Juan 15,26-16,4 – Los expulsarán

mayo 22, 2017

Los expulsarán

Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios.

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Juan 15,26-16,4 Los expulsarán

Juan – Capítulo 16

Reflexión: Juan 15,26-16,4

El panorama que nos anuncia nuevamente el Señor no es nada halagüeño; no es lo que esperaríamos del Todopoderoso. Es como para dejar desconcertado a cualquiera. Así sería también con nosotros si no fuera porque Él nos ha escogido, nos ha llamado y nos ha enviado a dar mucho fruto. Los que son de este mundo no lo entienden; no pueden verlo, porque hay que creer en Él y hacer lo que nos manda para poderlo ver.

Esta forma de hablar es algo confusa para los que no le conocen, pero no para nosotros, que hemos sido bautizados y por lo tanto tenemos al Espíritu Santo morando en nosotros. Él nos aclara todos estos misterios. Es preciso, además, aproximarnos a la Palabra de Dios y reflexionarla cada día para ir entendiendo paulatinamente su mensaje. Este permanece oculto para quienes son de este mundo, porque carecen de fe. Es preciso convertirse, creer en Él y bautizarse para verlo.

En la sociedad de consumo actual nadie quiere saber de austeridad ni sacrificios, sino más bien de lujos, despilfarro, ostentación y placeres. Tenemos tal temor a la escasez, al sufrimiento y a la muerte que nos hemos refugiado en todo aquello que por su naturaleza nos permite olvidar, aun cuando sea temporalmente, la angustia, el dolor y la amenaza de la oscuridad y la muerte que pende sobre nuestra generación, sino enmendamos el rumbo y tomamos el Camino que nos muestra Jesús.

Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios.

Hemos sido creados por Dios para ser felices, alcanzar la plenitud y vivir eternamente junto a Él, que por Jesucristo sabemos que es nuestro Padre, pero el Camino que nos conduce a este destino se nos antoja demasiado difícil, árido y sacrificado, por lo que antes que darle crédito a Jesús, hemos preferido depositar nuestra confianza en algo que nos parece más tangible y que nos promete una recompensa inmediata, como es el Dinero.

Al mundo le causa admiración como viven los que tienen poder, fama, dinero y riqueza: nada les falta y derrochan en placeres, lujos, comidas, viajes y cuanto se les antoja. Si es verdad que todos morimos, incluso ellos, no es menos cierto que ellos parecen gozar y pasarla suficientemente bien en esta vida, como para sentir compensado cualquier esfuerzo.

Claro que son muchas las generaciones que pasan y pasan, sin que ninguna, por más rica que sea, haya permanecido más que el promedio, y sin que ninguno se haya llevado sus riquezas al más allá. Sabemos, porque Jesucristo nos lo ha revelado, que solo el que ama a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos alcanza la Vida Eterna, para la cual fuimos creados por Dios. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Solo por Él llegamos a Dios y a la Vida Eterna.

Pero, aunque Jesucristo nos lo ha prometido como la Voluntad de Dios Padre, no sabemos de nadie ha muerto, luego resucitado y venido a contarnos cómo es el Cielo y si ha podido constatar que las promesas de Jesucristo se cumplen. Jesucristo obró una gran cantidad de milagros que han quedado registrados en los Evangelios, siendo el mayor precisamente el de Su muerte y resurrección, que recordamos en este tiempo de Pascua. Son muchas las pruebas que nos ha dado Jesucristo de Su procedencia Divina, sin embargo muchos, a pesar de las evidencias, hemos preferido reservarnos el derecho a creer.

Y al momento de tener que escoger entre Dios y el Dinero, hemos preferido aquello que nos parece más tangible, antes que la fe. Es que siempre nos parece demasiado tener que creer en algo que no encontramos que tenga la contundencia de aquello que podemos tocar. Por si no fuera suficiente la perfección de la Creación del Universo, que es obra indiscutible de Dios, Jesucristo, el Hijo de Dios Padre vino al mundo cumpliendo la Voluntad del Padre para Salvarnos, al constatar que nos hemos despistado y hemos perdido el rumbo.

Jesucristo, mientras estuvo entre nosotros, obró maravillas que son reconocidas como milagros y que han quedado registradas en los Evangelios. Estos no tuvieron otro propósito que mostrar la misericordia infinita de Dios, para lo cual fue menester la aplicación de los poderes sobrenaturales e ilimitados de Dios, de los que hubo testigos y tendrían que haber sido suficientes para suscitar nuestra fe.

El mismo Jesucristo fue protagonista de hechos sin paralelo en la historia de la humanidad. Siendo engendrado por el Espíritu Santo, nació de una mujer Virgen, pasó su vida haciendo el bien, curando enfermos, expulsando demonios y predicando la Buena Nueva del Reino, murió a manos de los judíos y romanos, por declararse Hijo de Dios y Salvador nuestro, siendo resucitado al tercer día por el Padre, tal como nos lo anticipó. Luego ascendió al cielo y desde allí ha de venir el día final.

Todo esto sucedió para que creamos en Él, y creyendo nos salvemos. Porque el que cree hace lo que Él nos manda: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y de este modo reconoce y da gloria a Dios Padre, salvando su alma. Porque la salvación está en conocer y creer en Dios Padre, lo que hacemos conociendo y creyendo en Jesucristo. Porque Él está en el Padre, como el Padre está en Él y como nosotros estamos en Él, cuando le creemos y obedecemos.

Y lo que nos manda el Señor es que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Le amamos y damos gloria cuando amamos y somos capaces de dar nuestra vida por nuestros hermanos, como lo hizo Jesús. Padre Santo, danos la Gracia de creer en Ti y amar como Jesucristo nos ama. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios.

Oración al Divino Niño, por todos los niños, la familia, los cristianos perseguidos y la paz en el mundo:

Niño amable de mi vida,
consuelo de los cristianos,
la gracia que necesito
pongo en tus benditas manos.
Padre Nuestro…

Tú sabes mis pesares
pues todos te los confío
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío.
Dios te salve María…

Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y auxilio de los cristianos.
Gloria al Padre…

Acuérdate oh Niño Santo
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir,
por eso con fe y confianza,
humilde y arrepentido
lleno de amor y esperanza
este favor te pido.
(Pedir la gracia que se desea)

Divino Niño Jesús Bendícenos.
(Decir siete veces)

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