Juan 15,9-17 – Permanezcan en mi amor

mayo 14, 2018

Permanezcan en mi amor

“Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.”

Lunes de la 7ma Semana de Pascua | 14 de Mayo del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

Permanezcan en mi amor

Esta es una de esas lecturas en la que casi podemos escoger cualquier frase para detenernos a meditar. Empecemos por considerar hacer lo que el Señor nos manda. ¿Por qué nos manda el Señor? Es una pregunta que muchas veces nos hacemos irreflexivamente.

¿Irreflexivamente? ¡Claro! Si lo pensamos bien, es una pregunta absurda. Es posible que seamos de aquellos que creen que no se pondrían de rodillas frente a nadie y que consideran que mandarles algo es un insulto a su inteligencia y capacidad de razonar.

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Pero este argumento no es nada más que el resultado de la soberbia que alguien nos ha contagiado, sumada a nuestra falta de reflexión. Primero empecemos por convenir que quien manda debe tener autoridad para hacerlo.

En segundo lugar, hemos de estar de acuerdo en que el concepto intuitivo de Dios es -porque es imposible definirlo y abarcarlo por completo-, que es Infinito. Por eso, lo único que se atreven a decir los profetas en el Antiguo Testamento es que ES.

Dios lo ha Creado todo, desde lo más pequeño hasta lo más grande. Su poder es inconmensurable y ha existido desde siempre. Dios es la Sabiduría, la Belleza y la Perfección. No le falta ni le sobra nada. Lo tiene todo cuanto pudiéramos imaginar y lo que no podemos, también.

Dios es Omnipotente y Omnipresente. Es dueño del tiempo y del espacio. Está por encima de ellos. No está sujeto a nada, ni nadie. Dios es el Principio y el Fin. Ni antes, ni después de Él hay nada. A Dios solo lo podemos intuir, con nuestra pobre inteligencia.

Siendo así, a Él no se le escapa nada. Esto quiere decir que no hay error posible en Él. Pero hay algo más que Jesucristo nos revela: Dios es Amor. Esto quiere decir que la manifestación de Dios es el Amor. Que lo ha hecho todo por amor. Que donde hay amor esta Dios.

Que Dios nos ha creado por amor y que, como Cristo nos revela, es nuestro Padre. Como el mejor de los padres, quiere que alcancemos la plenitud, que consiste en que alcancemos la Verdad, seamos felices y vivamos eternamente.

Dios nos ha dotado de inteligencia, libertad y voluntad, y nos ha dado esta vida para que decidamos por nuestros propios medios si queremos lo que Él nos tiene preparado desde siempre o preferimos rechazarlo a cambio de cualquier otra cosa.

Somos libres para optar. Sin embargo una cosa es cierta: solo el Camino que Él nos señala y que Cristo viene a ratificar con Su vida, muerte y resurrección, es el que nos lleva a la alegría plena y a la Vida Eterna para la que fuimos creados.

¡Tenemos que decidir! Esta decisión que presentada así nos llevaría obviamente a escoger el Camino que el Señor nos señala, se torna difícil cuando surge el engaño y la mentira. ¿Quién podría querer engañarnos? El Enemigo de Dios y del hombre: el Demonio.

El Demonio –que existe-, es el Príncipe de este mundo. ¿Por qué es Príncipe? Porque tiene poder en este mundo para engatusarnos, para engañarnos, para mentirnos, para disfrazarse, para aparentar ciertas cosas y tentarnos, con tal que decidamos por él, en vez de Dios.

¿Por qué habría de hacerlo? Porque se la tiene jurada a Dios; porque no acepta que Dios lo ha vencido. Él quiere robarle nuestras almas a Dios. ¿Por qué? Porque quiere hacerle daño. Porque sabe que nos ama, porque somos sus hijos. Quiere arrebatarnos de sus manos, porque lo aborrece.

¿A cambio de qué? ¿Qué conseguirá con nuestra perdición? A él no le importamos un comino, pero sabe que nuestro dolor, nuestro sufrimiento y nuestra perdición le causa mucho dolor a Dios, tanto, que envió a su propio Hijo Jesucristo a liberarnos de esta esclavitud.

¿Cuál esclavitud? La esclavitud de este mundo. El Demonio se ha encargado de hacernos creer y consentir que no tendremos nada más después de esta vida, que Dios Padre no existe, que, por lo tanto debemos empeñarnos en disfrutar a cualquier precio de cuanto hay en este mundo, sin medida.

Que es el Dinero y no Dios el amo y señor de este mundo. Que con él se nos abren todas las puertas. Que nada se nos negará si lo tenemos en abundancia y que, por eso, debemos conseguirlo a cualquier precio, porque de él depende nuestra felicidad y la calidad de vida que habremos de tener.

Que la felicidad tiene que ser aquí y ahora. Que nadie más debe importarnos que nosotros mismos. Que así solos como vinimos, nos habremos de ir. Que lo único que importa es la fama, la fortuna, el poder y el placer aquí y ahora. Que ellos nos darán toda la felicidad que es posible.

Que más allá de eso no hay nada. Y, el mundo, bajo el poder del Demonio, se ha organizado de tal modo que todo parece confirmar lo que dice, considerando necios a quienes piensan distinto. Dios, el Paraíso y el Cielo, son utopías inventadas para engañar a los incautos, a los ingenuos, a los pobres, a los explotados.

¡Ese es el panorama! Y en él, tenemos que escoger. ¿Dios o el Dinero? Esto es lo que nos exige Jesucristo. Haciéndonos ver que no existen caminos intermedios nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Solo por Él vamos a Dios y la Vida Eterna.

El Camino que nos muestra, el Camino del Amor, es incompatible con el camino del Dinero, del Príncipe de este mundo. Tenemos que tomar una decisión. Para seguir a Jesucristo es preciso tener fe. Creer que Él es Hijo de Dios y que ha sido enviado para salvarnos.

Creer que solo Jesucristo es capaz de conducirnos a Dios Padre, a la Felicidad plena para la cual fuimos creados y a la Vida Eterna. Debemos estar dispuestos a hacer lo que Jesucristo nos manda, con la Autoridad que tiene por ser Hijo de Dios y Dios mismo, como segunda Persona de la Trinidad.

Él nos ha dado muchas evidencias en la historia y en nuestras propias vidas para creer en Él. Las tomamos o las dejamos. Si las tomamos, hemos de hacer lo que nos manda. Si las dejamos, nos condenaremos a la perdición, a la mentira, al engaño, a la destrucción y a la muerte.

Si creemos en Él, el Espíritu Santo nos guiará hasta la Verdad absoluta. Solo debemos invocarlo y dejarlo actuar en nuestras vidas, haciendo lo que Cristo nos manda. ¿Qué nos manda? Amarnos unos a otros, como Él nos ha amado. ¡Ese es el Camino! ¡Él ha vencido al Príncipe de este mundo!

Oración:

Padre Santo, no permitas que caigamos en el engaño del Demonio, antes bien, toma nuestras vidas, nuestra libertad, inteligencia y voluntad y haz de nosotros como te parezca. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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