Juan 16,16-20 – su tristeza se convertirá en gozo

mayo 5, 2016

Texto del evangelio Jn 16,16-20 – su tristeza se convertirá en gozo

16. «Dentro de poco ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver.»
17. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver” y “Me voy al Padre”?»
18. Y decían: «¿Qué es ese “poco”? No sabemos lo que quiere decir.»
19. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andan preguntándose acerca de lo que he dicho: “Dentro de poco no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver?”
20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

Reflexión: Jn 16,16-20

A quien coge la Biblia por primera vez, quien está empezando a aproximarse al Señor, efectivamente este fragmento le puede parecer raro. Un acertijo. No tendría por qué ser así para quien lo viene siguiendo de cerca por varios meses, incluso por lo menos por tres años seguidos. Sin embargo son sus mismos discípulos los que piden explicaciones de lo que el Señor quiere decirles con estas palabras, porque tienen como un velo en sus mentes que les impide entender todo aquello de lo que el Señor les habla, a pesar que, nadie como ellos, tuvieron evidencias extraordinarias de estar siguiendo al mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios. Ellos son los protagonistas de una historia única, singular, irrepetible. Parece parte de la naturaleza humana, encontrarnos en medio de una circunstancia excepcional, con personas excepcionales y sin embargo no darnos cuenta de lo que estamos viviendo hasta que pasó, hasta que acabó, hasta que las circunstancias y las personas cambiaron. Entonces recordamos con emoción lo vivido, como algo increíble. Si, ahí estuve yo; ahí estuvimos nosotros, contaremos después hinchando el pecho, pero en el momento, la singularidad de la ocasión pasó desapercibida para nosotros. Eso mismo podemos constatar que está pasando con los discípulos de Jesús. No entienden mucho lo que ocurre y hasta se encuentran torpemente incapacitados para hilvanar una cosa con otra. No es poco lo que han vivido y –a nuestro modesto juicio, desde la perspectiva que dan más de 2mil años de distancia-, tendrían suficiente para considerar de modo determinante como cierto lo que Jesús decía de sí mismo. Después de todo, los milagros que obra el Señor son únicos y están dirigidos a mostrar quién es, para que creamos en Él. Los milagros serán los argumentos que irrefutablemente muevan a la fe. No los únicos, pero ciertamente los más contundentes. Y es que es indispensable -para Jesús, nuestro Salvador-, que no quede duda que estamos frente al Hijo de Dios que como el mismo lo define es la Luz, la Verdad y el Camino. En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

El razonamiento esperado debía ser, que si es capaz de todo esto, es evidente que se trata de una fuerza sobrenatural que solo puede provenir de Dios, como Él mismo nos lo revela y por lo tanto ha de haber Verdad en todo lo que dice. Y cuando decimos Verdad, estamos queriendo significar que cuanto Él nos revela es sólido e inamovible. Hay en Sus Palabras Sabiduría plena, absoluta. Esto debe conducirnos a creer, es decir a tener Fe en lo que dice y por lo tanto, no dudar ni un solo segundo en cumplir lo que nos manda. Esto es lo que el Señor, entonces como ahora, espera como respuesta. Los discípulos estaban tan sumergidos en todos estos sucesos, que por más que Jesús se los explicaba una y otra vez, no llegaban a entender. Como nos decía un padre brasileño ayer en su homilía, Felipe, uno de los discípulos le llega a decir: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta” (Juan 14,8), como diciendo, déjate de tanto palabrerío, de tanto rodeo y muéstranos al Padre que con eso nos daremos por satisfechos. ¿Parece sensato, no es cierto? Sin embargo, ya lo hemos dicho antes muchas veces: Dios sabe lo que hace; lo que hace es lo correcto; no hay error en su proceder, que nos es casual, ni accidental. ¡Él sabe lo que hace! Su perspectiva es distinta. La nuestra es como la de una hormiguita que se puede perder entre los papeles del último cajón de nuestro escritorio. Todo lo que hace debía servirnos para tener la certeza que lo que dice y su proceder en cada ocasión es el correcto, el que corresponde. Por lo tanto no debíamos tener ninguna duda en hacer lo que nos manda. Esto es lo que tendríamos que llegar a entender y asimilar. Y por todo aquel temor o indecisión que nos asalte debemos orar incansablemente pidiendo a Dios Padre la Gracia de la Fe. Somos testarudos, porque nos parece más contundente y confiable lo que estamos viendo aquí y ahora. Nos cuesta tener que aceptar un sacrificio, una privación por un bien mayor, al que tendremos acceso luego de un gran esfuerzo, sostenido posiblemente por toda la vida. Sin embargo ¿No es eso mismo lo que sucede con el muchacho que deja los estudios inconclusos tal vez en búsqueda de un placer más inmediato, que le proporcione las satisfacciones que los libros parecen postergar indefinidamente? ¿No es lo mismo que pasa con aquel virtuoso en los deportes o del violín que el día menos pensado cuelga los botines o las destrezas musicales por algo más placentero, menos preciando las esperanzas que en él habíamos puesto todos los que le queríamos bien? En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

Hay que pasar por un calvario, para algunos más exigente que para otros, sin duda, pero no por eso menos exento de tentaciones que nos invitan a dejarlo todo para alcanzar un placer y una alegría efímeras, pero inmediatas. Preferimos el contante y sonante, antes que un pagaré que habrá de redimirse en efectivo al final de la jornada, por más suculento que este sea. Es nuestra naturaleza, con la que estamos en permanente lucha. De allí que Jesucristo se vea precisado a presentarnos evidencias sólidas e incuestionables, para que en ejercicio de nuestras facultades optemos razonablemente por seguirlo. Sin embargo, en los tiempos de la velocidad y la inmediatez en los que estamos inmersos, resulta sumamente difícil pedir paciencia y perseverancia a nadie. Acostumbrados al cambio y al descarte, buscando lo que más nos gusta o lo que más se ajusta a nuestro carácter o nuestros deseos, qué difícil resulta atender a una propuesta a largo plazo, peor aún si para cosechar habremos de esperar un cambio de tercio, para decirlo en términos taurinos. Jesucristo anuncia así Su muerte a los discípulos y a través de ellos a nosotros. Muerte por la que todos hemos de pasar y tras esperar “un poco” -cuya dimensión relativa tiene en realidad poca importancia-, hemos de resucitar como lo hará el mismo Jesús abriendo para nosotros de este modo el Camino a la Vida Eterna. ¿Puede haber Bien más preciado que el que nos ofrece Jesús? ¡Por supuesto que no! Pero hay que “esperar un poco”. Y en esta espera, en este tránsito hemos de hacer lo que nos manda, porque solo de este modo estaremos seguros de estar caminando por la Senda que Él nos señala. Es en este tiempo que entra el gusano de la duda, que debe encontrarnos orando para no desfallecer. En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

Oremos:

Padre Santo, denos perseverancia para orar incansablemente, sabiendo que nuestra salvación no depende de cuanto podamos hacer, sino de Tu Gracia y la Fe…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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