Juan 10,22-30 – Yo y el Padre somos uno

mayo 9, 2017

Yo y el Padre somos uno

El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

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Juan 10,22-30 Yo y el Padre somos uno

Juan – Capítulo 10

Reflexión: Juan 10,22-30

Jesucristo ha venido a salvarnos. Todo lo que hace es únicamente para que le creamos. Para suscitar nuestra fe. ¿Por qué es importante créele? Porque nos está pidiendo que le sigamos, lo que implica un cambio de vida. ¿Pero cómo habremos de hacerlo si no le creemos? Vivir según la premura que exigen los tiempos demanda fe. De otro modo ¿por qué inquietarnos? ¿por qué dejar la comodidad? ¿por qué sacrificarnos?

Y es que el seguimiento de Cristo exige caminar cuesta arriba, cargando con todo lo que somos y atrayendo a nuestros hermanos. El que cree, se esfuerza por vivir hoy plenamente, es decir, como si fuera su último día. Pero, cuidado ahí, que más de uno interpretamos estas palabras como complacernos y gozar de todo. No es eso a lo que nos llama el Señor, lo que no quiere decir que debamos rechazar la alegría o el placer. Nada más equívoco.

Nosotros somos portadores de una Buena Nueva, de una Buena Noticia, de hecho, de la mejor noticia que alguien podría haber recibido. ¿Cómo vamos a darla con cara compungida, triste o amargada? ¡Jamás! Esta noticia es de tal magnitud, que no podemos esperar transmitirla, que no escatimaremos esfuerzos por llevarla inmediatamente, empezando por quienes tenemos más cerca, pero siguiendo con toda la humanidad.

El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

Es tan Buena la Noticia que nos dedicaremos a transmitirla y no nos contentaremos con nuestro propio esfuerzo, sino que buscaremos hacer equipos con quienes la hemos compartido, para llegar más allá, para asegurarnos que todos la reciben y en consecuencia cambian sus vidas. Porque esta noticia es tan poderosa, tan espectacular que solo cabe una respuesta: cambiar nuestras vidas para dedicarnos a transmitirla.

Es por esta razón que empezamos a vivir intensamente y sin descanso. ¡Claro que estamos alegres! Y nuestra alegría va en aumento. Crece cada vez que un nuevo hermano o hermana se nos une. Cada vez que vemos que otros también se alegran con nosotros, nuestra alegría crece. Se trata de un buen trabajo, de una tarea a dedicación exclusiva que da gusto ejercer gratuitamente, porque ella da sentido a nuestras vidas.

Si paramos para dormir, descansar o reparar nuestras fuerzas, alimentándonos o bebiendo, es tan solo porque ello es necesario para seguir con nuestra dulce Misión. El Señor nos ha encomendado una tarea que nos llena, que nos satisface, que hace inútil cualquier otra cosa. ¿Por qué habríamos de dejarla? Despertamos pensando en ella y nos acostamos agradeciendo por ella. Queremos dedicarle hasta los últimos segundos de nuestras vidas a ella. ¡Qué alegría si el Señor nos lo permite!

Cada día, desde que abrimos los ojos empezamos a orar por esta misión. Nos ponemos en manos del Señor y le pedimos que nos conduzca de tal modo que no haya en nuestras vidas encuentros inútiles. Que todos sirvan para dar mayor Gloria a Dios. ¡Eso es vivir intensamente! ¡Eso es vivir como si hoy fuera el último día de nuestras vidas! No pasar por alto a nadie. Que cada hermano o hermana que llegue hoy a nuestras vidas encuentre en nosotros a Jesucristo, es decir aquella respuesta que necesita para llenar el vacío de su alma y su corazón.

¿Cómo vamos a darles esta respuesta? ¿De dónde la obtendremos? Siendo reflejo de la luz que recibimos de Cristo. De este modo, así como Jesucristo y el Padre son uno, nosotros con Jesucristo seremos uno y nadie ni nada podrá arrebatarnos de Sus manos. Nosotros somos de su rebaño, porque oímos y reconocemos su voz. Nosotros hacemos con alegría lo que nos manda nuestro Buen Pastor.

Padre Santo, danos la Gracia de perseverar y seguir día a día la Misión que el Señor nos ha encomendado, con alegría, generosidad y amor, te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

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