Juan 1,45-51 – Tú tienes palabras de vida eterna

Agosto 23, 2015

Texto del evangelio Jn 1,45-51 – Tú tienes palabras de vida eterna

60. Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»
61. Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto les escandaliza?
62. ¿Y cuando vean al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?…
63. «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida.
64. «Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
65. Y decía: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»
66. Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.
67. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren marcharse?»
68. Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna,
69. y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Reflexión: Jn 1,45-51

El Señor nos hace aquí unas revelaciones muy importantes en orden a nuestra salvación. Debemos leer, releer y meditar este pasaje. En primer lugar detengámonos en la constatación que hacen sus mismos discípulos, es decir la gente más cercana a Él, la que lo había acompañado en todo su recorrido, presenciado muchos de sus milagros y oído todas sus enseñanzas. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Esto es muy cierto. El Señor descubre para nosotros el destino que nos tiene deparado nuestro Padre desde el comienzo de la Creación, por el cual hemos de optar libremente siguiendo el Único Camino que nos conduce al Reino de los Cielos, donde viviremos eternamente. El Camino que nos propone Jesucristo para alcanzar la Vida Eterna es el Camino del Amor, que pende de la obediencia absoluta e irrestricta de dos únicos mandamientos que encierran toda la Ley y los Profetas: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero el Camino del Amor, que suena tan hermoso y fácil de realizar, en la práctica se nos descubre exigente, porque demanda una serie de renuncias y sacrificios que no estamos dispuestos a aceptar tan fácilmente, mucho menos aun cuando es preciso poner en juego la fe, porque en muchos casos la retribución no será tangible, sino que tendremos que esperar después de muertos, demandando la entrega de nuestra vida entera a cambio de un lugar en el Reino de los Cielos. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

El lenguaje es duro porque exige coherencia, precisión, disponibilidad, renunciación, sacrificio, perseverancia e inclusive perfección. No es algo que podemos tomar tan a la ligera, superficialmente. Se trata de un compromiso de vida. Se trata de una decisión que debemos sostener firmemente aun a costas de nuestras vidas y que además, será permanentemente cuestionada por muchos y encima estará plagada de tentaciones invitándonos a renunciar, argumentando que nuestro sacrificio es inútil y que sin adoptar posiciones tan radicales podríamos hacer más llevadera nuestra vida, siendo un poco flexibles y dejando un tiempo para nuestra propia satisfacción personal. Esto es de todos los días. Por eso es que surge el reclamo: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Y, es cierto; no podemos negarlo, ni el Señor lo hace. Pero llegado a este punto nos descubrirá otro elemento: la Voluntad de Dios Padre. Esto quiere decir que si esta es la Voluntad de Dios, nadie podrá contra ella. Lo que nos corresponde en tal caso es alinearnos con ella. Escudriñarla, discernirla en nuestras vidas y hacerla nuestra, porque hemos de concluir que no habrá nada más inteligente y ajustado a la razón que hacer lo que Dios dispone. Si Él lo quiere, ha de ser por algo que en algún momento podemos dejar de comprender o pasar por alto, entonces es cuando entra en juego la fe. Creer en Él. Creer en que lo que nos dice y despliega ante nuestros ojos es lo mejor, lo que nos conviene. Dios es amor y por lo tanto todo lo que habrá de proponernos estará alineado con el amor y será allí, actuando amorosamente que lo encontraremos. Nunca lo encontraremos en el mal, porque el mal nunca conducirá al Bien. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

¿Cómo hacer posible que caminemos lealmente por el sendero que Cristo nos propone, que no es otro que el Camino hacia el Padre? El caminar en esta dirección no depende de nosotros y por lo tanto no podemos pretender seguirlo basados única y exclusivamente en nuestras fuerzas, en nuestras capacidades, porque nos será imposible. Aquí aparece el último elemento que el Señor nos revela: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.» Lo que nos lleva a la necesidad de orar, de estar permanentemente unido a Jesucristo a través de los dos medios más importantes que Él nos enseña: la oración –a través del Padre Nuestro- y el Sacramento de la Eucaristía, en el que Él se nos da como verdadera comida y verdadera bebida, pero haciendo hincapié y con mucho énfasis en que El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Por lo tanto, lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios. Hemos de creer en Él, oyéndole y haciendo lo que nos manda, porque solo así alcanzaremos el Reino de los Cielos, solo así seremos felices eternamente. Para eso hemos nacido; para eso vivimos; solo en Él encuentra sentido nuestra vida. Si este lenguaje se te hace un tanto difícil o místico, tómalo así: Hemos venido a este mundo para amar; por lo tanto hemos de amar hasta el extremo, es decir, sin claudicar por ningún motivo, entonces alcanzaremos la felicidad. Todos podemos ser felices a condición que nos amemos; esta es la receta, la fórmula. Si el mundo está mal, si algo no funciona, es por falta de amor. Y no perdamos en nuestra mente que el amor no tiene límites, es decir que por amor hemos de estar dispuestos a dar la vida, si es preciso, siguiendo el ejemplo de Jesucristo. ¿Entonces, puedo matar por amor? No, aprendamos de Jesucristo que se dejó matar por amor. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Para terminar, la misma confesión que hace Pedro, es inspirada por Dios. Es que sin Él nada podemos y por el contrario, con Él nada es imposible. Hemos de implorar constantemente su presencia y su luz en nuestras vidas porque solo con Él tenemos la garantía de caminar por el sendero correcto y amar como se espera de nosotros. No nos apoyemos ni dependamos de nuestras fuerzas, sino que dejemos todo en sus manos. Confiemos en Dios. Imploremos su presencia siempre. No dejemos de hacerlo. He aquí la importancia de la Piedad. No podemos dedicar nuestras vidas única y exclusivamente a la oración, pero no podemos descuidarla. Por eso desde nuestra humilde experiencia recomendamos darnos tiempo cada día para: leer y meditar la Palabra de Dios, siguiendo las lecturas que la Iglesia propone en el Calendario Litúrgico. Rezar el Rosario, pero no en la cama o en el camino o en el bus, sino en la parroquia, en el templo y si eso tampoco es posible, frente al Santísimo. Ya si ninguna de estas alternativas está a nuestro alcance, hagámoslo cuando podamos, pero busquemos soledad y concentración. Finalmente y no por eso menos importante, procuremos ir todos los días a Misa y participemos en la Comunión, que el Señor se nos ofrece como verdadera comida y bebida por algo. Él tiene el poder de actuar en tu vida transformándola y dándote las cualidades y virtudes que necesitas para cumplir tu misión y alcanzar la Vida Eterna. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos mandes ir a Ti y que por sobre toda dificultad, duda, temor o impedimento, nos hagas perseverar en el camino del amor, oyendo y haciendo lo que el Señor nos manda …Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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