Juan 14,21-26 – El que tiene mis mandamientos

Mayo 15, 2017

El que tiene mis mandamientos

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.

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Juan 14,21-26 El que tiene mis mandamientos

Juan – Capítulo 14

Reflexión: Juan 14,21-26

¿Quieres ser reconocido como cristianos? ¿Quieres ser contado entre los santos? ¡Guarda los mandamientos de la Ley del Señor! Al igual que la fe, el amor no se manifiesta de otro modo que con obras. Por eso Jesucristo nos pide tener, guardar, obedecer Sus mandamientos para ser amados por el Padre y por Él. No hay otra forma de manifestar amor por Dios que amando a los hermanos, amando al prójimo. Por lo tanto el mandato es a amarnos los unos a los otros. Y el amor no se reduce a manifestaciones líricas, por más hermosas que estas puedan ser, es preciso mostrarlo con la vida misma.

La mejor definición del amor la encontramos en la Primera Carta a los Corintios, Capítulo 13, que se lee –a modo de oración- en todos los matrimonios religiosos católicos. Estos versículos tan hermosos, tan profundos, con imágenes y palabras como solo podían haber sido seleccionadas por el Espíritu Santo, teniendo capacidad para transformar al mundo, no lo harán si nosotros mismos no las ponemos en práctica en nuestra vida cotidiana. Pasa con frecuencia que a los más evidentes, a los que tenemos más cerca, los damos por descontados y es posiblemente donde primero y sobre todo debemos manifestar nuestro amor.

Tengamos en cuenta que el cristianismo -y por lo tanto la fe-, no es nada más que el ejercicio del amor; el amor puesto en práctica. Este es el único mandamiento de Dios: amarlo por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. No hay más que estudiar ni aprender. Estaremos de acuerdo en que, teóricamente al menos, ser cristiano es lo más sencillo del mundo. Solo basta un twitt para comunicar la esencia de la doctrina de Cristo y no se necesitan estudios superiores, ni títulos, ni doctorados y mucho menos riqueza o poder para comprenderla.

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.

Está al alcance de cualquiera. Muchos más, incluso, de los más sencillos, de los más humildes, de los más inocentes. Por eso es que el Señor nos dice que el Reino de Dios es de los que son como ellos y nos recomienda ser como niños. Y es que somos los adultos, con nuestros incontables intereses, los que hemos enredado y enturbiado todo, buscando siempre sacar provecho unos de otros y resistiéndonos a desprendernos de todo para seguir a Cristo.

Tal es nuestra aprensión por perder los bienes de la tierra, por las riqueza, por las comodidades, por la fama, el poder y el placer, que preferimos entregarnos a ellos antes que a Cristo. Esto es idolatría, porque nada de lo que hay en este mundo puede ser digno de alabanza al extremo de entregar nuestra alma, que es lo más valioso que poseemos. Y entregamos nuestra alma a todas estas cosas, que no son nada más que distintas manifestaciones del Demonio, cuando las preferimos a la Salvación y la Vida Eterna que nos ofrece el Señor. Cuando, finalmente, preferimos al Dinero antes que a Dios.

Podremos decir muchas cosas y argumentar todo lo que se nos antoje, una vez que dejamos de amar, una vez que somos incapaces de amar al prójimo, nos arrojamos a los brazos del engaño, la mentira, el cinismo, la oscuridad, la destrucción y la muerte. No podemos servir a dos señores. No hay matices ni caminos intermedios. O estamos con Dios o estamos con el Dinero, que no es otro que el Príncipe de este Mundo, es decir, Satanás. Podemos engañarnos a nosotros mismos y pretender engañar a nuestro prójimo, pero nuestra mentira se sabrá tarde o temprano y con seguridad, jamás podremos engañar al Señor, quien conoce lo que hay en nuestros corazones.

De lo que se trata, entonces, es de peregrinar por este mundo, ajustándonos al fin para el cual fuimos creados; es decir, de dar el verdadero sentido a nuestras vidas y este nos lo ha revelado Jesús. Estamos aquí de paso, siendo nuestro propósito alcanzar la plenitud y la Vida Eterna, para la cual fuimos creados por Dios Padre y el Camino para lograrlo es el Amor. Debemos amar, punto. O como diría San Agustín: ama y haz lo que quieras. Si somos sinceros y honestos con nosotros mismos llegará el momento en que habremos de preguntarnos ¿y cómo sé si estos es amor? ¿cómo saber si estoy amando? ¿a quién debo amar o a quiénes no estoy obligado a amar? ¿hasta dónde debo amar?

Él ejemplo de verdadero amor, el más completo lo encontramos en Jesucristo, nuestro Salvador, quien siendo Dios y atendiendo la Voluntad del Padre, se hizo hombre como nosotros y entregó Su vida en la cruz para salvarnos del pecado y de la muerte. Al tercer día fue resucitado por el Padre, como hará con todos los que oyendo a Jesús hagamos lo que nos manda. Esta es la promesa de Jesucristo, el Amigo que nunca falla, en quien podemos confiar plenamente. Por lo tanto, para conocer a Jesús y para responder todas nuestras interrogantes y frente a toda duda, hemos de acudir a los Evangelios, que constituyen la Buena Nueva revelada por Jesucristo, en los que se describe y detalla el amor de Dios, el amor a Dios y el amor al prójimo.

Padre Santo, envíanos al Espíritu Santo para fortalecer nuestra fe y nos ayude a perseverar amando a Dios y al prójimo, te lo pedimos por Jesucristo nuestros Señor, Amén.

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.

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