Juan 10,1-10 – Yo he venido para que tengan vida

Mayo 7, 2017

Yo he venido para que tengan vida

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

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Juan 10,1-10 Yo he venido para que tengan vida

Juan – Capítulo 10

Reflexión: Juan 10,1-10

¿A qué podemos temer? El Señor nos invita a creer en Él y seguirlo. ¿Será que el Señor es un desconocido? ¿Es que hay en Él atributos únicos, ajenos a nosotros que harían comprensibles nuestras dudas y sospechas? ¿Será que podríamos argumentar que todo lo que hizo fue posible porque tenía poderes especiales y privilegios derivados de su condición divina? ¿Es que el Señor se valió de Su condición Divina como escudo o como privilegio para merecer cierto trato especial?

Veamos. Por muy poco que sepamos de Jesús, habremos oído que nació en Belén, en un establo, entre animales domésticos, huyendo de Herodes que mandó matarlo. Sabremos que pertenecía a una familia judía, de la estirpe de David, de Noé, de Moisés y de Abraham, que sin embargo no por eso nació en “cuna de oro”, sino que sus padres eran de condición muy humilde. Su madre, María, era una muchachita virgen, desposada con José, un carpintero.

Vivió y creció en el seno de una familia del pueblo, muy modesta, tal como el común denominador de las gentes. No fue objeto de ningún privilegio, salvo el reconocimiento de los Reyes Magos y de las profecías que hablan de él constantemente, como el Mesías esperado. Juan el Bautista, su primo, también lo reconoce y señala como el que tenía que venir. Pero salvo por estos pocos episodios registrados en los Evangelios, Jesucristo es semejante a cualquiera de nosotros. Por lo tanto se diría que es de los nuestros. No es ningún salteador, ningún arribista que entra por la ventana. Él es parte de nosotros, de nuestra historia. Es un hombre como cualquiera de nosotros.

Sin embargo hay ciertas situaciones que lo marcan y permiten señalarlo de un modo singular: es hijo de una mujer virgen, que además dice haberlo concebido por intervención Divina del Espíritu Santo, como había sido profetizado siglos antes. En Su corta vida pública nos sorprende con una serie de milagros, arrancados a Su Infinita Misericordia que nos dejan ver Su infinito amor, pero además, su Poder Divino.

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Él nos explica estos sucesos precisamente porque es Hijo de Dios que ha venido a Salvarnos y nuestra salvación está en que le oigamos, le creamos y hagamos lo que nos manda. Es decir, que es de los nuestros, tiene nuestra propia naturaleza, ha salido de nosotros y ha recibido de Su Padre, que es nuestro Padre y es Dios, la misión de Salvarnos y no escatimará ningún esfuerzo por hacerlo.

Así, Jesucristo, de la misma naturaleza que nosotros es al mismo tiempo Hijo de Dios y hermano nuestro, y ha venido a vivir entre nosotros para mostrarnos el Camino que nos conduce a la Vida Eterna. Él es la Puerta. Ha venido para que tengamos vida en abundancia, pero es preciso pasar la Puerta, lo que solo lograremos si le escuchamos y hacemos lo que nos manda. ¿Por qué no oír y hacer lo que nos manda a quien siendo como nosotros, nos ha dado muestras suficientes que ha venido enviado por Dios Padre para Salvarnos?

¿Por qué no escucharle si su mensaje es de amor y de entrega, dando por nosotros lo más preciado, que solo alguien capaz de amarnos tanto podría haberlo dado aun sin conocernos, como es Su propia vida? En efecto, Jesucristo se entregó por nuestra salvación a una muerte cruel en la cruz, y lo hizo porque en Su Sabiduría Infinita Dios concluyó que no había otra forma de redimirnos del pecado y de la muerte, que muriendo en la cruz y resucitando al tercer día, venciendo así a la oscuridad, el pecado, el demonio y la muerte.

Esto mismo nos espera si seguimos el Camino y entramos por la Puerta. Oigamos la voz de nuestro Pastor, que hace brincar nuestros corazones cada vez que nos llama por nuestro nombre. No seamos soberbios y acudamos con prontitud y modestia a Su llamado. Pongámonos en Sus manos. Pidamos a Dios Padre esta Gracia, por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

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