Juan 15,9-17 – Ámense los unos a los otros

mayo 14, 2016

Texto del evangelio Jn 15,9-17 – Ámense los unos a los otros

09. Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.
10. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
11. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
12. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado.
13. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
14. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
15. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
16. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
17. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Reflexión: Jn 15,9-17

Unidad, paz y amor. Amor y unidad son más o menos equivalentes, sin embargo antes nos habíamos referido a esta como el esfuerzo por acercarnos y resolver nuestras diferencias o renunciar a nuestros puntos de vista por la unidad. Obviamente, quien renuncia a tener razón, a recibir el reconocimiento de su tino y sabiduría con tal de lograr la unidad, demuestra que busca una recompensa superior, que supedita su vida y su qué hacer a un reconocimiento más alto. Quien así procede, muestra amor a Dios. El buen cristiano desaparece para que sea Cristo quien crece y a quien identificamos tras cada una de sus obras. Estar dispuestos a renunciar a todo por amor, es lo que Cristo nos propone, como modelo de amor. Se trata de un amor que está muy por encima de lo que en el mundo tenemos por amor. Se trata de una entrega y obediencia ciegas, incondicional, sin límites, que nos llenará de gozo al saber que de este modo estamos cumpliendo la Misión encomendada a Cristo por Dios Padre, con lo que nuestra alegría y gozo se fundirá con la de ellos. ¡Cuánta alegría tendremos si Su alegría está con nosotros! No hay ningún secreto ni nada oculto en esta doctrina. Se trata de amarnos los unos a los otros como como el mismísimo Dios Padre ha amado al Hijo y como este a Su vez nos ha amado, hasta el extremo de dar Su vida por nosotros. ¿Hay amor más grande que este? No, no existe. Este amor garantiza los frutos del amor: alegría, unidad, paz, justicia, paciencia, perseverancia, tolerancia, humildad, servicio, generosidad, verdad, luz y vida. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

La súplica que hace el Señor es que permanezcamos en el amor. Mantenernos unidos por el amor es tarea que debemos revisar constantemente, esforzándonos porque verificar que cada cosa que hacemos la garantice y fortalezca. La prueba o el baremo que debe servirnos para medir la efectividad de nuestros actos en función del Bien más alto han de ser precisamente cuanto nos ayudan a permanecer en el amor. Hemos de descartar todo aquello que nos desvíe de este Camino y redoblar nuestro esfuerzo en todo aquello que lo fortalece y consolida. Esto es lo que nos pide, sugiere, aconseja e incluso manda el Señor. Porque para quien realmente ama, los deseos del amado o la amada son órdenes. Pero cuánto más habrán de serlo si estos consejos provienen del mismísimo Dios. Lo hemos dicho muchas veces, a Dios no lo podemos contener, ni encerrar en ninguno de nuestros conceptos, porque ello demandaría que hubiéramos descubierto algo superior a Él y por lo tanto nos haría a nosotros mismos superiores. Lo más que podemos hacer es inventar ciertos conceptos o parámetros intuitivos, que nos ayudan a imaginar e interiorizar su Grandeza que supera cuanto podamos pensar, en ancho, alto, profundidad y en todos los aspectos que pudiéramos cuantificar…Él siempre estará más allá. Por eso nos encanta la definición que Einstein hace de aquello que nos parece inalcanzable, la luz. Einstein nos dice: la luz es la sombra de Dios. Podemos echarnos a imaginar aquello, que nunca alcanzaremos a entenderlo realmente. Pues esa misma convicción debe llevarnos a concluir que la Sabiduría de Dios está más allá de cuanto podemos estructurar, verbalizar o imaginar, por lo tanto, LO MÁS SENSATO sería hacer lo que nos manda, puesto que en ello no hay posibilidad de error. Más aun, cuando Dios se ha tomado la molestia de demostrarnos que nos comunica esta VERDAD porque nos ama, como nunca nadie nos podrá amar, hasta el extremo de morir por nosotros. Claro, estamos hablando y tratando de reflexionar en realidades que nos superan, que van más allá de nuestras capacidades, para las que la respuesta más sensata sería la FE. Eso es lo que nos pide el Señor, que creyendo, permanezcamos en el amor. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

Es importante reconocer también que Él Señor, siendo Dios, no nos ha mandado verticalmente y sin ninguna explicación, como mandan muchos jefes y poderosos es este mundo, que nos dicen esto es lo que tienes que hacer, porque yo lo mando y punto. Hay quienes sostienen que así debe ser el trato, vertical, en toda institución y especialmente en las fuerzas armadas, en las que no se espera que el subordinado piense o manifieste su opinión, porque según este trato a ellos solo les corresponde ejecutar. Cuántas veces nosotros mismos nos escudamos y justificamos nuestro comportamiento como el acatamiento a órdenes superiores, que teníamos que realizar, porque así había sido dispuesto. Es verdad que vivir en un orden jurídico así lo exige, sin embargo tiene que haber mecanismos que nos permita la participación y la adecuación de las normas al bien común, procurando siempre la justicia. Pero aquí precisamente surgen las dificultades, cuando tratamos de definir lo que es justo y correcto y cada quien trata de defender lo que le conviene. Es en estas situaciones que el Señor debe iluminar nuestra realidad, a fin de considerar lo que Él nos manda como lo correcto. ¿Qué nos manda? Amarnos los unos a los otros. Esto es lo que nuestro ordenamiento jurídico debía reflejar, auspiciar y promover. Si no lo hace o en la medida que no lo hace, debe desarrollarse nuestra actividad como cristianos, buscando alcanzar los frutos que se deben cosechar del esfuerzo de mantenernos en el amor, como son: alegría, unidad, paz, justicia, paciencia, perseverancia, tolerancia, humildad, servicio, generosidad, verdad, luz y vida. Este ha de ser nuestro esfuerzo, porque el Señor no nos ha mandado obedecerle ciegamente, sino que primero nos ha revelado el amor del Padre, en cumplimiento de cuya Voluntad Él ha venido a Salvarnos y lo ha hecho muriendo por nosotros y resucitando al tercer día, ganado así la Vida Eterna para todos los que le sigamos. Él nos lo ha explicado como amigos, no como siervos. Como amigos debemos oírle, creer en Él y seguirle. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

Oremos:

Padre Santo, permítenos comprender lo que significa permanecer en Tu amor y danos la perseverancia para esforzarnos continuamente en ello…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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