesucristo con Su vida, muerte y resurrección ha unido estos dos mundos, los ha enlazado como un puente, poniendo a nuestro alcance el tránsito a esta nueva vida, una vida plena y abundante que habrá de cambiar nuestra tristeza en gozo y alegría sin fin. Es pues pensando en estas promesas que cuando llegue aquél momento no debemos desmayar, ni dejarnos aturdir, poniendo la mirada de nuestras mentes y nuestros corazones firmemente en aquel sol, en aquella luz que nos ilumina desde el Infinito, que nos ha amado tanto y desde siempre, que ha dado su propio Hijo para Salvarnos y que nos espera –tras la partera-, con los brazos abiertos de Padre, uniéndonos en un abrazo sin fin, con el gozo de quien finalmente encuentra aquello que había anhelado con toda el alma desde siempre. Entonces lo veremos todo de otro modo y finalmente conoceremos la Verdad. Solo imaginar aquella plenitud debe servirnos de acicate para pasar cualquier tribulación con la confianza que cuanto ocurra no podrá nunca compararse con la intensidad, profundidad y amplitud de aquella emoción que nos aguarda, que acarreará una alegría como no la tuvimos jamás aquí en la tierra. Nada, ni nadie podrán superarla. Todo cuanto hayamos tenido que pasar, sin importar qué, lo encontraremos pequeño e insignificante al lado de estas Gracias prometidas y finalmente concedidas. Por lo tanto, bien haremos en empeñarnos desde ahora por alcanzarlas, haciendo lo que Jesucristo nos manda y pidiendo con todo nuestro corazón mantenernos fieles y perseverantes en la senda del amor señalada por Jesús. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.

Es verdad que antes que todo esto suceda Jesucristo tendrá que morir y resucitar; es a eso que se refiere en este fragmento, que nosotros hemos asociado a nuestra propia muerte y resurrección, porque vemos -en todo esto que Jesús nos anuncia-, un paralelo con lo que también nos sucederá y de lo que Su muerte y resurrección no es nada más que un anticipo. La misma fe que el Señor quiere suscitar en sus discípulos, quiere suscitarla entre nosotros. Si ellos, por Su resurrección, verán confirmada la promesa de Jesús de volver en poco tiempo, trocando su tristeza en alegría, nosotros –a la distancia-, hemos de ver en ello la confirmación de Sus promesas, llenándonos de la misma alegría que los discípulos, porque podemos ver en el horizonte la coronación de nuestras esperanzas. No estamos solos ni abandonados a nuestra suerte, sino que tenemos un Padre que vela por nosotros, que nos dará todo lo que le pidamos en nombre de Jesucristo. Todo adquiere sentido con Su muerte y resurrección, porque con ellas ha trazado el Camino por el que hemos de transitar para finalmente alcanzar la Vida Eterna, el Bien sobre todo Bien. No hemos nacido para arrastrarnos, sino para elevarnos como el águila, hasta alcanzar las estrellas y más allá, el Reino de los Cielos. Todo lo que hagamos debe estar enfocado en esta meta, que solo alcanzaremos si vivimos en el amor. El amor es el Camino, por eso Jesucristo nos resume la ley y los profetas en este único mandamiento: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Que no es otra cosa que obrar siempre teniendo en cuenta el fin para el que fuimos creados, que está muy por encima de nuestras inquietudes y limitaciones cotidianas. Cuando estas nos reten y pretendan hacernos consentir que seguir por este Camino es imposible, recurramos a la ayuda del Padre en nombre de Jesucristo, que Él sabrá allanarnos la senda, haciendo que deslicemos suavemente a la meta propuesta. Con la certeza de estas promesas, podemos anticipar que alcanzaremos el fin para el cual fuimos creados, superando cuanto escollo pueda presentarse, por lo que sin importar lo que podamos estar pasando en el momento presente, solo podemos sentir una alegría profunda, que irá creciendo conforme nos acerquemos a la meta. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.

La oración, que es la forma que el mismo Jesús nos enseña para comunicarnos con Dios Padre, cobra aquí su verdadera dimensión en nuestras vidas. Si no hay nada  que no podamos hacer sin la ayuda de Dios Padre, pedida por intercesión de nuestro Señor Jesucristo, Su Hijo amado, es claro que esta debe ser la palanca con la que hemos de remover cuanto obstáculo se nos presente. Si no hay nada que no podamos alcanzar sin la ayuda de Dios y si ésta la debemos implorar a través de la oración, no puede caber duda del lugar que debe ocupar en nuestras vidas la piedad, entendida ésta, como la vida de oración. No por otra razón vemos al mismo Señor Jesucristo alejarse diariamente de sus discípulos y de la multitud a orar al Padre y el mismo nos recomienda unirnos en oración constante e incansable, prometiéndonos que donde dos o más nos reunamos en su nombre, Él estará en medio de nosotros. Por si ello fuera poco, nos deja la Eucaristía, convirtiéndose Él mismo en verdadera comida y verdadera bebida que habrá de alcanzarnos la Vida Eterna. Comer y beber de Él es entrar en comunión perfecta con Él y a través suyo con toda la Iglesia, anticipando la Unión en un solo cuerpo y un solo espíritu que habremos de tener entre nosotros y con Él y a través Suyo con el Padre y el Espíritu Santo. Estas son realidades que la oración y la Eucaristía nos anticipan, al mismo tiempo que nos impulsan a alcanzarlas, por Gracia de Dios. En resumen, siendo Dios nuestro destino, no llegaremos a Él sin su ayuda, la que hemos de pedir a través de una vida recta, dedicada a la oración. Y es que nuestra vida misma, dedicada y ofrecida cada día a Dios, se convierte en oración. Esta es la Gracia que debemos pedir. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de perseverar en la fe, buscando superar cuanto escollo se nos presente con la asidua oración, seguros de alcanzar las promesas del Señor…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, Tú Hijo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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