El Espíritu Santo habita en nuestros corazones

Mayo 24, 2016

El Espíritu Santo habita en nuestros corazones

Una hermana nos hace la siguiente pregunta:

Tengo una duda sobre El Espíritu Santo y quisiera que me ayudaras a disiparla. ¿Si el Espíritu Santo habita en nuestros corazones porque lo invocamos? ¿Porque cuando oramos le decimos Ven si ya está dentro de nosotros? ¿Es por falta de Fe?

Muy interesante tu pregunta querida hermana. Un reto para el que no parecen brotar las palabras inmediatamente, por lo que en un primer momento nos dejó paralizados como quien efectivamente había encontrado una incongruencia. Así parece a primera vista, pero no lo es para quien se pone en manos del Señor e invoca el auxilio del Espíritu Santo, como lo acabamos de hacer.

Nosotros creemos en Dios y por eso sabemos que Dios tiene una serie de atributos que -confieso no me los sé de memoria-, que los podemos encontrar por la observación y el mismo razonamiento lógico, pero que también los describe el Catecismo de la Iglesia y más sucintamente el artículo que enlazo.

Pero Dios es ante todo y antes que nada Infinito, es decir el Innombrable, alguien cuya inmensidad y poder podemos tratar de intuir e imaginar, pero que nunca llegaremos a abarcar por completo por una simple razón: si pudiéramos hacerlo, inmediatamente seríamos más que Dios o en otras palabras, habríamos encontrado sus límites, lo cual hemos de aceptar, es IMPOSIBLE, para quienes creemos en Dios y conforme a los atributos señalados e intuidos lo consideramos por encima de todo y sabiéndonos limitados.

Dios, de un modo misterioso –como todo lo Divino-, lo abarca todo y está en todo. Nuestras categorías y limitaciones para Él no existen, como podemos suponer tampoco para todo lo que se encuentra en su mismo plano o dimensión, como prefiramos nombrarlo. Para Dios el tiempo y el espacio son nada. Solo así podemos explicar que haya creado el Universo que según cálculos científicos tiene alrededor de 5 mil millones de años, lo que para Él es un suspiro, que transcurre hoy o hace unos segundos o tan solo ayer. Mientras científicos imaginan y especulan fantásticamente cómo podríamos hacer para viajar a la estrella más cercana dentro de nuestra galaxia después del sol, Él tiene el universo en la palma de Su mano: ve, observa y sigue cada uno de sus movimientos, incluyendo el de cada uno de nosotros.

Dios está en todo y en todos, pero Él tiene un Plan especial para nosotros a quienes se nos ha revelado como Padre. ¿Por qué? Porque esa es su Santa Voluntad. No hay otra razón. Porque Él en su Infinita Gracia así lo ha querido. Él quiere que estas criaturitas insignificantes perdidas en este Universo tengan la posibilidad de alcanzar un destino especial, llegando a ser como Él y compartiendo Su Divinidad Eternamente. Este solo hecho nos distingue y nos da una Dignidad incomparable y sobre toda dignidad posible en el Mundo. Dios se ha fijado en nosotros y nos ha amado y ha querido para nosotros el mejor de los destinos, algo inimaginable, que solo podemos llegar a percibir con el corazón y la intuición, donde no intervienen los límites de nuestra razón, que lo harían inalcanzable e inexplicable.
¿Por qué ha querido esto Dios para nosotros? Por amor. Porque Su misericordia es Infinita. Él nos creó para que fuéramos felices y vivamos eternamente, con Él. Todo esto lo sabemos porque Él ha querido comunicárnoslo a lo largo de la Historia, por boca de los profetas. Más cuando hubo llegado el tiempo, de acuerdo a Sus Planes, envió a Su propio Hijo, Jesucristo a Revelarnos de dónde procedemos, quién es en realidad ese Dios al que adoramos y qué es lo que quiere para nosotros, cuál es Su Voluntad. Todo esto nos lo ha Revelado Jesucristo, haciéndonos ver que Dios es nuestro Padre, que nos ha creado por amor y que nos quiere viviendo eternamente a Su lado, para lo cual hay un solo Camino, que es el de la Luz, la Verdad y la Vida que Jesucristo con Su vida, muerte y resurrección nos enseña. Este Camino, es el Camino del Amor. De allí Su único mandato: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Por qué nos manda? Porque Jesucristo, siendo Hijo de Dios, también es Dios y en Su Infinita Sabiduría sabe qué es lo que debemos hacer para alcanzar el Reino de Dios, para el cual fuimos creados. Él ha venido mandado por el Padre para enseñarnos este Camino.

¿Por qué era necesario que Jesús viniera a enseñarnos el Camino? Porque estamos caminando como extraviados, perdidos como ovejas sin Pastor. Pero no bien Él vino, escuchamos Su voz y le reconocimos; porque su voz la llevamos grabada en nuestros corazones desde el momento en que fuimos creados. Porque esta es la impronta de Dios. Dios nos creó para que seamos felices y vivamos eternamente a Su lado. Dios nos amó tanto que nos hizo semejantes a Él, a su Imagen y Semejanza nos creó, tal como leemos en el Génesis. Pero Él, en su Infinita Sabiduría quiso que fuéramos libres, porque es lo que mejor se corresponde con la Dignidad de la que nos dotó. Esto quiere decir que aun amándonos y por amarnos precisamente jamás nos forzará a optar por lo que Él nos ofrece. Sin embargo, reconociendo que Él es Dios, es de necios no oírle y optar por lo que nos manda, puesto que, como el mejor Padre, todo lo que quiere es lo mejor para nosotros. Él nos ha creado para ser felices y vivir eternamente, pero somos nosotros los que tenemos que decidir si aceptamos lo que nos propone o no. Somos nosotros los que tenemos que decidir, porque Dios Padre nos ha creado libres y Él es respetuoso de nuestra libertad.

Pero como cualquier buen padre que ve a sus hijos jugar con fuego o caminar hacia un despeñadero, con amor, hace lo indecible por salvarnos. Todo, menos faltar a nuestra libertad, porque en ella radica nuestra dignidad. Sin libertad, no hay dignidad. Nosotros no somos esclavos de nadie. Sin embargo, cuando nos alejamos del Camino que Él nos ha trazado en verdad estamos siendo engañados, seducidos y esclavizados por el mal, es decir, por todas aquellas fuerzas que se oponen a que alcancemos el destino para el cual fuimos creados. ¿Quién se opone? El enemigo de Dios, el Demonio, el Maligno, el Dinero, las fuerzas ocultas, las fuerzas de la oscuridad, las fuerzas de las tinieblas, la mentira, la envidia, el odio, la soberbia, el orgullo, la avaricia, la lujuria, el egoísmo, todo aquello que nos desnaturaliza, nos aleja del amor y nos conduce a un puerto distinto a aquel para el que fuimos destinados, todo lo cual nos llevará a la perdición, a la destrucción y a la muerte.

Dios no quiere eso para nosotros, porque no fuimos creados para eso. Por lo tanto, llegado el tiempo y cuando según sus Planes era necesaria Su intervención, mandó a Su propio Hijo, Jesucristo a Salvarnos. Esto es lo que hace Jesucristo, naciendo de la Santísima Virgen María en Belén. Todo su paso entre nosotros, desde su Concepción hasta Su Ascensión al Cielo constituye un evento Único en la historia de la Humanidad que evidencia el Infinito Amor de Dios, poniéndonos el mejor modelo a seguir para Salvarnos. Jesucristo se hizo hombre como nosotros, pasó haciendo el bien, vivió enseñando y curando, murió en la cruz y resucitó al tercer día, enseñándonos el Camino para alcanzar la Vida Eterna para la cual fuimos creados. Jesucristo nos enseña que ese es el único Camino, que para nosotros resulta imposible seguir, pero que sin embargo con la ayuda del Espíritu Santo, cuyo poder Infinito ha sido derramado en nuestros corazones por el Bautismo, es posible, porque todo es posible para Dios.

Nosotros, como hijos de Dios llevamos este “sello divino” en nuestros corazones, que llamaremos la Impronta de Dios, que es como nuestra marca y desde el punto de vista humano y científico muy bien podríamos comparar con nuestro ADN. Somos hijos de Dios, por lo tanto somos portadores de este sello inconfundible. Pero, teniendo en cuenta los enemigos que antes hemos señalado, nos será prácticamente imposible alcanzar el fin para el cual fuimos creados si no recibimos la Gracia de Dios por intermedio del Espíritu Santo en nuestro Bautismo. Cada uno de los siete Sacramentos que nos ofrece la Iglesia nos aporta una Gracia especial para afrontar la tarea que acometemos en orden a nuestra Salvación, conforme al Plan de Dios. Si bien Dios está en todas partes, Su Espíritu Santo sopla especialmente en aquellos que voluntariamente lo invocan, con la fe de quienes sabemos reconocer libremente en nuestros corazones que sin Dios nada es posible y en cambio con Él, el amor, la felicidad y la vida eterna están a nuestros pies. Dios vive en cada una de nuestras células o si se quiere, en cada una de nuestras moléculas o partículas más diminutas de nuestro ser, pero requiere de nuestra adhesión voluntaria al Plan de Dios, evidenciada por nuestros actos de amor, para manifestarse en nuestras vidas con toda la fuerza creadora del Espíritu Santo, para el cual no existen barreras que impidan guiarnos al fin para el que fuimos creados. Esa es Su Misión, que requiere de nuestra FE. Fe es la respuesta del hombre a Dios.

Padre, Hijo y Espíritu Santo son el ejemplo de la más perfecta Comunión, que tiene uno de sus correlatos entre nosotros en la amorosa unión conyugal en el Bendito Sacramento del Matrimonio. Todo lo que se exige a los esposos en el Matrimonio, que en realidad constituye el Camino de la vocación a la cual fueron llamados, será sencillamente imposible sin las especiales Gracias de este Sacramento, las que son derramadas abundantemente por el Espíritu Santo sobre los cónyuges y su familia, cuando toman esta decisión a la que son llamados “libre y voluntariamente”.

Si Dios habita en todas partes y el Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo también ha de estar en todas partes y por ende también en nuestros corazones. ¿Cómo es que lo invocamos y le pedimos que venga y encienda nuestros corazones? Porque Él no hará nada, ni intervendrá en nada que nosotros no pidamos, porque Él respeta nuestra libertad. Entonces, dejará que nos matemos o nos maten. Siguiendo la Voluntad del Padre y la obra de Jesús, hará todo lo posible y lo que le permitamos en función de nuestra salvación definitiva, pero no nos forzará, ni intervendrá en aquello que no le dejemos. Las oraciones de nuestros hermanos pueden ayudar para que se precipite sobre nosotros Su Gracia, haciéndonos sentir su presencia, pero todo dependerá de nuestra decisión. En ella está el juicio; en eso consiste. La luz vino sobre nosotros, pero nosotros preferimos vivir en la oscuridad y las tinieblas.

Si quieres complementar, bienvenido seas.

Dios te Bendiga.

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