Mateo 6,1-6.16-18 – tu Padre, que ve en lo secreto

Junio 21, 2017

Tu Padre, que ve en lo secreto

…para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

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Mateo 6,1-6.16-18 tu Padre, que ve en lo secreto

Mateo – Capítulo 06

Reflexión: Mateo 6,1-6.16-18

Nosotros vivimos en presencia del Señor. Dios está siempre, siempre con nosotros y nosotros nos estamos moviendo, hablando y haciendo todo con Él, a Su vista. Nada escapa a Su conocimiento, incluso nuestros más recónditos pensamientos y aun nuestros sueños.

¿Qué otra cosa podíamos esperar de Dios? Él está en todo. Es el Espíritu que da vida y sostiene todo. ¿No es esto una maravilla? ¡No estamos librados a nuestra suerte! ¡Él siempre está al pendiente! ¡Nada ocurre sin que Él lo sepa y consienta!

Ya podemos oír…¿Quiere decir que el permite la pobreza? ¿El permite las tragedias que vivimos? ¿Hambre, epidemias, robos, asesinatos, engaños, fenómenos naturales…? ¿Todo esto es permitido por Dios? ¿Qué clase de Dios cruel y sádico tenemos? Esto nos lo dicen a cada nada los que se dejan seducir y engañar por el Príncipe de este mundo.

Pero, no nos damos cuenta que estamos viendo tan solo un lado de la realidad. ¿Qué hay de todas las especies animales, de las plantas y los peces? ¿Qué hay del alimento cotidiano que ha permitido que la humanidad crezca hasta ser miles de millones? ¿Qué hay del agua que tenemos en abundancia?

…para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

¿Qué hay del milagro de las plantas constantes generadoras de oxigeno? ¿Qué hay del Sol, la Luna y las estrellas cuya contribución al mantenimiento de la vida en el planeta no alcanzamos a comprender del todo hasta la fecha.

¿Qué hay de los miles de millones de estrellas y galaxias que no solamente adornan e iluminan el espacio, sino que colisionan en gigantescas hecatombes dejando, sin embargo indemne nuestra vecindad, haciendo posibles el clima propicio para el desarrollo y mantenimiento de la vida?

Desde nuestro particular punto de vista, agradeciendo todo aquello que nos ha sido dado por Gracia de Dios, hubiera sido todo mejor si no hubiera dolor, muerte ni sufrimiento. El que hizo todo lo Bueno, ¿qué le costaba evitarnos todo lo malo? Parece una razonable pregunta.

No estamos en condiciones de responder. Pero aclaremos. Hay cosas que no podemos comprender y tenemos que aceptarlas. ¿Por qué? La razón es muy simple. Dios es Infinito y es bueno que tratemos de hacer un ejercicio que nos aproxime a lo que ello significa.

San Agustín nos cuenta una historia que contiene una figura que es muy sabia. Querer entender a Dios es como la pretensión de un niño de querer meter el océano en un agujero. Así de simple. ¿Acaso hemos podido entender a plenitud cómo funcionan nuestros órganos, nuestras células o nuestros átomos?

Siempre hay detalles que se nos escapan. Y como dijo Einstein, tras cada puerta que abre la ciencia siempre encuentra a Dios. Él siempre estará más allá, porque Él lo abarca todo. La pregunta sobre el sufrimiento seguramente persiste: ¿por qué no evitarlo, eliminarlo?

No somos Dios. Él es el Único que tiene la respuesta. Pero viendo todas las maravillas Creadas, las mismas que funcionan con una perfección asombrosa, algún propósito habrá tenido que tengamos que afrontar estos episodios. Dejemos que Jesucristo nos responda.

La primera cosa que podemos constatar al aproximarnos a los Evangelios es que Él mismo, siendo Dios, se hizo hombre como nosotros y no se eximió de pasar por el terrible suplicio de la muerte en la cruz. Pudiendo hacerlo, Él mismo pasó por una dolorosa e injusta condena, entregando Su Vida.

Si Él lo hizo, hemos de asumir que no había otro remedio que pasar por tan grande afrenta y dolor. ¿Qué es lo que quería enseñarnos? ¿Qué lección quería darnos? ¿Qué bien quería traernos? De no ser así, ¿por qué lo hubiera hecho? ¿Por sádico? ¿Por masoquista?

Nada más lejos de Jesucristo. Acudamos y escudriñemos los Evangelios y lo descubriremos. Esta es una tarea que todos debemos realizar, si sinceramente queremos descubrir quién es Jesucristo y qué significado tiene Su vida, pasión, muerte y resurrección.

Queremos respuestas sencillas y rápidas. Pues no las hay. ¿Por qué el Sol hace posible la fotosíntesis en las plantas? ¿Por qué nuestro planeta es azul? ¿Por qué hay agua salada en los océanos y llueve dulce? ¿Por qué los peces tienen branquias y escamas? Todo tiene una explicación, ciertamente, pero no siempre a nuestro alcance y menos en un chasquear de dedos.

Acudamos a la Biblia, acudamos a los Evangelios, pero con espíritu abierto, sin prejuicios y busquemos allí las respuestas, que definitivamente las encontraremos. Si nuestra intención es recta y sincera, el Señor nos explicará y aclarará todo al ritmo que podamos ir entendiendo.

Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Si le abrimos nuestros corazones, nuestras mentes y nuestras vidas, encontraremos las respuestas a todas las interrogantes y con ellas la paz que anhelamos. Es cuestión de fe, pero no de magia.

Fe no es, como muchos creemos, pronunciar unas palabras mágicas. Tiene muy poco que ver con lo que decimos. No se trata de decir, sino de hacer, de vivir. Fe puede ser, por ejemplo, renunciar a mi soberbia y acercarme con humildad a las Escrituras. No son palabras, sino obras.

El Señor nos está diciendo hoy que Su Padre, nuestro Padre que está en lo secreto y que ve lo secreto, nos compensará. He ahí una revelación más. Dios Padre está siempre, por siempre y para siempre, mientras vivamos en este mundo, en lo secreto. Es decir que no lo podemos ver, pero Él siempre está ahí. No importa dónde estemos.

Dios está presente en el Universo siempre, pero en una forma tal que lo podemos presentir, podemos notar su pálido reflejo en todo cuanto ha sido creado, pero no está a nuestro alcance verlo a Él directamente. Lograremos hacerlo, seguramente, cuando Él lo quiera. Seguramente en la Vida Eterna.

Son muchas otras cosas las que nos revela Jesús. Y es que, como Él mismo nos dice, Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Hemos de fijarnos en Él, verlo, conocerlo, oírle y seguirle para llegar a la Verdad y tener Vida Eterna.

Jesucristo nos revela que Dios es nuestro Padre y que hemos sido creados por Amor y para el Amor. Este es un dato fundamental para nuestra vida. Si hemos sido creados por amor, quiere decir que a Dios no solamente le importamos, sino que quiere lo mejor para nosotros.

En el Libro de Génesis se nos revela que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Si nosotros amamos a nuestros hijos y procuramos siempre su bien, ¿cuánto amor será Dios capaz de prodigarnos? Si nos ama y todo lo hizo perfecto, el dolor y el sufrimiento tienen que tener un sentido, una razón de ser, aunque no lo comprendamos.

¿Qué es el amor? ¿Cuáles son sus límites? ¿Hasta dónde debemos llegar? Jesucristo, que es el Camino (el ejemplo, hemos de transitar por Él) nos enseña con Su propia Vida hasta dónde debe llegar el amor.

Finalmente, las contrariedades, reveses y dolores en la vida parecieran estar allí para superarlos por medio del amor, hasta el extremo de dar nuestras propias vidas, antes que doblegarnos. Esta vida es un reto que debemos resolver con amor. Amor es la respuesta acertada ante todo exigencia.

Amar hasta el extremo, sin límites ni condiciones, tal como Dios nos ama, es el Camino a la Vida Eterna. Esto quiere decir que de algún modo hay un reto. Sí. ¿Por qué no nos lo evitó? Porque Dios nos creó a Su imagen y semejanza, lo que supone LIBERTAD.

Hemos de ser capaces de decidir libremente si queremos lo que Dios nos propone. ¿Y qué nos propone Dios? Para resumirlo en pocas palabras: que amemos a nuestro prójimo. Que nos amemos unos a otros, como Él nos ha amado.

¿Difícil? Diríamos incluso que imposible, sin Él. Pero Él está en lo secreto y desde allí nos tiende la mano que necesitamos. ¡Él lo hace posible! Sin embargo requiere de nuestra decisión. Él no nos forzará, porque es incapaz de invadir o coartar nuestra libertad.

Que podemos pasar este “reto”, Jesucristo haciéndose hombre como nosotros nos lo enseñó. Todo lo que necesitamos es elegir. Hacemos lo que Dios nos manda o dejamos el camino y caemos en el abismo. Dios no quiere que eso ocurra, por eso manda a Su Hijo a Salvarnos.

Por eso Dios nos manda. Por eso Jesucristo nos manda. Como todo buen padre, está velando por nosotros, tal como nosotros hacemos con nuestros niños pequeños. No nos quita la libertad, pero nos hace ver con la autoridad suficiente lo que debemos hacer.

Y no se trata de ser buenos. Saquemos eso de nuestras cabezas. Se trata de AMAR al prójimo. De hacerlo todo por amor. De hacer del amor nuestro norte y la razón de nuestra existencia. De no faltar por ningún motivo al amor. ¿Imposible?

Claro que será imposible si pretendemos responder con nuestras propias fuerzas, con nuestra propia capacidad. Seremos unos necios si lo intentamos de este modo, solos. Así no se puede. No somos suficientes. ¡Es el Señor quien lo hace posible!

¡No estamos solos! ¡Él está con nosotros todo el tiempo en lo secreto! ¡Ese es el Espíritu de Dios que nos llegó en Pentecostés! Además tenemos el cuerpo y la sangre de Cristo, verdadera comida y bebida, como alimento para la Vida Eterna. ¡Él está allí en lo secreto!

Padre Santo, te damos gracias por todo lo que nos das tan generosamente, por el amor, por la familia, por los hijos, por los padres, por los abuelos, por los nietos, por los amigos, por los vecinos, por la humanidad entera…Por tanta belleza. Por la Paz. Por el mundo. Por permanecer en lo escondido y velar desde allí por que sigamos por el Camino. Por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

…para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

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